miércoles 13 de noviembre, 2019

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Petiseros: tradición en la crianza de caballos que se resiste a desaparecer

Los petiseros están encargados de cuidar a los caballos y novillos, velar por su salud junto con su comodidad, con gran cercanía y apego, ligados principalmente a su desempeño deportivo en el Polo.


 Por Juan Villalobos

6.3

Te invitamos a conocer la historia de Juan y Carlos Alvear, familiares dedicados por tradición al oficio de petiseros. Ambos han hecho perdurar la tradición del cuidado equino en el haras Tatahue, el cual ha funcionado a cargo de la familia Iturrate, reconocidos históricamente como uno de los haras más longevo y prestigioso de la provincia de Biobío, institución de tradición familiar que se logró posicionar bajo el nombre de Rufino Iturrate, quien fue percusor en instaurar en esta zona la crianza de caballos para la práctica deportiva del polo.

Las historias de caballos cobran un valor impensado, ya que para los criadores la cercanía que se genera con los equinos es muy grande. Estamos hablando de un trabajo donde el cuidador debe estar enfocado todos los días del año, prestando una atención que muchas veces se torna de tiempo completo y que ante todo requiere una gran cantidad de conocimientos para efectuar un óptimo cuidado del animal.

CONOCIENDO EL OFICIO

En promedio el día de un petisero comienza muy temprano en la madrugada, cuando se da de comer a los caballos. El cuidador revisa exhaustivamente las pesebreras para cerciorarse que no ocurriera nada durante la noche y comprobar cómo están de ánimo los caballos.

Dar la comida es la siguiente tarea que tienen en su lista de trabajo. Cuando los caballos terminan de alimentarse, se limpian las camas, que pueden ser de viruta de madera o paja de trigo.

Antes de salir al “entreno” es ese momento de la inspección en la que petisero decide la actividad que tiene que hacer cada caballo. Puede haber dolores en manos y patas generados por algún esfuerzo, que suelen ser los problemas más comunes.

En el contexto de la crianza enfocada en el ámbito competitivo del polo, el trabajo se diferencia en los “caballos nuevos”, que son los recién entregados de doma, y los “caballos jugadores”, que ya están entrenados.

El trote también forma parte de la rutina, donde los caballos realizan un entrenamiento que suele ser de 25 minutos de caminata, 25 minutos de trote y otros 15 para caminar, aunque va a depender del tipo de caballo y de las condiciones con las que amanece cada animal.

Diario La Tribuna conversó en exclusiva con Juan y Carlos Alvear, padre e hijo, petiseros que han aprendido este oficio mediante el legado familiar y han visto florecer su amor hacia los caballos en el Haras Tatahue.

¿Cómo ha sido poder seguir este legado familiar?

Carlos Alvear: Prácticamente aprendí este oficio por mi padre Juan Alvear, él ha trabajado más de 60 años con la familia Iturrate y le estoy enormemente agradecido porque junto a Rufino Iturrate me enseñaron todo lo que sé respecto al cuidado de los caballos. Extrañamos mucho a don “Rufo”, él fue como un segundo padre para mí y gracias a ellos dos puedo dedicarme a realizar esta labor que me hace sumamente feliz, valoro mucho mi trabajo, me gustan los animales, sé el cuidado que deben llevar al pie de la letra y estaré eternamente agradecido por haber podido encontrar esta hermosa labor.

¿Cómo es el cuidado que lleva cada uno de sus caballos? Carlos Alvear: El cuidado de cada caballo es lo mismo que ver un hijo, hay que darle la comida, el agua, hacerle su cama, él tiene un proceso más o menos de 15 a 20 minutos para que pueda galopar y después irse al campo, donde pueden descansar, comer pasto verde y jugar.

Posteriormente vuelven a sus pesebreras donde pasan la noche confortablemente protegidos de la lluvia y del frío.

Llevo más de 25 años trabajando en esto he perdido la cuenta de la cantidad de caballos que han pasado por mis manos, valoro mucho poder decirlo ya que es algo que disfruto de todo corazón.

¿Cúal es enfoque competitivo que se le da a la crianza respecto al polo?

Carlos Alvear: Aquí en el Haras Tatahue se han organizado grandes competencias de polo, donde han estado en competición entre cuatro hasta ocho equipos. Don Rufino Iturrate formó una gran cantidad de jinetes, junto a mi padre, nunca hemos podido llegar a un número claro respecto a la gran cantidad de personas que han visto forjado su amor por el polo en Tatahue.

¿Cómo catalogaría su trabajo con los caballos a lo largo de su vida?

Juan Alvear: Tengo 64 años, de los cuales llevo trabajando poco más de cincuenta años aquí en el Haras Tatahue, ahora estoy en mi casa porque no me la puedo para trabajar, ahora mi hijo sacará la cara por mí. Siempre recuerdo que con don Rufino salíamos a jugar polo casi todos los días domingo, salíamos a las liebres el día sábado, llovía o tronaba andábamos en las liebres. Nosotros pasábamos muy apretados con mi patrón.Llevábamos camionadas de caballos para Santiago, llevábamos 12, 13 caballos, de vuelta no traíamos ni uno.Iban al cargadero cuando llegábamos nosotros a elegir los caballos y con eso nosotros nos fuimos p’arriba.

Una vez fui a Alemania con el hijo de don Rufino, el menor, el Pipe. Estuvimos 22 días allá. Ahí nos vinimos. Allá vendimos todo también, llevábamos 24 caballos, o sea un equipo completo de aquí, era como un torneo porque llegaron de hartos países a jugar. Vendimos hasta el apero, hasta la montura. Una montura de esta usada allá, usted la vendía y compraba dos nuevas acá. No había dónde perderse. Así que vendimos todo el apero, nos vinimos pelados.

COMPROMISO CON LA CRIANZA

El petisero tiene que preparar todos los caballos, la montura, las vendas en las manos y en las patas para los golpes, los frenos y, por último, cargarlos en el camión que les conduce hasta la cancha.

Finalizando el día, se cepillan todos los caballos, se ponen vendas de descanso, se vuelve a dar comida y se llenan los bebederos. El petisero tiene que estar pendiente todo el tiempo.

En este trabajo no hay tarea más relevante que otra, sino que abarca todo desde levantarse temprano y dar de comer. Una profesión que requiere personas responsables y despiertas que conocen a sus caballos hasta el punto de saber si un caballo amaneció con ganas o si su estado de ánimo en esa mañana está apagado.

El trabajo de estos profesionales ecuestres se centra en enseñar a frenar, a parar, doblar, regular y a que el caballo no se asuste en el escenario de la competición.

El periodo de doma se divide en etapas de tres meses cada una. Los tres primeros meses se dedican a la enseñanza del galope. Los tres siguientes son de descanso en el campo natural. El periodo de doma finaliza sumando otros tres meses más de galope.

La alimentación es siempre importante cuando se trata de criar un caballo destinado a la competición.

A lo largo de esta primera etapa se les da de comer alfalfa junto a avena en grano. Durante los meses de descanso, la alfalfa es natural, es decir, del propio paso.

Cuando el animal llegue a manos de los petiseros, la alimentación se complementa con alimentos ya preparados por marcas comerciales y que ofrecen componentes alimenticios fundamentales para transformar al caballo en un atleta.

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