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Opinión

Por  el bien común


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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El denominado “bien común” es uno de los conceptos más utilizadas por personas  e instituciones del más amplio espectro social, político, económico y empresarial, incluso solidario, cuando afirman que todos sus esfuerzos, aún con  sacrificios personales, se encuentran encaminados  en pos de alcanzar el bien común, es decir, en  el bien de todos, sin excepciones y, prácticamente  quienes lo utilizan,  se declaran  convencidos de estar haciendo un aporte constructivo por su  compromiso personal y social con el bien común de toda la comunidad, en especial con los más desfavorecidos de solidaridad humana.

Si bien, al llamado “bien común” se le reconoce como algo bueno o beneficioso para todos  los miembros de una comunidad donde sus integrantes, sin excepciones, puedan gozar de los derechos y oportunidades  que la vida en sociedad ofrece, así como de  la protección necesaria que los mantenga a salvo de todo tipo de tropelías y agresiones, con similares posibilidad de acceso a los bienes de la civilización  y la cultura como un derecho inherente a su condición de persona, la verdad es que el bien común, por más común que se le estime, no resulta ser el bien de todos.

Es así que, existiendo más de una interpretación de lo que significa el “bien común”, la que se considera más acertada es la definición que lo relaciona con la creación de las condiciones adecuadas para que cada cual busque ese bienestar por sus propios medios, lo consiga o no y esas condiciones la constituyen las reglas y normas sociales o institucionales que favorezcan en cada individuo la posibilidad de alcanzar sus propias metas y lograr la felicidad, mediante su propio esfuerzo, sus valores,  su conciencia y compromiso social.

Como cada individuo tiene características, expectativas y valores que les son propios, o que responden a  pensamientos  de determinados colectivo de personas, el bien particular no siempre resulta ser el bien común, correspondiendo  al Estado y al parlamento legítimamente constituido en representación de la voluntad popular, asumir la gestión de velar por el bien común como objetivo de gobierno a través de asegurar a todos- respetando la libertad de las personas para decidir y elegir- sentirse representados, especialmente cuando se trata de materias tan relevantes como lo es la redacción de una Constitución, donde el resultado del primer intento no representó el sentir de la mayoría de la población, a pesar  que  quienes aprobaron su redacción tenían el convencimiento  que su contenido representaba generosamente el  bien común. La realidad demostró lo contrario, más cuando la población que  normalmente no se pronunciaba ni emitía su voto, en esta oportunidad se vio obligado a hacerlo  y lo hicieron, con el resultado conocido, hecho que obliga, en la nueva elaboración constitucional, a actuar con más mesura y generosidad, sin triunfalismo, consignas ni imposiciones en la redacción de la Carta fundamental que resguarde el bien común que Chile se merece y necesita.

Las ciudadanas  y ciudadanos a quienes corresponda elaborar la nueva propuesta de Constitución deben contar con ciertos requisitos e independencia para actuar, como ocurre y es necesario en cualquiera actividad humana, más aún cuando se trata de elaborar una Carta Magna que regirá por muchos años la vida de la sociedad chilena y hacerlo con sentido común,  sensatez y responsabilidad, con clara conciencia de lo que su desempeño significa para el país y no cometer similares errores que la vez anterior, no pensando solo en sí mismos y  únicamente en la coyuntura  presente, también es imperioso pensar en el futuro de las nuevas generaciones, en el progreso y la convivencia pacífica y solidaria de un país  unitario, aún en las legítimas y naturales diferencias, todas respetadas y respetables mientras no atenten contra el derecho y dignidad de sus habitantes y el corazón de la patria.

Alejandro Mege Valdebenito.


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