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Columnista

Chilenidad: mucho más que una celebración de septiembre

Jaime Quilodrán Acuña

Profesor de Estado

por Jaime Quilodrán Acuña

En el sentir de los chilenos, asociamos la chilenidad casi exclusivamente con el 18 de septiembre. Durante esos días nos reencontramos con una fiesta nacional, familiar y recreativa que se vive en plazas, ramadas, campos, ciudades y hogares a lo largo de Chile. La cueca, los juegos tradicionales, los rodeos, las empanadas, los volantines y la bandera parecen concentrar aquello que entendemos como "ser chileno".

Pero la chilenidad es mucho más profunda que una celebración de septiembre.

La Real Academia Española define la chilenidad como "amor o apego a lo chileno". Ese sentimiento de pertenencia se ha ido construyendo a través de nuestra historia, de sus acontecimientos, sus luchas, sus encuentros y también sus diferencias.

Nuestra fiesta nacional comenzó a conmemorarse el 18 de septiembre de 1811, recordando la instalación de la Primera Junta Nacional de Gobierno. Años después, el 12 de febrero de 1818, Chile proclamó formalmente su independencia. Estos acontecimientos forman parte del proceso histórico que fue dando forma a nuestra nación y a una conciencia común de pertenecer a un país libre.

Con la consolidación de la República durante el siglo XIX fueron adquiriendo importancia nuestros símbolos patrios: la bandera, el escudo, el himno nacional y las tradiciones cívicas. Sin embargo, reducir la chilenidad solamente a ellos sería mirar una realidad mucho más amplia.

Chile es más que una bandera. Chile es su gente.

Es la familia que se reúne durante Fiestas Patrias, el campesino que trabaja la tierra, el pescador que enfrenta diariamente el océano, el trabajador de la ciudad, el profesor rural, el niño que eleva un volantín, es ir a comprar al almacén del barrio y la persona mayor que conserva en su memoria las historias de un Chile que ya no existe.

Nuestra chilenidad también se encuentra en la extraordinaria diversidad de territorio. Chile es la Cordillera de los Andes, el desierto del norte, los valles centrales, los bosques del sur, la Patagonia y sus miles de kilómetros de costa. Es diversidad de paisajes, pero también de personas, costumbres y formas de comprender la vida.

Es, además, la memoria de los pueblos originarios, que habitaron estas tierras mucho antes de la existencia del Estado chileno. Las culturas mapuche, aymara, rapanui, atacameña, kawésqar, yagán y otras forman parte de nuestra historia y patrimonio.

Pero Chile también ha sido construido por quienes llegaron desde otras tierras. Durante los siglos XIX y XX arribaron comunidades de distintos lugares de Europa y América Latina, aportando sus tradiciones y formas de trabajo. En el siglo XXI, nuevas corrientes migratorias han continuado enriqueciendo nuestra sociedad.

Por eso, hablar de chilenidad también significa reconocer que Chile es una construcción colectiva.

Nuestra identidad nacional no nació terminada; se ha ido formando con el paso de las generaciones y continúa transformándose. Quizás por eso podemos hablar no solamente de una chilenidad, sino de múltiples formas de vivirla.

Existe una chilenidad campesina y otra urbana; una del norte y otra del sur; una vinculada al mar y otra a la cordillera. Todas pueden convivir dentro de un mismo sentimiento de pertenencia.

Y es precisamente allí donde las Fiestas Patrias adquieren un significado especial. Durante algunos días nos reunimos, cantamos, bailamos, compartimos y levantamos nuestras banderas, recordando que, con nuestras diferencias, pertenecemos a una misma comunidad.

La chilenidad, entonces, no debería ser solamente nostalgia por nuestras tradiciones. También debería ser compromiso con nuestro país.

Amar a Chile significa cuidar sus paisajes, respetar a sus habitantes, valorar su historia, proteger su patrimonio y trabajar por un futuro donde cada persona pueda sentirse parte de esta nación.

La verdadera chilenidad no consiste únicamente en saber bailar cueca, comer una empanada o izar la bandera el 18 de septiembre. Todo ello forma parte de nuestra cultura, pero la chilenidad también está en la solidaridad, el respeto, el esfuerzo cotidiano, la memoria de nuestros antepasados y la responsabilidad con las nuevas generaciones.

Chile es paisaje, memoria, tradición y futuro. Es diversidad, encuentro y pertenencia.

Por eso, cuando llegue nuevamente el 18 de septiembre y nuestros campos y ciudades se llenen de música y celebración, quizás debamos preguntarnos qué significa realmente ser chilenos.

La respuesta probablemente no sea única, porque Chile es plural. Y precisamente en esa diversidad está una de sus mayores riquezas.

Ser chileno es pertenecer a una historia que comenzó mucho antes de nosotros y que continuará después. Es recibir una memoria, pero también tener la responsabilidad de construir la que dejaremos a quienes vienen.

La chilenidad se celebra en septiembre, pero se construye todos los días.

Jaime Quilodrán Acuña

Profesor de Estado

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