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Desarrollo

Comedores del Club de la Unión volvieron a abrir después de 16 meses

Se trata de uno de los puntos de referencia más tradicionales del centro de Los Ángeles que cerró el 18 de marzo de 2020 y que recién ayer pudo retomar la atención de público.


 Por Juvenal Rivera

Reapertura de los salones del club de la Unión (1)

Eran poco más de las 15:30 de ese miércoles 18 de marzo de 2020 cuando el Club de la Unión de Los Ángeles – situado justo frente a la Plaza de Armas – cerró sus enormes puertas de madera.

Desde que en octubre se iniciaron las masivas manifestaciones por el estallido social, el tradicional establecimiento acortó sus horarios de atención a la clientela hasta la media tarde. Sin embargo, se suponía que las puertas volverían a abrirse poco antes del mediodía de la jornada siguiente, aunque fuera por un tiempo acotado.

Nada hacía presagiar lo que sucedería después. En la noche de ese miércoles, el Presidente de la República, Sebastián Piñera, firmaba el decreto que declaraba el estado de excepción constitucional de catástrofe por calamidad pública. Dos semanas atrás, en el país se había detectado el primer contagio de Covid-19. A la semana se registraba en primer caso en la provincia de Biobío. En esas jornadas, los contagios ya se sumaban por decenas y recorrían el territorio nacional de norte a sur.

Lo que siguió después fue un maremágnum de acontecimientos inesperados, una seguilla indetenible de sucesos que estaban fuera de cualquier cálculo o previsión.

Pronto, las expresiones ‘covid’ y ‘pandemia’ se comenzaron a utilizar de una manera cotidiana en cualquier conversación casual y, poco después, las personas empezaron a usar mascarillas para cubrir su boca y nariz cada vez que salían a la calle.

El escenario que se observaba un par de meses antes en las capitales europeas por los canales de televisión se replicada en las calles de la ciudad con buena parte de su comercio cerrado, salvo supermercados y farmacias.

Algunos preveían que esta situación tardaría algunos meses en resolverse y que ya en la primavera retornaría a la normalidad. Pero llegó octubre y, por el contrario, todo siguió mucho peor.

En ese carrusel de cifras sanitarias, que mejoraban o empeoraban, hace ocho días, el Ministerio de Salud comunicó que Los Ángeles iniciaba su fase 3 desde el lunes último, es decir, se volvió a algo parecido a lo que se vivía antes de marzo del año pasado.

Y desde ese día miércoles 18 de marzo de 2020 en que por los pasillos del Club de la Unión solo hubo silencio, suman justo más de 500 días para esas mismas puertas enormes de madera volvieran a abrirse para la atención de público.

Esto sucedió el jueves, cuando las sirenas de Bomberos marcaban la mitad del día. Justo ahí, el icónico establecimiento angelino – que nunca en sus más de 132 años de existencia había vivido un cierre forzoso tan extenso – retomó su atención a los parroquianos de siempre o a aquellos comensales eventuales que volvieron a ocupar los amplios salones, ahora acotados en su número por resguardo sanitario.

Don Cristian y don José volvieron a recibir a los parroquianos en el acceso principal, ahora haciendo cumplir un estricto protocolo que obliga a sanitizar las manos, a tomar la temperatura y a exigir el Pase de Movilidad para usar los comedores, todos los cuales cumplen los requisitos de distancia y ventilación.

Este jueves, temprano volvió a funcionar la cocina de la cual volvió a brotar su amalgama de sabores y aromas. Volvieron también los meseros de siempre a ofrecer la especialidad de casa o el mejor vino para acompañar.

Fueron más de 40 almuerzos en esta primera jornada que marcó el retorno de la actividad en uno de los establecimientos más representativos del centro de Los Ángeles.

LA ESPERANZA DEL CONCESIONARIO

Hernán Hernández es concesionario del Club de la Unión hace más de 32 años. Tiene experiencia en el rubro pero jamás como lo vivido en estos últimos 16 meses en que todo fue dudas, incertidumbre y cuentas por pagar.

No deja de reconocer la emoción que sintió este jueves cuando las puertas se volvieron a abrir, por fin, después de tanto tiempo cerradas por la emergencia sanitaria.

Sentado alrededor de la mesa de cacho (que fue recuperada de un remate en los años ’80), junto a un café cortado, rememora estos meses en que no tuvo más alternativa que reconvertirse para sobrevivir mientras esperaba el momento de volver a lo suyo.

Vendió vinos y licores que quedaron stockeados en las bodegas del club. Después incursionó con los salmones. Más éxito tuvo con las ventas de pellets para estufas y la comida para mascotas. El furgón usado para la logística de los eventos y manifestaciones, ahora fue delivery o se llenó de sacos y sacos de todo tipo de productos. Sufrió un intento de estafa y en más de una ocasión debió sortear los bloqueos y baleos en la ruta en sus viajes al sur con pellets.

Hernández hace presente que la actividad ya venía resentida por el estallido social y las jornadas de protesta diaria que lo forzaron a cerrar mucho antes de lo habitual y a suspender los eventos y manifestaciones que solían realizarse en sus salones.

Con la pandemia, todo empeoró. Mantuvo a sus empleados hasta que pudo. Le cerraron las cuentas corrientes de dos bancos y no tuvo más opción que reprogramar las deudas pero bajo leoninas condiciones. Tampoco ha tenido derecho a ningún beneficio estatal “pero no queda más que echarle para adelante”, dice a modo de resignación.

Agradece al directorio del Club de la Unión que le dio la oportunidad de no pagar el arriendo desde marzo del año pasado: “Fue un respiro importante porque otros colegas del rubro no han tenido la misma suerte”.

Cuenta que, ahora, gracias a la serie de salones del recinto, puede entregar atención de grupos importantes de comensales marcando un cumplimiento estricto a las normas fijadas por la autoridad de Salud. Incluso, hace presente que el salón principal es el único en la zona que puede recibir hasta 100 personas gracias a su amplitud y a la posibilidad de aireación permanente por sus amplios ventanales y a los sistemas de extracción de aire.  

Es enfático al afirmar que al local no se permitirá el ingreso de nadie que no tenga el Pase de Movilidad porque, asegura, es la manera de dar tranquilidad a los asistentes.

Hernán Hernández exuda confianza. De hecho, está seguro que pese a todo, va a recuperar el terreno perdido en estos meses en que las puertas del Club de la Unión estuvieron cerradas.

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