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Opinión

“Hablemos de Suicidio”


 Por Mg. Ps. Nicolás Alonso Orrego Cárcamo. Docente psicología Universidad Santo Tomás Los Ángeles.

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Este 10 de septiembre se conmemora nuevamente el Día Mundial de para la Prevención del Suicidio. Respecto a su etimología, la palabra suicidio proviene del latín suī (se) y caedere (matar), concepto que aparentemente fue acuñado por primera vez en la literatura por el filósofo sir Thomas Browne en su obra Religio Medici en 1642, para distinguir entre el hecho de matar a otra persona y el “homicidio de uno mismo”.

Según la OMS (2021) cada año se suicidan cerca de un millón de personas a nivel mundial, por cada suicidio consumado hay muchas tentativas o intentos previos al mismo. Es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años y la décima causa de muerte a nivel mundial. La población de riesgo aumenta con la edad, situándose habitualmente en edades superiores a los 40 años. De hecho, el 25% de los suicidios se dan en personas mayores de 65 años, con una concentración en personas mayores de 80 años o más (MINSAL, 2022).  Con relación al género, los intentos suicidas son más frecuente en las mujeres, mientras que los suicidios consumados son más frecuentes en hombres.

La temática del suicidio no debe pensarse como un fenómeno únicamente gubernamental, sino, como foco colectivo y social, razón por la cual se instaura el Programa Nacional de Prevención del Suicidio el año 2013.

Es sabido que las condiciones que permiten la conducta suicida no son únicamente individuales u orgánicas, como podrían ser bajos niveles de serotonina en el líquido cefalorraquídeo, diagnósticos psiquiátricos complejos o sintomatología depresiva grave, sino también factores sociales, contextuales y culturales, como determinantes socioeconómicas, situaciones de trauma o antecedentes familiares de suicidio.

El pensar en este fenómeno como una problemática colectiva permite abrir espacios en los cuales es posible hacer visible aquello que no es dicho por vergüenza, culpa o naturalización, situaciones que dificultan aún más que quien esté sufriendo pueda comunicar su pesar. El hablar de suicidio abiertamente quita el velo de una temática que debe ser dicha y problematizada.

Hablar del suicidio es importante, es importante porque (MINSAL, 2013):

– No es cierto que quien se quiere matar lo hace y no lo dice, de hecho, de diez personas que se suicidan, nueve de ellas comunicaron sus propósitos claramente y la otra los dejó entrever.

– No es cierto que el intento de suicidio es para llamar la atención de mala forma, de hecho, es un error y riesgoso tildar de manera negativa la conducta de una persona que siente no tener alternativas a su dolencia más que terminar con su vida.

– No es cierto que el suicidio se hereda, de hecho, cuando hablamos de historia familiar se refiere a la potencialidad de la aceptación cultural de la conducta y a la posibilidad de imitación, pero no como componente biológico.

– No es cierto que hablar sobre el suicidio con una persona en riesgo puede incitarla a cometer el acto, de hecho, está demostrado que hablar sobre el suicidio con una persona en riesgo reduce el peligro de cometerlo y puede ser la única posibilidad para la persona de problematizar sus propósitos.

Es importante porque cuando un padecimiento se comparte se hace más ligero, por lo que nuestro trabajo como sociedad es escuchar aquellos pedidos de ayuda que pueden ser tan sutiles o evidentes. Lo determinante es que esta escucha esté libre de prejuicios y mensajes culpabilizantes.

Cuando Maturana dice “cambiemos nuestras conversaciones y haremos un mundo distinto”, se refiere también al mundo relacional y de significados que construye cada persona en su vivencia individual y colectiva alrededor de temáticas como esta. Nuestro llamado es a abrir espacios amorosos a la escucha, a que nuestra conversación en torno al suicidio cambie a una menos punitiva y más contenedora.

Mg. Ps. Nicolás Alonso Orrego Cárcamo

Docente psicología

Universidad Santo Tomás Los Ángeles.


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