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Opinión

El necesario diálogo ético


 Por Alejandro Mege Valdebenito.

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“Hablando se entiende la gente.”  (Refrán español).

Si algo ha estado ausente en los diferentes conflictos y desencuentros, algunos con lamentables y trágicas consecuencias para la tranquilidad y convivencia entre personas, organizaciones o distintos sectores de la comunidad nacional, ha sido la falta de diálogo entre las partes involucradas, aunque el impacto de un conflicto no resuelto afecte a la comunidad nacional, cuando el diálogo, esa capacidad de mirar a la cara al interlocutor con tolerancia y respeto para intercambiar puntos de vista con la finalidad de encontrar una solución armónica y justa en lo personal, familiar, laboral o social, no se quiere establecer o no existe.

Está demostrado que no se conoce  una forma más eficaz y constructiva que el diálogo, una conversación sensata, serena, calmada y objetiva entre dos personas o grupos que sostienen puntos de vista que difieren entre sí, sin dejarse llevar por el orgullo, la ira o una pretensión que excede las posibilidades racionales de ser aceptadas, sin crear problemas mayores o que resulten injustas para otros, menos cuando se pretende establecer un diálogo fuera de los límites del marco jurídico establecido en un régimen democrático.

 Para muchos, que miran desde fuera o que sufren de manera directa las consecuencias de un conflicto tremendamente importante para la convivencia, la paz, el desarrollo social y económico  como lo es el de la Araucanía, por ejemplo, cuesta aceptar que   se haya mantenido en el tiempo sin solución y, peor aún, cuando algunos lo reconocen poco menos que insoluble por lo que  se vuelve una herida del país que no sana a pesar de los esfuerzos  realizados tantas veces sin resultados, conflicto donde las conversaciones no prosperan cuando se pretende resolver mediante la imposición, el  uso de la fuerza, la amenaza o la vulneración del estado de derecho, métodos que, de manera alguna constituyen  una forma de diálogo y el conflicto sigue latente hasta cuando las partes tengan la disposición de ponerse cada uno en el lugar del otro, de conocer sus razones y buscar el punto de encuentro que satisfaga a ambos .

”El diálogo – dijo el expresidente español Adolfo Suárez- es, sin duda, el instrumento válido para todo acuerdo, pero en él hay una regla de oro que no se puede conculcar: no se debe pedir, ni se puede ofrecer lo que no se puede entregar porque, en esa entrega, se juega la propia existencia de los interlocutores.”

Para dialogar debe haber disposición para hacerlo puesto que no es posible dialogar cuando no se quiere o menos usarlo como una forma de ganar tiempo para reposicionarse, buscar  apoyo o descalificar  las razones del otro. Se debe aprender a escuchar con respeto, tratando de entender los argumentos de la contraparte y hacerlo francamente y con sinceridad, confrontando (no enfrentando) visiones diferentes para llegar a un consenso. El diálogo es una conversación  (una con-versación es un diálogo en verso) que nos permite conocer al otro, hecho que transforma el diálogo en un principio ético (el más alto estándar del diálogo) cuando es objetivo, imparcial y no está condicionado por exigencias, experiencias personales, gustos o preferencias que se pretenden generalizar.

El diálogo ético se debe entender como una negociación, una concesión entre las partes, no es una conversación entre sordos, donde uno quiere someter a otro, a veces imponiendo su cargo, su riqueza o su cultura; donde uno no escucha  al otro y solo se oye a sí mismo, prisionero de “su” verdad y su (sin) razón. En ese caso el diálogo no tiene sentido y pierde eficacia como una senda que conduzca a un acuerdo justo y a una convivencia pacífica y constructiva. ¿No es acaso lo que decimos buscar todos?

Si es así. Que sea el verdadero diálogo la forma de entendernos, resolver nuestros conflictos y vivir en paz.

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