jueves 22 de agosto, 2019

noticias por comunas

EDICIÓN IMPRESA

Opinión

La docencia: ¿oficio o profesión?


 Por La Tribuna

Por Alejandro Mege Valdebenito.

Hace dos décadas, bajo este título, la Revista Interamericana de Desarrollo Educativo de la OEA pública un artículo de la psicóloga argentina Ana María Pérez  que, si bien considera estudios e investigaciones sobre la (des)valorización social de la figura del profesor en su país, sus conclusiones  son coincidentes  con investigaciones realizadas en nuestra realidad nacional, situación que, sin bien viene dándose desde hace varias décadas, se profundizan y van quedando patentes en cada movilización de los profesores, especialmente del sistema público, cuando tienen que enfrentar a la autoridad por mejorar las precarias  condiciones en que llevan a cabo su tarea docente, que muestran una marcada desvalorización de la profesión,  en un sistema educativo caracterizado por el acceso desigual y la exclusión de aquellos alumnos que, por razones sociales, económicas o ideológica no reúnen los “méritos” para ingresar a  establecimientos selectivos que ofrecen calidad educativa, proponiéndose para ello un sistema de selección que se ha denominado –por si alguien desprevenido de verdad lo creyera – “admisión justa”. En esta situación la condición profesional del docente que antes  fuera respetada y se le reconociera  un rol bien definido con un alto grado de autonomía en el desempeño de su labor, hecho que es característico de una profesión, su tarea se encuentra  regulada y limitada a la ejecución de  programas y acciones concebidas por otros, diseñados a gran distancia de la realidad de una sala de clases, como un funcionario más de la burocracia administrativa centralizada y reproducida a niveles locales. Así, la consideración profesional del docente que  se dedicaba a educar, antes que instruir, transmitiendo la promesa que el  gobierno hace a las nuevas generaciones de menores recursos  de movilización social para formar al “hombre nuevo” en una sociedad más igualitaria y justa, se fue lentamente desperfilando acosado el maestro por obtener de sus  alumnos resultados cuantitativos; la formación cualitativa, en gran medida, fue considerada innecesaria cuando de competir y ganar se trataba, sin fijarse mucho en los procedimientos que se realizaban para  conseguirlo.

A su vez, las organizaciones gremiales –el Colegio de Profesores- han diseñado,  pensando tal vez en el rol social que cumple el profesor, una nueva imagen de la función docente: el de trabajador de la educación, (En más de una oportunidad en las asambleas nacionales del Colegio de Profesores se propuso cambiar su nombre por el de Trabajadores de la Educación para estar a la par con el resto de los trabajadores) sin hacer distinción entre las distintas tareas que se realizan al interior de los sistemas educativos y de otras actividades del mundo laboral, de modo que el ejercicio de la docencia podría reconocerse tanto como un oficio o como una profesión. Una especie de “profesionalismo tecnocrático” para preparar mano de obra para el mercado.

La desvalorización social de la profesión docente, el cuestionamiento de la autoridad a la labor que realizan los profesores, el poco respaldo de la familia, políticas educacionales que responden más a intereses sectoriales que al interés general; las exigencias de cumplir con un currículo escolar en cuya elaboración no tienen injerencia, desmotiva a los maestros que no tienen claro si para la sociedad, incluido las autoridades de todos los niveles, el ejercicio de la   docencia, que excede la sala de clases y se proyecta en la comunidad, es considerada un oficio o una profesión, o ambas cosas a la vez.

Parece necesario definirlo.


  • Compartir:

opinión

Revise su correo para confirmar
la suscripción
logo-ediciones-anterioes