domingo 19 de enero, 2020

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Opinión

“Las horas han perdido su reloj”


 Por La Tribuna

Salvador Lanas Hidalgo
Académico de Universidad San Sebastián

Son muy pocos los pensadores que han sido capaces de entrever los intersticios, los laberintos de la condición humana. Quizá algunos escritores o poetas nos iluminen, con sus personajes o sus poemas, algún oscuro rincón del alma humana. Camus, Dostoievski, Gabriela Mistral, Teresa de Ávila…

Uno de los acontecimientos más determinante y, cargado de consecuencias, de nuestra época es el nihilismo, la Nada entendida como esa fuerza atávica y abrasadora que irrumpe como una corriente incontenible en el centro de la historia y en el corazón del hombre occidental. El filósofo chileno José Gandolfo lo anunció de manera profética en su ensayo Palabras con la Nada, el año 2000. Este hecho insólito e inconcebible, ocurre por vez primera con características inéditas y de pulsiones que ni el mismo Freud imaginó.

 Y hablamos de un hecho que ha transcurrido desde los albores del pensamiento griego hasta el presente, no obstante, nunca antes el ser humano había experimentado el incontenible y vertiginoso hundimiento de sí mismo y de todo lo que es, en las entrañas de ese vórtice, que se ha abierto a sus pies. Y ya nada parece impedirlo, ninguna barrera ni artificio; lo que hoy sucede, tiene el signo de lo indefectible. La razón y los inmutables principios de la metafísica, las venerables formas de la ética y las más sagradas convicciones religiosas son igualmente arrojadas por ese torbellino que arranca de raíz todo lo que hasta ahora tenía el indiscutido prestigio de lo sólido, de lo más firme y digno de confianza. Ciertamente la Nada ha estado siempre allí, pero hasta ahora la humanidad había logrado conjurar con palabras sacrosantas: Dios, Substancia, razón, verdad, que han sido, de súbito, vaciadas de sentido, a pesar de que el ser humano actual se aferre tenazmente a alguna de ellas. El que al ser humano de hoy todo se le escape de las manos y pierda el control de los acontecimientos, se debe al soplo inclemente de la Nada que golpea en todas las puertas, llegando a ser, en palabras de Nietzsche, “el más inquietante de todos los huéspedes”.

Huésped que hemos recibido en el Chile de los últimos meses, en una versión ramplona y oblicua, de maldad infrahumana y que ha marcado su cénit en la destrucción de Valparaíso con el puño izquierdo levantado de un peón que es, apenas una hojarasca de ese drama en desarrollo. Esa variante de la Nada ha traspasado los límites y cual leviatan ha envuelto lo único que queda de sacro en la humanidad, los niños y, ha violado su inocencia a vista y paciencia de instituciones fariseas que dicen defenderlos. Ni siquiera la felonía de un honorable, al exhibir fotos de niños obligados a dibujar la muerte del gobernante, logró un atisbo de legítimo estupor humano. El nosferatu criollo se inscribe en lo que acertadamente Hanna Arendt llamó “la banalidad del mal” para referirse a los actos criminales del funcionario nazi juzgado el 62.

Vicente Huidobro diría de este tiempo de incertidumbres que las horas perdieron su reloj y que los 4 puntos cardinales son 3: el norte y el sur.

¿Tendremos que reiniciar el camino que empezó Homero en el amanecer de nuestra cultura?

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