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Opinión

Me tocó ir al Conservador

Mario Ríos Santander.


 Por La Tribuna

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 ¿Llevo el libreto de cheque?, sí, aquí está, llamo a un par de personas, “estaré desparecido un par de horas”,  alarmados me preguntan por qué, “voy al Conservador”.

Terminó el trámite en la notaría. Muy amablemente me señalan “Ahora, don Mario, debe ir al Conservador para inscribir este documento”. ¿El Conservador?, medito.  Me doy ánimo, camino hacia un kiosko, compro el diario, veo la hora, son las 11:30, compro un paquete de galletas para engañar el almuerzo, ¿llevo el libreto de cheque?, sí, aquí está, llamo a un par de personas, “estaré desparecido un par de horas”,  alarmados me preguntan por qué, “voy al Conservador”, respondo, “Te compadezco”, afirman con desgano. Resuelto hacer el trámite, tomé mi camioneta, y partí. Encontrar estacionamiento, otro drama. Subí a un bandejón sin pasto, recordé a Zenón Jorquera que alegaba en el concejo porque las veredas eran ahora, estacionamiento.  Corrí al Conservador, estaba repleto. Iba a sacar número y una conocida, interrumpe, “Don Mario, un caballero se fue y me dejó este numerito para que se lo diera a alguien y justo llegó Ud”. Le agradecí como si fuera el Gordo del Kino. Era el 48. Estábamos en el 32….solo me separaban 16 personas. Como soy cristiano, rogué a Nuestro Señor Jesucristo, que aburriera a más clientes. Dieciséis personas antes que yo en el Conservador, era como para dos paquetes de galletas. Miré el entorno. Sentados 6 privilegiados, otros tres, también privilegiados porque tenían muro en que afirmarse, eran de hecho, guardianes del baño, el resto, de pie. Volví a mirar a los que estaban sentados. Comprendí a los comunistas que luchan en contra de los privilegios. Uno de ellos, un joven de unos 24 años, dormía profundamente, otra señora, ojos cerrados, los abría cuando sonaba el pito con nuevo número. Los otros tres privilegiados, los que se afirmaban en el muro, dialogaban muertos de la risa a garabato limpio. El resto, yo entre otros, de pie. Se me vino el recuerdo de la Patria. Una mañana completa en el Tacna, el día de mi conscripción militar. “al menos ahora tengo galletas”, me daba ánimo. De pronto, ¡milagro!, uno de los privilegiados deja su silla, diez de los de pie, nos lanzamos a conquistar el asiento, gana otro joven que, pone sus asentaderas en la silla, saca su celular y se olvida del mundo. Los que quedamos parados, seguimos igual. Nada tenemos que mirar, por lo tanto no le sacamos los ojos de encima a los que siguen sentados o los funcionarios que entran y salen. Se ven atentos, simpáticos. No vi el carrito, parecido al de los remedios en los hospitales, repleto de libros y una advertencia en voz alta, “revise con tranquilidad estas escrituras, no nos vayamos a equivocar”, amable, pero señal de media hora o más de espera. Son las 12:30 hrs. abro a hurtadillas el paquete de galletas. Como no me tocó asiento ni muro, no puedo abrir el diario, de pronto, ¡otro asiento se despeja!, lo ocupo rápidamente, miro a mi entorno con aire triunfador. Al lado, la señora de los ojos cerrados. Suena el pito, los abre, me mira, la saludo como buen vecino, rezonga, los vuelve a cerrar. ¿Por qué no hay  más asientos? Misterio, son caros y los recursos escasos. Trece horas, convidé galletas a la vecina que entre sueño y sueño, empezó a sentir hambre. Alegó que hacía falta un vaso de agua. 13:15 hrs. sólo faltan tres. Nuestro Señor Jesucristo, no me oyó, nadie se fue. Me puse contento, de pronto, recordé que al día siguiente, debía ir al Registro Civil, me abrumé y casi me puse a llorar.

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