lee nuestro papel digital

Opinión

Del Simce a la PAES


 Por Alejandro Mege Valdebenito

ALEJANDRO-MEGE-1-383x576

“La ventaja competitiva de una sociedad no vendrá de lo bien que se enseñe en sus escuelas la multiplicación y las tablas periódicas, sino de lo bien que se sepa estimular la imaginación y la creatividad”.   Walter Isaacson.

Con una larga historia de resultados similares, que se repiten año tras año, sin el  menor indicio de ceder, para muchas personas resultó una sorpresa y desolación, incluso “indignación y vergüenza” -como lo manifestó un destacado y exitoso empresario nacional-  conocer los resultados del rendimiento escolar que  obtienen  los alumnos de nuestro sistema educativo, especialmente del público, constatación a la que se llega mediante la aplicación de diferentes  instrumentos – que miden más que evalúan los saberes obtenidos por los estudiantes– como el Simce (Sistema de Medición de la Calidad de la Enseñanza) para la enseñanza básica y media que se ha venido usado desde 1968 –por casi 54 años- y que, de manera persistente ha venido constatado la baja calidad de la educación que tenemos y, lo que es peor, sin que la información que entrega dicha medición sea utilizada, como es su principal objetivo,  el de enmendar el proceso y superar las deficiencias que permitan mejorar el rendimiento alcanzado por los estudiantes.

Tanto el Simce , cuyo objetivo declarado es  “mejorar el proceso educativo, utilizando  los resultados como un diagnóstico y un apoyo para orientar las decisiones en políticas educativas  en el micro y el macro sistema educacional, mejorando las prácticas pedagógicas”, como los instrumentos utilizados para acceder a la educación superior y que reemplazaron el Bachillerato,  como  la PAA (Prueba de Actitud Académica), usada desde 1967 y reemplazada por la PSU (Prueba de Selección Universitaria) en el año 2003, la que dio paso en 2022 a la PAES (Prueba de Acceso a la Educación Superior) de reciente debut, no han tenido  resultados que demuestren un avance en la calidad de la educación, hecho que indica  que no es el instrumento que se aplica el que tiene la responsabilidad de alcanzar resultados esperados y deseables, como si la temperatura de un cuerpo fuera de responsabilidad  del termómetro que solo la mide, pero que no la baja. Así, mídase con lo que se mida, la fiebre que sufre el proceso educativo no variará porque el problema del sistema educacional  es más complejo y estructural, como lo han puesto de relieve numerosos estudios y experiencias, algunas basada en  la literatura, otras más reales, concretas y certeras que dejan al descubierto las debilidades del sistema escolar,  donde el ambiente escolar, la sala de clases y el profesor o profesora se constituyen  en el mejor laboratorio para estudiar y elaborar soluciones que permitan alcanzar de verdad una educación de calidad.

Sobre esta materia, responsabilidad de la familia , de todos los actores sociales y del Estado, se encuentran numerosos estudios y experiencias que sería  posible explorar y replicar, pero que los expertos de turno del gobierno en ejercicio han dejado pasar y pareciera que, más allá del discurso declarativo, la educación no resulta ser la prioridad aun cuando se reconozca  que la educación es la viga maestra que sustenta toda la estructura donde se erige  la dignidad y el futuro del ser humano  y que permite  una vida con mayor igualdad, pero donde los intereses ideológicos o de otro tipo de quienes sustentan el poder  lleva a que algunos resulten ser siempre menos iguales que otros.

Nuestra educación requiere de cambios reales, tanto de forma como de fondo, puesto que los cambios cosméticos no han mejorado ni van a mejorar su calidad y las mediciones estandarizadas- los instrumentos- van a continuar demostrándolo.

Alejandro Mege Valdebenito.


  • Compartir:
lee nuestra edición impresa
NEWSLETTER

opinión

lo más leído

NEWSLETTER
logo-ediciones-anterioes