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Columnista

La riqueza se produce, no se acumula

Viviana Véjar Himsalam

por Viviana Véjar Himsalam

Durante mucho tiempo, las naciones creyeron que la riqueza descansaba en la acumulación de metales preciosos. Oro y plata no eran solo símbolos de poder: eran, en la práctica, la medida misma de la prosperidad. Mientras más abundantes fueran los tesoros en manos del reino, más rica se suponía que era una nación. Esa fue, en esencia, la intuición mercantilista que dominó buena parte de la temprana modernidad europea.

Pero la historia comenzó a mostrar pronto las grietas de esa creencia. Con la conquista de América y el traslado masivo de oro y plata hacia Europa, España parecía destinada a una prosperidad inagotable. Sin embargo, ocurrió algo muy distinto de lo que sugería esa visión ingenua de la riqueza: la abundancia de metales no se tradujo automáticamente en bienestar general. Por el contrario, el aumento de su disponibilidad contribuyó a reducir su valor relativo y a elevar los precios. Tener más oro no significó, sin más, vivir mejor.

Ese episodio fue una temprana lección económica: la riqueza no puede entenderse simplemente como la acumulación de aquello que consideramos valioso. No basta con atesorar recursos. Una sociedad no prospera porque guarda más, sino porque es capaz de producir más y mejor.

Fue Adam Smith quien formuló esta idea con claridad decisiva. En 1776 publicó An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, obra que marcó un quiebre intelectual profundo. Smith desplazó la atención desde el stock acumulado de metales hacia algo mucho más importante: la capacidad productiva de una sociedad.

La riqueza de una nación, desde esta perspectiva, no radica en sus reservas de oro, sino en el flujo de bienes y servicios que puede generar para satisfacer necesidades humanas. Y ese aumento de la producción no surge por azar. Depende de la división del trabajo, de la especialización y de un entorno institucional que favorezca la cooperación social y el intercambio libre. Allí donde las personas pueden producir, intercambiar, innovar y coordinarse, la riqueza deja de ser un tesoro inmóvil y se convierte en un proceso dinámico de creación de valor.

Este 9 de marzo se cumplieron 250 años de la publicación de la obra más influyente de la economía moderna. Y lo notable es que sus ideas centrales siguen plenamente vigentes. En un mundo hiperconectado, donde todavía persiste la tentación de medir la prosperidad por la mera posesión de recursos, Smith nos recuerda algo fundamental: la verdadera riqueza no está en lo que una nación acumula, sino en lo que es capaz de crear.

En último término, la prosperidad de un país descansa menos en sus recursos naturales que en la calidad de su capital humano, tecnológico e institucional. Esa sigue siendo, dos siglos y medio después, una verdad incómoda para quienes buscan atajos al desarrollo, pero una verdad indispensable para quienes quieran comprender de dónde surge realmente la riqueza de las naciones.

Viviana Véjar Himsalam

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