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Opinión

¿Hacia dónde nos están conduciendo?


 Por Bryan Smith, Observa Biobío

Bryan Smith

La semana pasada fue rechazado el proyecto que buscaba reducir el número de diputados y diputadas de 155 a 134. Si bien el proyecto en origen buscaba reducir también el número de senadoras y senadores, por estrategia se optó por no reducir esta cámara.

Pero la pregunta es ¿Qué buscan con la reducción de parlamentarios? Los fundamentos son conocidos. Por un lado, está el argumento de la reducción del gasto, el cual se sostiene principalmente en los elevados sueldos que ganan los miembros de ambas cámaras y sus gastos de representatividad. Y por otro lado está el argumento de la representatividad y la elección de “honorables” por arrastre, que no habrían alcanzado el 1% de los votos, pero que por buena compañía de lista habrían llegado al Congreso.

Comencemos por lo más importante: La representatividad.

Es vital para una democracia moderna, tener el mayor grado de representatividad posible, de otro modo, la concentración del poder – digna de un pasado no democrático – se haría presente con fuerza, beneficiando aún más a pequeños grupos de la sociedad. Pero una reducción del número de parlamentarios no apunta a mejorar la representatividad, por el contrario, apunta directamente a concentrar más poder en menos personas.

En Chile tenemos 1 parlamentario por cada 98.274 habitantes. Ahora, si tomamos todos los países de nuestro principal grupo comparativo o referencial – la OCDE – que tienen Estado unitario como nosotros, además de un mejor Índice de Desarrollo Humanitario (2019) nos da como promedio 1 representante por cada 48.165 habitantes. Lo cual a vivas luces nos indica que la reducción no es el camino para mejorar la representatividad, de hecho, va en el sentido totalmente contrario al que nos indican los países con mejores resultados que nosotros en cuanto a desarrollo humanitario y democrático. Los parlamentarios del 1% son regulables estableciendo votación mínima por ley, mejorando así el sistema electoral (Idea incluida en el proyecto, por parte del gobierno, que buscaba establecer el piso mínimo en un 3%).

Ahora, si tomamos el argumento del gasto público, por supuesto que toda reducción de este es bienvenida, sobre todo si es una suma considerable y tenemos claridad de la eficiencia con la cual se empleará en políticas que mejorarían la calidad de vida en nuestro largo y angosto país. Pero como ya tenemos el contrapeso de la representatividad, entramos en la paradoja de gastar menos, pero perder representatividad en el poder legislativo, lo cual, claramente no es viable si queremos mejorar nuestra democracia y nuestros resultados. Pero hay un camino que puede mejorar ambos puntos, sin gastar más dinero del que actualmente desembolsamos en “representantes” y es reducir la dieta parlamentaria a un tercio de la actual y aumentar la cantidad de parlamentarios al doble.

Este ejercicio nos permitiría tener el doble de representantes por tan solo el 66% del gasto actual, dejando el sueldo parlamentario mucho más cercano al sueldo promedio parlamentario de la OCDE, que es de 8,9 veces el sueldo mínimo, pero en nuestro país, los y las honorables ganan 21,5 veces el sueldo mínimo, sin considerar que esta cifra asciende a casi 34 veces el sueldo mínimo, si sumamos los “gastos de representatividad” (Arriendos de sedes, arriendos de vehículos, cuentas telefónicas, viáticos, pasajes en avión, pago de combustible, sueldos de asesores, gastos de oficina, etcétera.) transformándolos en los parlamentarios con las mejores condiciones laborales del planeta.

Por lo tanto, luego de estos simples datos que puedes buscar en Google y hacer unas cuántas sumas, surge la pregunta ¿De dónde sacan sus proyectos? Y lo que es más difícil de entender ¿Hacia dónde nos están conduciendo?

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