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Opinión

El fin justifica los medios


 Por Alejandro Mege Valdebenito

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“Triunfad siempre, no importa cómo, y siempre tendréis razón”.
—Napoleón Bonaparte

El fin justifica los medios es una frase que se atribuye a Nicolás Maquiavelo, aunque resulta más bien una interpretación de lo que plantea en su libro 2El príncipe”, publicado en 1532, donde defiende la imposición de cualquier teoría o plan político por parte del gobernante para permanecer en el poder. Así, cuando el objetivo o la causa son importantes, cualquier medio utilizado para lograrlo resulta válido.
Sin embargo, para algunos intelectuales como Aldous Huxley (1894-1963), los fines no pueden justificar los medios porque los medios utilizados determinan la naturaleza del fin que se alcanza. En sus inicios, la expresión “el fin justifica los medios” era usada únicamente en relación con la política o los negocios, mas en nuestros días se extiende a otros ámbitos y se ha hecho habitual en la vida en sociedad, y se utiliza para eludir cualquier acto al que se le pueda identificar como una vulneración a la ética y las sanas costumbres.
Con esta frase la persona justifica todas sus actuaciones cuando le permiten lograr sus objetivos. Ya lo dijo Maquiavelo: “Yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras que es difícil reconocerla”.
El dilema que se plantea entre fines y medios continúa siendo controvertido y no hay una respuesta que sea definitiva, y todo depende de “si los objetivos son buenos y nobles, y si los medios para alcanzarlos son buenos y nobles, entonces el fin justifica los medios”. Sin embargo, en innumerables oportunidades se han justificado acciones para alcanzar determinados objetivos, saltándose la ética más elemental y sin que dichos actos fueran necesarios, aunque se busque cualquiera justificación para hacerlos.
Así, por ejemplo: ¿Se justifica el fin de lograr mayor justicia, paz y bienestar social usando como medios la violencia, el pillaje, el incendio de bienes y fuentes laborales, y la destrucción de escuelas e iglesias, incluso la pérdida de vidas humanas? ¿Es moralmente aceptable mentir, engañar, violentar la fe pública, inventando sufrir de enfermedades para obtener determinados beneficios personales o ser electo como una autoridad? ¿Es lícito callar, transar o renegar de los principios declarados de bien común promoviendo y apoyando, muchas veces aprovechándose de la necesidad de las personas, proyectos de beneficios transitorios sabiendo el duro costo futuro que tendrá para los mismos y hacerlo solo por fríos cálculos electorales para alcanzar el poder político y económico? Es de esperar que, en su momento, se asuman las consecuencias del problema que se ayudó a crear.
Sin duda, habrá algunos que dirán que sí. Y siendo su derecho, es también el problema no tener claro lo que se quiere y el medio para obtenerlo por cuanto no siempre los medios justifican los fines que se persiguen, si los medios utilizados no tienen un componente ético que se expresen con acciones morales que eviten que se produzca un daño mayor que el que se quiere resolver. Solo si no hay ninguna otra alternativa razonable, legítima y ética es posible aceptar que los fines justifiquen los medios.
De ahí que parece necesario fomentar en las nuevas generaciones el verdadero sentido de la política, la economía y de la cultura en todas sus dimensiones, de modo de asumir que su fin y justificación es el bienestar y el mejor destino del ser humano, y que los medios que se utilicen no causen daño y sean los más lícitos y honestos.

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