sábado 14 de diciembre, 2019

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Opinión

Nolberto Acuña Acuña


 Por La Tribuna

Mario Ríos Santander    

Forma parte de los “auténticos”. Aquellos que desde su niñez, escondida allá, lejos, tras los arenales en Las Trancas, en Los Robles, Don Estanislao Acuña Beltrán, a bordo de su Ford café, algo golpeado por la vialidad rural, junto a su mujer Elizabeth Acuña, “Chita”, querida, y una “catervá” de chiquillos, salía temprano al pueblo, aprovechando la humedad de la noche y de esa forma, permitirle al Ford, cruzar esos temidos arenales,  cuyos bordes, álamos que nunca crecieron, a medio día en pleno verano, simplemente eran trampas de suelo suelto. Por las tardes, al regreso, mi madre, nos alentaba para ir a “empujar el auto de Don Tani en la subida de arenas”. Y partíamos todos los chiquillos chicos, felices mientras el motor del Ford, soplaba como locomotora. Era el único auto de la comarca. Una década atrás de esta narración, a bordo, un joven, algo más formadito, Nolberto Acuña, que ayer, tantos años después, lo fuimos a dejar al camposanto. 

Pero la historia de Nolberto Acuña, no es solo el Ford de “Don Tani”. Es bastante más. Es Los Ángeles.

Un día, nuestro Nolberto y Mariela, su mujer,  anuncian que marchan a Quintero. Funcionario del Banco del Estado, es nombrado Agente. Podría haber resultado normal un traslado  laboral, sin embargo, comenzaron una a una a sucederse comida, tras comida de despedida. Partieron los Leones, siguieron en el Club luego, en la inmobiliaria, más adelante…en fin, no paraba nunca. Luego, instalado en Quintero, los angelinos comenzaron a viajar a esa ciudad y volvían felices de haber visto a “Chito” y a Mariela, Era como visitar un  Santuario. Volvían bendecidos, comentando lo bien que estaban los Acuña – Mundaca.

¿Y por qué ocurría todo esto?

Porque Los Ángeles, era un pueblo chico, y a sus hijos los cuidaba. Y si uno de ellos, se había destacado en fortalecer su propia vida social, era más requerido, más cuidado, más solicitado. Y Nolberto Acuña, era así. Forma parte de los “héroes constructores”, que dieron estructura social a su pueblo, hoy ciudad con más de 200 mil habitantes. Por eso, que en el Cementerio, quienes estábamos ahí, éramos personas que honramos a nuestra ciudad y su gente, que en sus calles y plazas, se desplazan los que fueron, desde el silencio, constructores, muchos constructores, de esta familia de tierra, “los angelinos”. Uno de ellos, presente en la despedida de Nolberto, destacaba que si algún día, un estadístico,  que había conocido censos de un siglo y más atrás de Chile, concluía que los chilenos éramos 60 millones, habitante que son y fueron de esta tierra, 17 millones vivos y 43 millones fallecidos, pero que fueron los que construyeron Chile, y por tanto, si en nuestra comuna, tenía iguales porcentajes, en realidad, los angelinos somos 720 000 habitantes, los mismos, que en nuestra historia vivieron en algún momento aquí. Uno de ellos fue despedido en nuestro cementerio. Al final, no tanto dolor, alguien levantó la voz, “¡Aplausos para Tito! y así lo hicimos. Nolberto, angelino sin igual, dejaba este mundo, tal como vivió, en paz, querido y protegido por el alma de muchos que lo siguieron en sus realizaciones, en sus destinos laborales, en sus actos familiares.

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