jueves 17 de octubre, 2019

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Opinión

Vete, tu fe te ha salvado Mc 10,46-52

Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por LESLIA JORQUERA

26-10-2018_20-02-481__obispobacarreza

El Evangelio de este Domingo XXX del tiempo ordinario nos presenta la última etapa del itinerario de Jesús en su camino a Jerusalén: «Llegan a Jericó». El sujeto de este verbo en plural es Jesús y su comitiva. El evangelista no nos informa sobre lo que ocurrió en esa ciudad, que es una de las más antiguas de la humanidad. En efecto, ubica la acción, «cuando Jesús salía de Jericó», para imprimir cierta prisa a su movimiento hacia la meta, que es la Ciudad Santa, donde iba a consumar su sacrificio redentor. Sabemos que Jesús tenía esta urgencia: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué urgido estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50).

«Cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud…». El evangelista menciona esta compañía, porque va a tener relevancia en lo que sigue. Pero el verdadero protagonista que, en consecuencia, es presentado con todo detalle, incluso entregándonos su nombre y filiación es este: «El hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino». En todo el episodio, 75 verbos tienen a Bartimeo como sujeto, en tanto que sólo 28 tienen a Jesús como sujeto. En un anterior milagro de curación de un ciego que nos relata Marcos ‒el ciego de Betsaida‒, éste es completamente pasivo y todo lo hace Jesús: «Lo sacó fuera del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos… Después, le volvió a poner las manos en los ojos…» (Mc 8,23.25). En el caso de Bartimeo, en cambio, Jesús no hace más que preguntarle: «¿Qué quieres que te haga?»; todo lo hace la fe del ciego, como lo declara el mismo Jesús: «Tu fe te ha salvado». El Evangelio lo presenta como un modelo de fe. Es importante entonces que examinemos su actuación.

«Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”». Este grito suena en griego: «eleison». Es tan impactante, que, durante siglos, se repitió en la liturgia penitencial de la Misa tres veces en esa misma lengua: «Kyrie, eleison – Christe, eleison – Kyrie, eleison» («Señor, ten piedad»). Dos cosas llaman la atención en ese grito. En primer lugar, el título «Hijo de David», que él da a Jesús, equivale a reconocerlo como el Cristo, la misma confesión que poco antes ha hecho Pedro en representación de los Doce: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29), a diferencia de lo que pensaba la gente, que lo tenía sólo como un profeta. En su confesión de Jesús, el ciego de Jericó ¡está al nivel de los Doce! Lo segundo es que, gritándole: «Ten compasión de mí», él espera que Jesús le conceda algo, que en ese momento sólo él sabe lo que es.

Interviene la multitud, que sigue a Jesús por el camino: «Muchos lo increpaban para que se callara». No puede parecer extraño que un mendigo pida compasión. Lo reprenden, porque les parece que el título con que se dirige a Jesús es inoportuno. Pero el ciego insiste gritando con más fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». A Jesús no le parece inoportuno, porque el ciego es un mendigo y, confesando a Jesús como el Hijo de David, no pretende honores para él, como era el caso, en cambio, de los Doce, a quienes Jesús había mandado «que no dijesen a nadie que él era el Cristo» (Mt 16,20).

«Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”». Los que seguían a Jesús por el camino, pensaban estar en lo correcto impidiendo el acceso a Él de un marginado: «Estaba sentado al margen del camino». Pero cambian inmediatamente de actitud, cuando Jesús desautoriza ese proceder, y ahora ellos mismos animan al ciego: «Llaman al ciego, diciéndole: “¡Ánimo, levántate! Te llama”». De esta manera, Jesús enseña que la misión de quienes lo siguen a Él es incorporar a todos, sin exclusión, como lo hace el gran apóstol San Pablo: «Me he hecho esclavo de todos para ganar a los que más pueda… Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos… Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos» (1Cor 9,19.20.22).

«Arrojando su manto, (el ciego) dio un brinco y vino donde Jesús». En esta reacción al llamado de Jesús, el evangelista Marcos quiere establecer una diferencia con la reacción del rico a quien Jesús llamó poco antes. El ciego no tiene nada, pero lo que tiene –su manto– lo arroja para que no le impida brincar hacia Jesús. El rico tenía muchas posesiones y ellas le impidieron seguir a Jesús. Quedó en evidencia la verdad de la sentencia que Jesús pronunció: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» (Mc 10,23). ¡Qué fácil fue para ese mendigo!

Una vez ante Jesús, recién vamos a saber qué es lo que pedía a Jesús el ciego con su grito: «Ten compasión de mí». Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que te haga?». Imaginamos la expectativa de todos, hasta que llegó la respuesta del ciego: «Rabbuní, ¡que vea!». Da a Jesús el título honorífico de «Maestro», que el evangelista conserva en arameo, como salió de su boca. Pero, sobre todo, pide algo que él sabe que sólo el Cristo le puede conceder, como estaba anunciado en los profetas: «Yo, el Señor… te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos…» (Is 42,6-7). Jesús no puede dejar de responder a la fe de ese hombre y le dice: «Vete, tu fe te ha salvado». Fue una palabra eficaz, según la fe del ciego: «Al instante, recobró la vista y lo seguía por el camino». Nuevo contraste con el rico, que no lo siguió, habiéndole dicho Jesús: «Ven y sígueme». Bartimeo ciertamente fue luego un discípulo conocido en la comunidad primitiva y su actitud de fe quedó consignada en el Evangelio como ejemplo para los discípulos de Cristo de todos los tiempos.

                                                                      

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