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Sommelier francés en Los Ángeles: “Biobío y Malleco serán el nuevo Colchagua”

Después de recorrer medio mundo, Julien Hamon llegó a la capital provincial, donde se instaló con su local en el que tienen cabida las producciones de las pequeñas viñas de la zona.


 Por Juvenal Rivera

Julien Hamon, sommelier (1)

Julien Hamon llegó a Los Ángeles por amor. Después de “patiperrear” por medio mundo, este francés ya lleva tres años radicado en la zona con su pareja, Ángela, a quien conoció en París.

Y si Francia es conocida como la tierra del vino, él proviene del epicentro mismo de la tradición vitivinícola: Bordeaux, al suroeste de la capital gala, no muy lejos de la frontera con España, mirando hacia el Océano Atlántico. Es una tierra cuyas tradiciones en la elaboración de vinos se remontan a varios siglos atrás. También la zona se caracteriza por su alta gastronomía de fama mundial.

Y Julien es sommelier. Era que no. Por eso, habla con propiedad de los sabores de los vinos, de sus aromas, tonos y texturas, de cómo sus orígenes de que vuelcan en una copa. Sabe la historia de cada vino, quién fue el enólogo que lo elaboró, cuál es el origen de esa viña.

Habla con propiedad y conocimiento. Durante varios años se empleó con un muy destacado chef francés que tuvo su restaurante en la mismísima torre Eiffel.

Gracias a él conoció geografías muy distantes: Inglaterra, Japón y Rusia fueron algunos destinos de su itinerario, donde conoció sus secretos gastronómicos. “Fue una experiencia excelente, pero después de cuatro años de viajar tanto, él hizo que me dieran ganas de hacerlo por mí mismo. Podría haber seguido toda la vida hasta terminar como jefe sommelier de un gran restaurante, pero no”, señala con ese característico tono francés, aunque se ha contagiado de varios modismos típicos de Chile.

Apenas renunció, compró un pasaje y se fue a Australia. Después pasó a Nueva Zelanda y más tarde a Sudáfrica. En todos esos países, se empleó en las viñas para conocer lo que se elaboraba en esas zonas.

Después de ese recorrido, hace unos siete años que recaló en Chile atraído por Ángela. Primero, estuvo a cargo de la tienda de vinos en el aeropuerto internacional de Santiago, la primera de su tipo que se instaló en una terminal aérea.

Disconforme con el concepto de privilegiar solo a las grandes viñas, optó por renunciar y partir junto a su pareja al sur, a Caleta Tortel, en la Patagonia chilena, donde levantó una fábrica de cervezas artesanales.

Hace tres años que se instaló en Los Ángeles, la tierra de su mujer. Con toda la experiencia aquilatada en casi dos décadas de conocer y probar mostos alrededor del mundo, montó “La República de la Parra”, que ahora funciona en la tercera cuadra de calle San Martín, justo frente a la Plaza Pinto.

“Fui el primero el lanzar este tipo de concepto en Los Ángeles”, señala con un dejo de orgullo. Fiel a su filosofía de trabajo, en ese lugar da espacio a la producción de viñas que nunca se van a encontrar en los supermercados o botillerías.

Es que el 80% de la producción de esas pequeñas viñas se exporta. “Por el desconocimiento de la gente sobre estos productos, tienen que venderlo afuera y en el país queda nada o muy poco. Por eso estoy acá, para mostrar esos vinos”, acota.

Julien admite que con el tiempo los angelinos han ido desarrollando “más curiosidad de conocer estas pequeñas viñas, de conocer la historia de su país a través del vino, de descubrir cepas perdidas, de conocer cepas nuevas. La gente es más curiosa, van más por estos tipos de vinos”.

Viñas de la zona del Maule o del valle del Itata. O viñas centenarias que se encuentran en San Rosendo y Yumbel. O también en el valle del Malleco e incluso más al sur. Producciones hechas con pasión y alma para lograr un vino único que, en muchas ocasiones, deja traslucir una historia, un origen. Botellas de formas y colores que ornan sus escaparates. No solo de Cabernet Sauvignon o Carmenere o Sauvignon Blanc, sino que también de Pinot Noir, de Cinsault, de Riesling o Carignan o Semillón. También de la cepa país, aquella traída por los jesuitas hace varios siglos, y que ahora ha sido redescubierta y cada vez más apreciada.

Producciones a pequeña escala. 15 mil botellas a lo sumo. En otras veces, apenas un par de cientos y nada más.

“Conozco los enólogos de cada uno de esos vinos. Los conozco a cada uno, conozco casi todas estas viñas. Tengo una relación de confianza con la gente que hace estos vinos. Tenemos la misma filosofía que es seguir tradiciones con algo nuevo, con otra mentalidad. Es más que hacer un vino, es transmitir una historia. Esto es más que vender un vino, claramente. Para mí es importante hablar de gusto, de la historia de esa viña, de dónde viene. Es más que vender un vino, es más que un vino”.

Por eso, a su juicio, en cinco y ocho años más, “nuestra zona de Biobío y Malleco serán el futuro Colchagua”, en referencia al valle de la región de O’Higgins, cuya fama vitivinícola es reconocida a nivel mundial.

Es que cuando llegó a Chile, Colchagua recién estaba despertando. Después se produjo un fenómeno similar en el Maule. Lo propio ocurrió con el valle del Itata. “Así que en cinco u ocho años más nos tocará a nosotros”.

A diferencia de Bordeaux, su tierra natal, en que las tradiciones se mantienen inalterables, en nuestro país existe la posibilidad de seguir experimentando, probando y degustando nuevos sabores, otras alternativas. Para Julien, el francés que ha recorrido la mitad del mundo, “en Chile está la curiosidad de intentar cosas nuevas y hacer tremendos vinos. Es en un verdadero paraíso”.

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