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Fillo 4: La increíble historia del hombre salvaje encontrado en Huépil

A raíz de los relatos sobre la aparición del "Hombre Polilla", en esa misma zona se vivió una situación similar entre las décadas del 50 y 60 cuando fue encontrado un hombre en estado salvaje que se convertiría en un verdadero personaje del sector.


 Por Juvenal Rivera

Fillo 4-2

A propósito de los recientes relatos sobre la aparición de un extraño y misterioso ser que han denominado como “El Hombre Polilla”, en la zona precordillerana de Huépil, Cholguán y Yungay se han escuchado historias similares desde tiempos inmemoriales.

Aunque muchas de ellas nunca han sido aclaradas, hay una que es francamente sorprendente y que está plenamente vigente hasta nuestros días.

Ocurrió en la década del 50 y su protagonista es un hombre que fue conocido como Fillo 4 que se crió de manera completamente salvaje. Con el tiempo se convirtió en un verdadero personaje en el pueblo hasta que, paradojalmente, murió de frío en una noche de tormenta.

Su caso recuerda al de Vicente Cau Cau, en Puerto Varas, quien fue denominado el “Niño Lobo Chileno”. Fue sorprendido mientras merodeaba unos gallineros. Estaba cubierto de vellos y caminaba en cuatro patas. Se dijo que fue uno de los tres casos conocidos en el mundo de niños-lobo.

Sin embargo, la historia de Fillo 4, en la comuna de Tucapel, es mucho más sorprendente. Más específicamente, en la gigantesca hacienda Rucamanqui, de más de 24 mil hectáreas que alcanzan hasta las cumbres más altas de Los Andes.

En los años 50 habían relatos de un extraño ser que era visto en las cercanías de las viviendas pero apenas era divisado por una persona, desaparecía a toda velocidad en la espesura del bosque.

Se tejieron muchas historias sobre lo que era y lo que representaba. Desde hombres-lobo hasta apariciones divinas, pasando por el infaltable Satanás.

Sin embargo, el misterio se dilucidó cuando unos jinetes lo divisaron a lo lejos y atraparon a lazo mientras intentaba escapar.

Era un hombre. Un ser humano desnudo, con su cuerpo cubierto de vellos. No hablaba nada, solo decía: Fillo, Fillo. A todas las preguntas que le hacían, respondía: Fillo, Fillo. Y asñi fue bautizado. El cuatro fue puesto porque lo atraparon en la cuarta sección de la hacienda Rucamanqui.

¿Quién era él? Sobre sus orígenes no hubo nada claro. Cómo el aludido no podía aportar información, algunos conjeturaron que fue un niño abandonado por su familia en las profundidades de los bosques. Otros señalan que era un pehuenche que huyó de Alto Biobío después de las persecuciones y matanzas por el alzamiento indígena en Ránquil (1934).

Varias familias llegaron a Huépil buscando reconocer el rostro del hijo perdido en ese hombre criado como salvaje en los bosques pre-cordilleranos. Pero todas se volvieron con las manos vacías.

Nadie nunca supo cómo fue capaz de sobrevivir a esos fríos glaciales, cómo superó a la urgencia de alimentarse, de superar las enfermedades y los peligros.

Lo cierto es que prontamente se convirtió en un personaje en el pueblo. Aunque aceptó usar ropas, jamás usó algún tipo de zapatos. Corría a pie descalzo entre el pueblo y la hacienda Rucamanqui. Tampoco dormía en una cama. Lo hacía sobre paja seca.

Una familia de abuelos lo cuidó como si fuera un hijo. Lo alimentaba y vestía, se hacía cargo de él.

Quienes lo conocieron decían que tenía una fortaleza física extraordinaria, que cargaba troncos sin problema alguno.

Cortaba leña, labor por la que le pagaban en dinero, especies o alcohol.

Quienes lo conocieron más de cerca dice que ahí comenzó su perdición. Solían invitarlo para emborracharlo, para reírse de él. A veces se le veía caminar ebrio y solo por la calle.

Murió en agosto de 1966. Paradojalmente, falleció de frío, abrazado a un gran árbol en una noche de tormenta.

Pese a que cuando fue un hombre salvaje resistió las peores inclemencias del tiempo, no fue lo mismo cuando tuvo contacto con el mundo civilizado.

Fillo 4 existió. Su tumba puede encontrarse en el cementerio de Huépil bajo el simbólico nombre de Juan de Dios Allado (sic) Rucamanqui, como fue bautizado poco antes de morir. Así se lee en la placa que acompaña su última morada, así como su nombre porque que pasó a la historia: Fillo 4.

Y existe porque se le recuerda en cada persona que va a dejarles velas o flores, o le coloca una placa de agradecimiento “por el favor concedido”.


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