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Opinión

Entre utopía y la distopía en el escenario actual


 Por La Tribuna

Hemos escuchado frecuentemente que la vida humana no involuciona y por tanto, entendemos que el devenir debiera estar orientado en avanzar hacia la construcción de un mundo mejor y en propiciar un espacio de convivencia, en donde prime el bien común, el respeto por la naturaleza y quienes participamos de ella. Sólo así encontraremos la felicidad, y pensando en lenguaje aristotélico, esto implicaría un acto de entendernos desde la virtud. Pero ¿cómo lograr esta entelequia? ¿es posible?

Dentro de las variadas utopías, desde Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam, hasta las visiones más contemporáneas, se insta al buen vivir como elemento fundante de la sobrevivencia humana.

Un espacio para alcanzar y descubrir esta utopía, lo podemos pensar a través de los fundamentos filosóficos y deontológicos que sustentan el carácter disciplinar del Trabajo Social. Nuestra profesión declara elementos tales como: el respeto irrestricto por el ser humano y su dignidad, la justicia social y la defensa de los derechos humanos fundamentales. Sin embargo, los escenarios actuales nos sitúan en espacios en donde contrariamente aparecen, la fragmentación del sujeto, el individualismo, la inmediatez, el consumo como motor de felicidad, la destrucción creciente del medio ambiente, entre otros.

En este contexto de Covid vemos que se exacerban los temores frente a lo incierto, sentimos amenazada nuestra aparente estabilidad. También nos replanteamos  las rutinas y la convivencia con nuestros cercanos y familiares, ya sea por vernos obligados a permanecer juntos en este confinamiento las 24 horas o bien, por la imposibilidad de reunirnos con quienes acostumbrábamos a compartir nuestras vidas. También podemos vernos expuestos a sublimar frustraciones y temores, en donde la compensación podría ser el consumo o la compra compulsiva.

Por tanto, asistimos a un espacio distópico, entendido como un escenario que proyecta al ser humano a un mundo distante y futuro, lleno de complejidades, de inmanejables padecimientos y catástrofes, que no hacen más que desnudarle y despojarle de cualquier certeza, constatando la ruptura con su espacio más próximo.

A la luz y a la comprensión de este entramado distópico, resulta necesario detenernos un momento y repensar en las posibilidades que tenemos para construir otras formas de convivencia, que nos conceda revalorar la condición humana y sus interrelaciones. Este ejercicio nos puede abrir paso en el desafío de avanzar, en la configuración de una nueva utopía, crítica y reflexiva, despojada del acomodo y la pasividad, que propicie un encuentro y que permita volver a mirarnos como seres humanos y plantearnos hacia dónde estamos poniendo el foco.

Volver a lo que plantea la visión de Maturana, respecto a recobrar el sentido de lo que somos, al sentido de lo humano, al origen de la forma de relación con otros y otras en la convivencia, y de lo que queremos llegar a ser.

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