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Opinión

Trabajo social en Chile: 90 años de historia e impronta en Latinoamérica

Dra. Paulina Morales, Asistente Social, Magíster y Doctora en Filosofía Académica Universidad Andrés Bello


 Por La Tribuna

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En abril de 1925 se fundó en Chile la primera Escuela de Servicio Social como un organismo dependiente de la Junta de Beneficencia de Santiago, encargada del funcionamiento de los hospitales públicos. De ahí proviene el marcado carácter sanitario de la profesión en sus orígenes.

Esta escuela fue pionera no sólo en el país, sino también en Latinoamérica. Fue una respuesta formal del Estado frente a la grave crisis social y política que vivía el país a inicios del pasado siglo, en especial por las empobrecidas condiciones sociales, económicas y de salud pública de grandes masas de la población, la denominada «cuestión social». A nivel mundial, se vive el fin de la I Guerra Mundial.

Es imposible reconstruir en pocas líneas lo que han sido estos 90 años de historia. A grandes rasgos, el naciente Servicio Social fue entendido como un conjunto de esfuerzos de carácter científico para responder a las necesidades sociales de entonces, con un fuerte espíritu modernizador de la acción estatal, articulado con el paternalismo aún imperante, que continuaba visualizando a los sectores populares como pasivos y dependientes.

A nivel latinoamericano, el quinquenio 1925-1930 correspondió al pre-despegue industrial, mientras que la década siguiente se constituyó como una fase sobresaliente del desarrollo industrial, enmarcada en nuevos gobiernos de carácter reformista, populista y participativo, que debieron hacer frente a las problemáticas del crecimiento de la población obrera en las ciudades, entre otros. Fue también la década más importante para el Servicio Social, expresado en el surgimiento de escuelas similares en el resto de países de la región.

En los ‘60 y parte de los ‘70, la influencia del contexto socio-político latinoamericano se refleja en un cuestionamiento profundo a los cimientos mismos de la profesión, en particular al sello asistencialista de sus primeros años. Hitos como la Revolución Cubana, la Guerra Fría o la Teología de la Liberación fueron sin duda influyentes en esta lectura crítica del Trabajo Social (en su nueva denominación).

Ya entrados los años 70 y buena parte de los ’80, América Latina debió enfrentar las nefastas consecuencias de las dictaduras militares, no sólo en lo político sino también en lo económico y social. El Trabajo Social comenzó a asumir un compromiso fecundo con la defensa de la dignidad y los derechos humanos, desde lo paliativo y lo organizativo.

¿Qué es lo que permanece tras este devenir? Una tensión inherente a nuestra acción profesional: al ser una profesión que ha nacido y se ha desarrollado al amparo de Estado, ha seguido sus cambios de orientaciones, a veces acertada y otras equivocada, esto último, especialmente respecto de las políticas neoliberales impulsadas a sangre y fuego durante los años ‘80 y ‘90.

De los retos del presente y del futuro, dos coordenadas fundamentales: la construcción y promoción de una ciudadanía activa, capaz de trascender a la consideración de los sujetos como meros beneficiarios de las políticas sociales, y la concreción de una acción profesional indisolublemente comprometida con la profundización democrática. El Trabajo Social no es ajeno a la discusión ético-política porque no es ni puede ser neutral frente a situaciones de exclusión, marginalidad o atropello a la dignidad humana.

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