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La historia de la fallida presentación de Los Prisioneros en Los Ángeles

Fue en una muy fría noche de abril de 1987, con una tenue lluvia, serios problemas de amplificación y un público demasiado molesto por la espera cuando la banda sanmiguelina se instaló en el escenario montado sobre el estadio municipal ¿Qué podría salir mal?


 Por Juvenal Rivera

3, titular sobre desmanes e incidentes en recital de Los Prisioneros

Los vidrios de la caseta de transmisiones en estadio de Los Ángeles fueron completamente destruidos a punta de piedrazos por una turba iracunda. Pero la rabia no se quedó ahí. El mismo grupo se trasladó después hasta la schopería Sahara, en pleno centro de la ciudad, cuyos ventanales también fueron apedreados. Lo propio sucedió en el hotel Musso, frente a la Plaza de Armas de la ciudad en que una larga retahíla de improperios se lanzó.

Así fue el epílogo de la accidentada presentación de Los Prisioneros en nuestra capital provincial, ocurrida en la noche del miércoles 15 de abril de 1987 cuando la banda de San Miguel estaba consolidando una carrera que la ha puesto en un lugar de privilegio en la historia de la música popular chilena. De hecho, Jorge González, líder del grupo, ha recordado los sucesos de Los Ángeles como una de sus peores experiencias sobre algún escenario.

Sin embargo, antes de aquel bochornoso incidente, el grupo ya se había presentado en la ciudad. Justo dos años antes, en 1985, invitado por la directiva del centro de alumnos del ex Liceo de Niñas, Los Prisioneros se subieron al escenario de la Casa de la Cultura.

En ese entonces, la banda era aún una ilustre desconocida aunque hacía poco que habían lanzado su primer disco. Esa vez abrieron con el tema que después ha sido un verdadero himno para esa generación de jóvenes: “La Voz de Los 80”.

Unas 150 personas pagaron su entrada para ver al trío sobre el escenario que se presentó con chalecos azules de colegio, jeans y bototos negros altos. Nada hacía presagiar que esa banda de jóvenes músicos alcanzaría tanta importancia en los años siguientes.

Dos años después, y pese a no aparecer en la televisión y escucharse muy poco en las radios de cobertura nacional, el grupo era ya el más importante de su generación. El principal imán eran sus letras contestatarias y un estilo desenfadado, muy a contrapelo de lo socialmente correcto que predominaba en la época de la dictadura militar.

Faltaría mucho tiempo para que la música se digitalizara en formato MP3 o estuviera disponible en plataformas como Spotify o YouTube. Por esa razón, el sistema de compartir música de grupos como Los Prisioneros era mucho más rústico: un cassette original era copiado hasta el hartazgo en una radio con doble casetera, copias que después se vendían o se compartían de mano en mano.

Dos años después, precedidos por varios éxitos como “El Baile de Los que Sobran” y “Muevan las Industrias”, Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia se aprestaron a presentarse en Los Ángeles, esta vez con el auspicio de la Schopería Sahara y de la Free, bebida ochentera que emulaba a la Coca Cola.

Era una de las pocas veces en esos años en que una banda musical llegaba a tocar a una ciudad que solía estar fuera del circuito de conciertos y presentaciones.

En abril de 1987 se vivía una situación muy especial: en los primeros días de ese mes se había tenido la histórica visita del Papa Juan Pablo II. Además, los días siguientes a la presentación de la banda sanmiguelina serían de asueto y constricción por la festividad religiosa de la Semana Santa.

Sin embargo, en el paso de Los Prisioneros por Los Ángeles todo se dio mal. Muy mal. ¿Qué sucedió? Ahora se lo contamos.

Primero, se dispuso que el show sería en el estadio municipal con un aforo de cinco mil personas. Para ese fin, el escenario se instaló en el costado norte, hacia calle Colo Colo. Sin embargo, no se consideró un detalle importante: la cancha no se usaría por lo que lo que el público solo los vería desde las graderías. Demasiado lejos. De hecho, hubo quienes ni siquiera alcanzaron a divisarlos a la distancia y, más encima, los escuchaban muy mal. ¿Por qué? He ahí el segundo problema: la amplificación fue definitivamente insuficiente.

Como si fuera poco, el tiempo no acompañó. Ese miércoles 15 de abril hubo lluvia y estuvo muy helado. Pese a todo, el público que pagó los 300 pesos que costaba la entrada, llegó temprano al recinto. A las 20 horas, un animador anunció con mucha pompa sobre la inminente presencia de la banda sobre el escenario. Pero los minutos pasaban y pasaban y el grupo encabezado por Jorge González no salía. Ahí se iniciaron las primeras pifias.

Lo que ese público no sabía era que la excesiva demora se dio porque los equipos estaban empapados por la persistente llovizna. Así y todo, el grupo saltó al escenario con una audiencia ya bastante molesta e impaciente por la espera bajo el agua y con frío.

LO PEOR ESTARÍA POR VENIR

Entre cada tema – que no fueron más de cinco, según algunos asistentes – la banda debía hacer altos para secar los equipos. De nada sirvió que alcanzaran a interpretar algunos de sus mayores éxitos.

El público ya estaba demasiado molesto al punto que un grupo que estaba pegado a la reja, burló la seguridad, alcanzó la cancha y corrió hasta el escenario cuando la banda estaba tocando.

En la estampida, Los Prisioneros simplemente finalizaron su presentación y abordaron el vehículo que los transportaba, un vehículo de la marca Land Rover al cual abordaron desde atrás. Pese a la presencia de Carabineros, los fanáticos llegaron hasta el escenario montado sobre un camión para exigir que continuaran con el show. Se iniciaron los incidentes mayores en que se temió lo peor para los artistas porque la turba enfurecida las emprendió contra el vehículo que abordaron. Mientras tanto, otros empezaron a apedrear las casetas de transmisión radial del estadio. No quedó ningún vidrio sin que recibiera el certero impacto de una pedrada. También se destruyó parte de la publicidad estática del recinto, incluida una botella gigante de plumavit de la bebida Free.

La fuerza policial debió extremar esfuerzos para dispersar a un público muy molesto, apelando incluso al recurso de las bombas lacrimógenas que ni siquiera se usaron en la época más álgida de las protestas de esos años en la ciudad.

La turba enardecida trasladó su rabia hasta la Schopería Sahara, en pleno centro de la ciudad, para reclamarle a su dueño – y uno de los artífices de la presencia de Los Prisioneros en Los Ángeles – por la fallida presentación en el estadio. Varios ventanales del local fueron destruidos.

Cerca de la medianoche, los ímpetus se calmaron un poco y volvió la tranquilidad a la ciudad.

Después del incidente, Jorge González pidió disculpas al público de Los Ángeles, dijo que fue la peor presentación de su carrera, atribuyó los problemas a la producción del evento y reconoció que habían quedado en deuda con nuestra ciudad.

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