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Mario Escobar Montoya, el último de los lustrabotas de la Plaza de Armas de Los Ángeles

por Esteban Sepúlveda H.

A sus 76 años, llega de manera sagrada entre 9:30 y 10:00 horas de la mañana al mismo puesto que llegó a compartir, hace ya décadas

Mario Escobar, el último lustrabotas en Los Ángeles / La Tribuna

Nacido en la localidad de Santa Fe, al poniente de Los Ángeles, hace 76 años, Mario Escobar Montoya es la última persona que aún se dedica al casi extinto oficio de los "lustrabotas", que históricamente se han ubicado en la Plaza de Armas de Los Ángeles.

Pese a poseer una discapacidad derivada de la amputación de una pierna, llega todos los días, de lunes a sábado, a las 9:30 horas a su lugar de trabajo.

Reconoce que no le gusta quedarse en casa, ya que está acostumbrado a trabajar en este oficio, que le ha permitido construir su clientela.

UNA VIDA DE DEDICACIÓN

Montoya comenzó su trayectoria como lustrabotas a los 21 años de edad, luego de que un accidente ferroviario le causara la amputación de su pierna izquierda.

"Para el Día de Todos los Santos andaba en Nacimiento y, en el transbordo del ramal en Coihue, Negrete, tuve un accidente", recuerda.

Fue de madrugada y, pese a que en esa época había que obtener salvoconducto, fue llevado de inmediato al Hospital de Nacimiento, y más tarde, al de Los Ángeles.

Estuvo tres meses internado en el recinto asistencial y, una vez que fue dado de alta, retornó al campo. Sin embargo, no pudo seguir desarrollando las labores propias de su casa.

Fue así como un día viajó a Los Ángeles y vio cómo se trabajaba en el oficio de lustrabotas. "Aprendí así mirando no más, como todo el mundo que no nace sabiendo, y de ahí me dediqué a esto", señala.

VIDA FAMILIAR

A pesar de su accidente, Mario Escobar Montoya formó su familia. Se casó y tuvo seis hijos, cinco varones y una mujer. Obtuvo su casa propia y estuvo 47 años con su esposa, hasta que falleció hace 12 años.

Siempre mantiene contacto con sus hijos y sus seis nietos, quienes viven en Los Ángeles y lo visitan los fines de semana. "Llegan todos y se llena la casa de boche", dice entre risas.

Sus padres, que vivieron muchos años en Santa Fe, avanzados los años se fueron a vivir a Santiago y fallecieron durante la pandemia de 2020, recuerda con nostalgia.

De sus hijos, ninguno siguió el oficio. Todos se dedicaron a estudiar y ser profesionales.

LLUVIA O CALOR

En estos 55 años, Mario Escobar Montoya llega a su lugar de trabajo de manera sagrada entre las 9:30 y 10:00 horas, ya que a esa hora "comienza a circular la mayor cantidad de público" y recibe a los clientes que tiene desde hace años.

Algunos, incluso, lo llaman al celular para agendar su hora y otros le dejan los zapatos para que los lustren y los retiran más tarde, dada la confianza que su entorno deposita en su labor.

Pese al calor, el frío, la lluvia o las condiciones atmosféricas adversas, Mario Escobar Montoya llega a su trabajo todos los días. "No me gusta quedarme en la casa, porque me aburro. Estoy acostumbrado a conversar con la gente. Cuando estoy en la casa, todos salen a trabajar y yo quedo solo, a conversar con la tele. El día domingo lo encuentro largo", manifiesta entre risas.

De hecho, cuando llueve, espera a que mejore el tiempo para ir a su puesto en la Plaza de Armas, para cuando las personas comienzan a llegar a lustrarse.

"Les gusta que les eche crema en los zapatos, porque así el agua escurre y el cuero no se daña. Además, la gente valora que uno haga un buen trabajo y se dedique a dejarles sus zapatos impecables", señala.

Dice tener buena salud. Los últimos exámenes que se ha realizado han salido bien, asegura. "He ido una sola vez a realizarme un chequeo médico y me dijeron que no tenía nada. A veces resfriado no más, pero pese a ello me he mantenido bien con mi salud", cuenta.

EL ÚLTIMO LUSTRABOTAS

Mario Escobar Montoya es el último lustrabotas que va quedando en la Plaza de Armas de Los Ángeles. Con nostalgia recuerda que eran cerca de 10 personas las que se dedicaban al oficio y, con el paso del tiempo, quedaron cuatro.

Entre ellos se encontraba Pedro Acuña Sandoval, quien posee una placa conmemorativa con su nombre en uno de los bancos de la plaza, homenaje realizado por la Municipalidad de Los Ángeles.

De hecho, varias de las personas que se atendían con sus fallecidos colegas hoy se lustran los zapatos con él, dado que lo conocen desde hace años.

Asegura que seguirá en este oficio hasta que su salud lo acompañe.

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