domingo 13 de octubre, 2019

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Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero Jn 16,12-15


 Por La Tribuna

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«Padre…, esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Con estas palabras, que pronunció Jesús, «elevando sus ojos al cielo», comienza el Catecismo de la Iglesia Católica. Jesús define la vida eterna, que es la felicidad plena y sin fin del ser humano, como el conocimiento del único Dios verdadero. Para darnos este conocimiento, en el que consiste la vida eterna, fue enviado Él mismo al mundo: «He manifestado tu Nombre a los hombres que me has dado, tomándolos del mundo… Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer» (Jn 17.26).

Definiendo de esta manera su misión, Jesús declara cumplido el largo proceso de revelación de Dios comenzado con Moisés, cuando preguntó a quién lo llamaba de en medio de la zarza ardiente: «¿Cuál es tu Nombre?» (cf. Ex 3,13). En todas las generaciones los seres humanos han buscado a Dios. Podemos decir que el ser humano se define por su búsqueda del Dios verdadero, tal como lo afirma San Pablo en su discurso ante el areópago de Atenas: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él… creó, de un solo principio, todo el linaje humano… con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la encontraban…» (Hech 17,24.26.27). La imagen que usa el apóstol –a tientas– es expresiva de una imposibilidad; es la de quien quiere encontrar algo en total oscuridad. El mismo apóstol, considerando la historia humana, escribe: «Se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció…: cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles…» (Rom 1,21.23). En realidad, el ser humano ha adorado como Dios las cosas más aberrantes. ¡Debería ser motivo de humildad! Habríamos seguido buscando en la oscuridad –a tientas–, si no hubiera enviado Dios al mundo a su Hijo, el único que puede declarar: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Se refiere, sobre todo, a su misión de dar a conocer al Dios verdadero.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad, que celebra la Iglesia hoy, pone ante nosotros el misterio de Dios mismo, tal como ha sido revelado por Jesús. Él lo reveló manifestando su propia condición de Hijo de Dios, unida a su declaración: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). Pero, esa revelación de su propia condición de Hijo de Dios y uno con el Padre no habría podido llegar al corazón de los seres humanos sin la acción del Espíritu Santo, que, de esta manera, se manifiesta como una tercera Persona divina. Respecto a sí mismo Jesús afirma: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11,27). Idéntica declaración hace San Pablo respecto del Espíritu de Dios: «Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2,11). Tres Personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada una de ellas es el mismo y único Dios.

El Evangelio de este Domingo de la Santísima Trinidad es una de las cinco promesas del Espíritu Santo que Jesús formula en la última cena con sus discípulos. Ya no tendrá otra ocasión de hablar con ellos y, sin embargo, les dice: «Mucho tengo todavía que decirles, pero ustedes no pueden cargar con ello ahora». Ante esa imposibilidad, habríamos perdido toda esperanza de comprender su palabra, si no hubiera agregado una circunstancia de tiempo: «No pueden… ahora». En efecto, anuncia un tiempo en que será posible que su palabra se haga vida en nosotros: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, Él los guiará en la verdad completa». Es importante notar que Jesús no dice «hacia la verdad completa», sino «en la verdad completa», expresando así la permanencia del Espíritu en nosotros. Su acción no consiste en un traslado, sino en la profundización de la verdad en nosotros.

El Espíritu no infundirá en nosotros un contenido propio: «Él no hablará por sí mismo, sino que hablará lo que oiga». Jesús aclara: «Él me dará gloria, porque tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes». Eso que Jesús enseño y que en el momento de la última cena los discípulos no podían sopesar, el Espíritu hará que puedan hacerlo propio y profesarlo como la verdad. Jesús agrega una de las formulaciones más explicitas de la Santísima Trinidad: «Todo lo que tiene el Padre es mío». Entre esas cosas que tiene el Padre, que Jesús declara propias, se incluye la divinidad. Esta es una de esas cosas que Jesús, no obstante, les dijo, que ellos no podían comprender. Y agrega lo mismo del Espíritu: «Él tomará de lo mío y lo anunciará a ustedes». Eso que Jesús llama «lo mío» es lo que hace que Él sea el Hijo y no el Padre. Esto es lo que el Espíritu tomará de Él y nos concederá a nosotros: compartir con Jesús su condición de Hijo de Dios.

Dos envíos hizo Dios para que nosotros recibiéramos la condición de hijos de Dios: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la filiación… y para que ustedes tengan la certeza de que son hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “Abbá, Padre”» (Gal 4,4.5.6). De esta manera, accedemos nosotros al misterio de la Trinidad en el que consiste la felicidad plena y eterna para la cual hemos sido creados.

                                                                 Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                           Obispo de Santa María de los Ángeles

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