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Opinión

Solidaridad y fraternidad en San Alberto Hurtado


 Por Juan Pablo Becker Gálmez SJ

Juan Pablo Becker Gálmez SJ

«Al partir, volviendo a mi padre Dios, me permito confiarles mi último anhelo:  que trabajen por formar un clima de verdadero amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo».

De acuerdo a la última encuesta de caracterización socioeconómica (CASEN 2020), en Chile un 4,3% de la población vive en situación de pobreza extrema por ingresos (831.232 habitantes), mientras que un 6,6% es catalogada como pobreza no extrema (1.280.953 habitantes).  Casi un 11% de la población, por ende, vive en situación de pobreza monetaria.

Hace más de 70 años, el Padre Hurtado salía en su camioneta verde a recoger niños, niñas y personas adultas que vivían en la calle para llevarles al recién fundado Hogar de Cristo, donde podían dormir en una cama caliente y limpia. Su anhelo era que todos y todas fueran tratados con dignidad y, por eso, les pedía perdón por no poder atenderles mejor.

Tristemente, sin embargo, la situación de pobreza -aunque no tan grave como en su tiempo- sigue siendo una “piedra en el zapato” para nuestro país. Los altos niveles de pobreza y desigualdad, incrementados por la pandemia, encienden una luz de alerta en una sociedad que desde años aboga por una mayor inclusión y dignidad para todos y todas sus habitantes. De ahí, entonces, la enorme vigencia del mensaje de san Alberto Hurtado, personaje sello 2022 de la institución.

Profundamente arraigado en Dios, san Alberto recibió la gracia de mirar la realidad con los ojos de Dios. Por esta razón, puede ser catalogado como un místico social, en la medida que tuvo la capacidad de “leer” el mundo que le rodeaba y hacer una lectura cristiana de éste. Se trata de una mística de los ojos abiertos, desde la cual, inserto en la realidad, Hurtado es capaz de reconocer el rostro de Dios en el pobre, así como suscitar soluciones para enfrentar esta cruda realidad. Su deseo está en construir un mundo más humano, como aquel que propone Jesús.

Ello solo fue posible por su cercanía con Jesucristo, a quien vio en los más pobres y desamparados de su tiempo, en los problemas de los y las trabajadoras, en los conventillos… Todo aquello que iba quedando en su retina le impactó de tal manera que sintió el llamado de Dios a proponer soluciones que abogaban no solamente por la caridad, sino por la justicia social.

Aun cuando hoy recordamos casi únicamente sus vastos y significativos logros, san Alberto también se vio enfrentado al fracaso por su capacidad crítica ante la sociedad. Generó resistencias en los sectores más conservadores y críticas de distintas partes de la sociedad, incluida la Iglesia. Sin embargo, aceptando con entereza estas críticas, se sintió movido a continuar la misión que sentía era un encargo de Dios: preocuparse de los más pobres por medio de la acción, pero también desde una profunda reflexión analítica de la sociedad, como se ve reflejada en su extensa obra.

El mensaje del Padre Hurtado sigue calando a nuestra sociedad chilena y continúa invitándonos a hacernos cargo de los problemas que afligen al ser humano. La universidad, desde su rol social, tiene la labor y responsabilidad de profundizar en el diagnóstico de estas problemáticas, así como de la propuesta de soluciones. Sin embargo, todos y todas tenemos la tarea de construir una sociedad más solidaria y justa, desde gestos concretos y palabras que aporten en esta noble tarea para reconstruir un tejido social desde la fraternidad, en la cual todos tengan cabida. Habrá en este camino caídas y fracasos, críticas y resistencias, pero no podemos claudicar en la noble tarea de construir una sociedad más justa y fraterna.

San Alberto se hacía constantemente una pregunta. Era la cuestión fundamental de su vida, cuyo centro no estaba en él, sino en Jesucristo, cuya vida deseó seguir desde la radicalidad de su vocación religiosa. Es la pregunta que también nosotros y nosotras podemos hacernos con la misma fuerza:

«Ante cada problema, ante los grandes de la tierra, ante los problemas políticos de nuestro tiempo, ante los pobres, ante sus dolores y miserias, ante la defección de colaboradores, ante la escasez de operarios, ante la insuficiencia de nuestras obras, ¿qué haría Cristo en mi lugar?»

Juan Pablo Becker Gálmez SJ


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