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El Lomit’s: la última de las picadas tradicionales

Fue Sergio Ulloa quien se hizo cargo del local que funcionó desde 1985 hasta 2010. A pasos de la Plaza de Armas, era el punto en que terminaban los carretes que podían ser de amanecida.


 Por Juvenal Rivera

11-2, Sergio ulloa con Mauricio Aedo

Por muchas décadas, la calle Caupolicán fue una de las más bullentes de Los Ángeles. La importancia de la estación de ferrocarriles – que por años fue el principal medio de comunicación con el resto del país- le otorgó una vitalidad permanente.

La estación era el punto de entrada y salida de decenas de personas que cada día debían transitar por Caupolicán para llegar a la misma Plaza de Armas, a un par de cuadras de distancia.

De ahí que en su entorno se instalaron hostales, hospedajes, restaurantes y bares de todo tipo para atender los requerimientos de los pasajeros que arribaban a la zona.

La importancia de la calle Caupolicán continuó hasta bien avanzando el siglo pasado cuando en 1971 se instaló el primer terminal de buses interprovinciales, situado entre Valdivia y Mendoza. Años más tarde, la línea Tur-Bus se instaló con un recinto similar al frente, también por la misma arteria.

Varios establecimientos se desarrollaron en torno a la calle Caupolicán. Fue el caso de locales como El Jamaica o el Descanso. También estuvo la heladería Mayorga, que elaborada helados de la forma antigua y tradicional. También estuvo La Española que funcionó como quinta de recreo y que se quemó por completo a mediados de los ’90. También estuvo el Fogón Criollo, de muy triste fin.

Dentro de todos esos recintos, uno de los últimos locales de comida que funcionó en la calle Caupolicán fue El Lomit’s, un imperdible cuando se trataba de buscar un lugar abierto para comer algo a altas horas de la madrugada.

Es que si hubo algo que tuvo esa picada en sus primeros años es que funcionaba las 24 horas del día. En un principio, estuvo a cargo de Jorge Ríngele pero en 1985, Sergio Ulloa tomó su administración.

Ulloa, conocido como El Tata, era todo un personaje. Había arribado con su familia a Los Ángeles a fines de los años 70 después de haber trabajado en la fábrica Iansa de Chillán. Lo primero que hizo que hacerse cargo de un salón de pool – una de sus grandes pasiones – que se encontraba por calle Almagro, rivalizando con el que se situaba en el Brasilia, por calle Colón. Sergio Ulloa era también un apasionado de las carreras de caballos y era parte de ese grupo de amantes de la hípica que apostaban en el Teletrak.

Como bien amante de la vida bohemia, la actividad en el Lomit’s se concilió con ese gusto por la vida. Llegó como cajero cuando Jorge Ríngele era el dueño. También ofició de junior porque debía encargarse de las compras para el resto de la jornada. Sin embargo, cuando Ríngele anunció que no seguiría más con el negocio, Ulloa vio la oportunidad de darle continuidad pero ahora con él a cargo.

Embarcó a toda su familia en el negocio. Su esposa y sus hijas también fueron parte de la actividad. También los parientes que le ayudaron en la cocina y en la atención de las mesas.

Mauricio Aedo fue cajero del Lomit’s. Después abrió un local en la avenida Ricardo Vicuña que implementó una fórmula muy parecida. Fue el Arlequín que también le dio espacio a las bandas y cerró sus puertas hace algún tiempo. Mauricio falleció hace a muy temprana edad.

Manuel Pino, el productor musical que realizó grandes eventos como el Festival del Copihue, también trabajó en el Lomit’s. Por eso, era normal que después de alguna presentación artística organizada por él, los artistas y el equipo de trabajo terminaran comiendo en local de la calle Caupolicán.

El Lomit’s funcionaba las 24 horas, sin parar. Durante el día, el fuerte eran las colaciones que, a precios módicos, eran compradas por los funcionarios de los servicios públicos cercanos.

Sin embargo, durante la noche cambiaba el tipo de productos y la clientela, lo que otorgó su característica de picada. Cuando comenzaba a oscurecer, de la cocina empezaban a salir sándwiches, churrascos y sus muy apetecidos completos. Después se sumaron las pollonas y las chorillanas en porciones siempre muy generosas. Todo lo anterior se complementaba con las habituales cervezas y piscolas, o, si los gustos eran un poco diferentes, pisco sour o vaina.

Era habitual que los bajones de hambre se capearan en el Lomit’s. El carrete de esos años se terminaba en su largo salón, junto a una porción de papas fritas y una cerveza de a litro.

Pero no fue solo para comer y tomar. Hubo espacio para que las bandas locales pudieran dar sus primeros pasos. Al fondo del local, se habilitó un escenario en que jóvenes talentos mostraron su arte musical.

En los años ’90 hubo dos situaciones que cambiarían la situación de la calle Caupolicán. En esa década fue cerrada la estación de ferrocarriles, poniendo fin a una agonía que venía de fines de los 70. También salieron del dentro los dos terminales de buses interprovinciales.

El flujo de clientes comenzó a mermar. Además, las disposiciones de las autoridades sanitarias acotaron los tiempos de funcionamiento de los locales. En 2010, Sergio Ulloa decidió bajar la cortina. Nueve años más tarde fallecería a los 77 años de edad. Con su deceso se puso fin a una de las últimas picadas tradicionales que fueron la representación de la vida nocturna de Los Ángeles en la parte final del siglo pasado.

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