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Carlos Dávila: la historia olvidada del angelino más importante del siglo XX

Pese a ser Presidente de la República y ser parte de un reducidísimo número de chilenos que ha detentado importantes cargos diplomáticos a nivel mundial, en su tierra de origen no se le recuerda ni siquiera con el nombre de alguna calle.


 Por Juvenal Rivera

HBB, Carlos Dávila 1

De las memorias y los recuerdos se va escribiendo la historia. Pero es el olvido, voluntario o involuntario, el causante de dejar de escribir tantos capítulos, tantas historias, quizás tanto o más notables que aquellas que la memoria nos permita recordar.

Y de esos olvidos, de verdad que Los Ángeles tiene una maestría. Quizás el mayor ejemplo de todos sea el de Carlos Dávila Espinoza, uno de los personajes más relevantes y, a la vez, más desconocido.

¿No le suena, cierto? Trate de recordar algún lugar que tenga ese nombre, pero le anticipo la respuesta: no hay, no existe nada que tenga esa denominación.

Pero Carlos Dávila, hombre nacido y criado en Los Ángeles, fue una figura consular, no solo en el país, sino que también a nivel internacional. De hecho, se cuentan con los dedos de la mano aquellos chilenos que pueden emular sus logros.

A modo de ejemplo, a fines de 2007, José Miguel Insulza asumió la secretaría general de la Organización de Estados Americanos (OEA). Fue considerado un éxito de la diplomacia chilena y –cosa muy poco usual– fue alabado sin distinciones por todos los sectores políticos.

Sin embargo, hace poco más de 50 años (1954), otro chileno, Carlos Dávila, asumía el mismo cargo en el organismo multilateral. Y, lo más llamativo para efectos de este relato, es que ese chileno era un hijo de estas tierras.

Sí, leyó bien, él vio la vida en la capital provincial. Dávila era hijo de un matrimonio de comerciantes de esta tierra, vivió en una gran casona en la calle Orompello, estudió en el Liceo de Hombres y nunca olvidó su ciudad de origen, a la que visitaba regularmente, aunque su mundo se desenvolviera en los cosmopolitanos círculos sociales y diplomáticos de Santiago y Washington.

Pero Carlos Dávila no sólo ocupó ese cargo (el mismo en el cual murió en 1955). También fue Presidente Provisional de Chile en la convulsionada década de los 30, poco después de la instauración de aquel periodo conocido en los libros de historia como la República Socialista.

Es cierto que duró poquito. Una asonada golpista lo sacó del cargo y debió partir lejos del país.

Antes, movido por su pasión por el periodismo, trabajó en el diario El Mercurio y fue uno de los fundadores del diario La Nación. Siguiendo esta misma veta, en los años 40 desarrolló una intensa actividad periodística en la capital norteamericana.

Pero la memoria local lo tiene sumido en el mayor de los olvidos.

Si revisa cualquier mapa de Los Ángeles y busca con cuidado, se sorprenderá de que no hay ninguna calle, avenida ni conjunto habitacional que lleve su nombre. Nada de nada.

La única aproximación corresponde a la población Luis Dávila, una de los primeros conjuntos habitacionales construidos al final de la avenida Ricardo Vicuña hacia 1946. Pero no es nuestro personaje. Luis Dávila fue su padre y uno de sus mayores logros a nivel local fue ser parte del grupo de voluntarios que dio forma al Cuerpo de Bomberos en la ciudad en 1888. Es más, en ese tiempo asumió el cargo de capitán.

Probablemente los avatares de la política contingente ayudaron a su olvido. Su cercanía con Carlos Ibáñez del Campo, cuyo segundo mandato fue ignominioso, fue una suerte de castigo para mantener su recuerdo.

Algunos datos biográficos. Carlos Dávila nació en Los Ángeles el 15 de septiembre de 1887 y sus padres, Luis Dávila y Emilia Espinoza, se dedicaron al comercio. Eso permitió que él estudiara Derecho en la Universidad de Chile, pero su interés por el periodismo lo llevó a El Mercurio. Después, fue uno de los fundadores del diario La Nación. Lo mismo con la revista “Hoy”.

En lo político, en 1927, al asumir la Presidencia de la República Carlos Ibáñez, Dávila fue designado como embajador de Chile en Estados Unidos. Allá terminó sus estudios de Derecho y obtuvo el grado de doctor en Leyes en la Universidad de Columbia. También forjó relaciones diplomáticas del más alto nivel.

En 1932, en medio de una profunda crisis económica y social, Dávila ocupó la primera magistratura entre el 16 de junio y el 13 de septiembre. Ese día, tras varias semanas de conspiración, un nuevo golpe de Estado provocó su salida a Estados Unidos, donde se dedicó principalmente a temas periodísticos.

En 1952, al asumir nuevamente Ibáñez el poder, Dávila fue designado director de La Nación. Renunció al cargo dos años después para asumir como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Algunos diarios de Los Ángeles de la época de los 50 recuerdan las visitas de Dávila y lo mencionan como “el primer periodista de Chile”. Antes de asumir en la OEA, Raúl Garretón, en una crónica publicada en 1997, contó que Carlos Dávila abordó un tren y llegó a Los Ángeles para despedirse de su gente. Se le organizó una cena en su homenaje y una destacada dama angelina le dedicó la canción popular “Mata de arrayán florido”.

En 1955, en pleno desempeño de sus funciones, Carlos Dávila Espinoza murió en Washington (19 de octubre). Sus restos fueron despedidos por el presidente de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el chileno y también angelino José Maza Fernández. Luego fueron trasladados a Chile y velados en el hall del diario La Nación. Ahora sus restos descansan en el Patio Histórico del Cementerio General en Santiago.

Mientras tanto, en su tierra natal, no existe nada que rememore a Carlos Dávila. Absolutamente nada. Con él, el olvido se ha impuesto.

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