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Opinión

La tolerancia


 Por Alejandro Mege Valdebenito

ALEJANDRO-MEGE

“Cuando entiendas que hay otra forma de ver las cosas, entenderás el significado de la palabra tolerancia”.
Dalai Lama

En su intervención en una ceremonia de recepción que se le hiciera al presidente Ricardo Lagos, refiriéndose a una de las concepciones de las que sustentan sus anfitriones, la tolerancia, expresó, más o menos, lo siguiente: ustedes propician y defienden la tolerancia, yo prefiero la “igualancia”. Entendiendo que la tolerancia nos iguala en la misma medida que todos damos y recibimos tolerancia. Nos preguntamos entonces: ¿Cuáles son los límites que tiene la tolerancia? ¿Es posible ser tolerante frente acciones intolerantes?
Se entiende como tolerancia “la aceptación condicional o no interferencia en las creencias, acciones o prácticas que se consideran erradas o equivocadas, pero que aun así son aceptables” (Forst 2007)
Cuando se pasa de la tolerancia a la intolerancia siempre hay factores morales y operan las distintas concepciones que sostiene una sociedad sobre el bien y el mal las que establecen la diferencia entre lo que resulta tolerable y lo que no lo es.
Estamos viviendo en un mundo y en una sociedad donde la tolerancia es doblegada por la intolerancia con lamentables resultados en la convivencia familiar y comunitaria; intolerancia por el solo hecho de pensar diferente, intolerancia con la pobreza (aporofobia = odio a la pobreza según Adela Cortina); con la discapacidad, intolerancia étnica, política, religiosa, social, de género, de vestir o hablar diferente. Cualquier actitud negativa en el plano de las ideas resulta ser intolerancia.
Algunos de los factores que conduce a la intolerancia son, tanto la ignorancia como una educación que centró su acción, a veces de manera exclusiva, en la adquisición de conocimiento y habilidades intelectuales y donde la formación en valores y actitudes sociales de sana convivencia estuvieron ausentes y de ello son ejemplo muchas personas que habiendo tenido una alta formación académica y profesional son absolutamente intolerantes con los analfabetos o de menor educación, que solo se escuchan a sí mismos y que siempre tienen la razón y tratan de imponerla, ansiosos de poder que, para conseguirlo, usan los medios que sean necesarios. Los intolerantes son intransigentes y siempre quieren tener todo bajo control lo que los lleva a tener problemas en sus relaciones interpersonales. La intolerancia, a pesar del discurso en contrario, abunda en el campo político donde la vemos a la vuelta de cada esquina cuando la descalificación del adversario rompe los límites de la ética más elemental, con argumentos que retratan de cuerpo entero a quienes las emiten. Así vemos, a muchos de ellos solicitando, una y otra vez y otra vez más, (por haber sido víctimas de la intolerancia política, persecución y la injusticia, afirman) el apoyo de los ciudadanos para obtener la representación política que les permitan dirigir el destino del país para todos, sin exclusiones de ningún tipo y de una moral depurada. Y, con mucha comprensión y tolerancia parte de la ciudadanía vuelve a depositar en ellos su confianza. La intolerancia campea en el deporte, en la religión y en todas las actividades donde no se aceptan las palabras o las acciones de otros. La falta de tolerancia conduce al odio con fatales consecuencias y así lo expresó el cardenal Raúl Silva Henríquez en el Tedeum de 1973: “Es necesario matar el odio antes que el odio mate el alma de Chile.”
La tolerancia requiere del diálogo racional y objetivo, sin descalificaciones a priori; escuchar con atención antes de reaccionar molestos, con disposición a cambiar de posición si los argumentos del otro resultan válidos. Si cada quien tiene derecho a pensar y expresar lo que siente, si lo dice sin herir y, a pesar de no estar de acuerdo se debe entender lo que plantea.
Si desde las más altas esferas de la vida pública y política, hasta la vida familiar, pasando por el sistema escolar, se enseña y se practica la tolerancia como modo de vida, no sería necesario pensar en la necesidad de poner límites a la tolerancia.

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