miércoles 26 de junio, 2019

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Opinión

Una cojera imperdonable

Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, presidente de la AFDEM Los Ángeles


 Por La Tribuna

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Como lo señalé en uno de mis comentarios anteriores, en los establecimientos educacionales –y esto nada más que hablando de profesores y de otros profesionales que, con las debidas autorizaciones, también practican la enseñanza al interior de estos– solo existen roles docentes; es decir, docente / directivos (directores e inspectores generales), docentes técnico / pedagógicos (jefes técnicos y sus, como señala la ley, equipos de especialistas en Currículo, Didáctica, Evaluación, Orientación e Investigación Educacional) y docentes de aula propiamente tales (generalistas y especialistas, según el establecimiento educativo de que se trate).

Roles docentes que, observados desde una concepción sistémica, no se entienden de otra forma que operando interrelacionadamente y en una postura, hoy por hoy, simétricamente contingente; esto último, desde luego, porque lejos han quedado, según nos lo indican la evidencia teórica y empírica, los modelos asimétrico / contingentes (con sus liderazgos autoritarios exacerbadamente presentes en nuestro sistema escolar nacional y local) y los pseudo / contingentes (esos de las falsas o aparentes democracias, muy utilizados también para –yendo de menos a más– disimular, enmascarar, esconder todo signo de autoritarismo). 

Ahora bien, la parte controvertida de todo esto tiene que ver con que del conjunto de los roles docentes mencionados precedentemente, solo uno de ellos está sujeto a evaluación del desempeño profesional –esto es, la evaluación tetraanual por la que deben pasar todos los profesores de aula del sistema público y la evaluación institucional semestral que cada año deben realizar los directores y jefes técnicos por mandato legal a todos los enseñantes, tanto para verificar sus competencias académicas durante el desarrollo del acto educativo (o docente, o pedagógico) y todas sus dimensiones, como para llevar a cabo planes de superación profesional personalizados para estos en el caso de que se hubiesen detectado falencias o carencias en el desarrollo mismo–, y esto, como si la calidad de la enseñanza y de los aprendizajes de los estudiantes tuviera que ver solo con quienes se desempeñan en el (hoy día) llamado espacio pedagógico (un concepto bastante más amplio y diversificador que el de salón de clases, sala de clases o simplemente aula).

En otros términos, como si la calidad de la enseñanza y de los aprendizajes de los estudiantes solo tuviera que ver, matematizando la idea, con nada más que con un tercio de los tres tercios del entero denominado “roles docentes” del centro educativo, dándose la paradoja o la antinomia o la antípoda –como quiera se la denomine– de que los no evaluados o aquellos de los que nada se sabe en la práctica respecto de sus competencias profesionales (directivas y técnico pedagógicas) sean los que definen si un docente es o no competente y si, a causa de lo mismo, debe o no seguir dentro del sistema. Un claro y enorme sesgo y una arbitrariedad aún mayor, por cierto, habida consideración de que de esta tríada de roles docentes, dos de ellos permanecen, por desgracia, en la más absoluta oscuridad.


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