lunes 24 de junio, 2019

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Abandono animal: las consecuencias de las falsas creencias


 Por La Tribuna

Víctor Jara, Santo Tomás Los Ángeles

La conducta social de los perros domésticos es el resultado de la evolución y comparten ancestros con lobos, coyotes y chacales, entre otros; todos pertenecientes a la familia canidae.

¿Cuál es entonces la diferencia entre nuestras mascotas y estos animales salvajes? Únicamente la protección del ser humano. Para el perro, una persona representa un factor de protección y guía de conducta.

Esta característica es el resultado del proceso de domesticación al que fueron sometidos los primeros canes, el que generó cambios conductuales adquiridos, pero que no son resultado de respuestas conductuales gobernadas por la genética. Cuando el perro pierde su factor de protección, recurre a esa memoria genética para sobrevivir.

Este proceso es común en perros abandonados y podemos observarlo en sectores rurales, donde se organizan en grupos con roles claramente definidos, respondiendo al modelo de jaurías, en los que socializan individuos dominantes y sumisos, con conductas de caza similares a las observadas por lobos o chacales en vida silvestre pero que, en el caso de estos perros, las presas están más indefensas.

Estos “perros asilvestrados”, inician su entrenamiento con presas pequeñas y fáciles de atacar (gallinas, patos), pudiendo con el tiempo atacar a animales de mayor tamaño. Se han reportado incluso ataques a vacas adultas por parte de grupos de 20 a 30 perros en sectores rurales.

La pregunta es entonces ¿Cuánto del comportamiento adquirido debe mantenerse para que estos perros no sean amenazas para niños o ancianos?

La presencia de estos animales en sectores rurales es consecuencia del abandono indiscriminado de personas que, por diversos motivos, no se sienten capacitados para ser responsables de una mascota que tuvieron a su cargo.

Situaciones de preñeces no esperadas, cambios de residencias de las familias o enfermedades de alto costo, son algunas de causas reportadas por propietarios para justificar el abandono.

La razón de llevarlas al campo se basa en una creencia tan infantil como absurda: “debe ser liberado en el campo para que sea feliz” ¡Cuántas veces no hemos escuchado esa cantinela!

La felicidad de un perro se encuentra al lado de la familia que lo protege, depende de las personas que lo cobijan, los necesitan para obtener tratamiento médico cuando corresponde, mantener sus vacunas y antiparasitarios al día, esterilizar si no se busca la reproducción. Sin nosotros, estos animales serán desdichados, ya sea en la ciudad o en el campo y la conducta que muestre será consecuencia del grado de compromiso que adquirimos al acoger un animal dentro de nuestro grupo familiar.

El modo en que nos comportemos representará la diferencia entre el instinto y la domesticación. Para esto necesitamos ver las cosas en su correcta dimensión y no disfrazarla de falsas creencias instaladas sólo para dejar tranquila nuestra conciencia.

Víctor Jara Parra

Jefe de carrera Técnico en Veterinaria y Producción Pecuaria

CFT Santo Tomás Los Ángeles


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