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Episodios críticos

por La Tribuna

Frente de mal tiempo / Fredy Muñoz / Archivo La Tribuna

Cada otoño e invierno, Los Ángeles revive una escena que ya parece parte del paisaje cotidiano: cielos grises, humo suspendido sobre la ciudad y autoridades decretando alertas, preemergencias o emergencias ambientales. Sin embargo, lo que se ha normalizado no debiera aceptarse como inevitable. La contaminación atmosférica sigue siendo una de las deudas más profundas y persistentes con la calidad de vida de miles de familias angelinas.

Los recientes episodios críticos registrados en la comuna volvieron a encender las alarmas. Más de mil viviendas fueron patrulladas, decenas de domicilios y hornos tradicionales fiscalizados, y se iniciaron sumarios sanitarios tras constatar incumplimientos durante una emergencia ambiental. La cifra puede parecer contundente, pero detrás de ella existe una realidad mucho más compleja: una ciudad que continúa dependiendo de la leña para calefaccionarse, en medio de un contexto económico donde muchas familias simplemente no tienen otra alternativa.

Las autoridades han sido claras en señalar que cerca del 96% del material particulado fino MP2,5 proviene de la combustión residencial a leña. El dato no es nuevo, lo preocupante es que, pese a años de diagnósticos, planes de descontaminación y campañas educativas, seguimos enfrentando la misma dificultad, compatibilizar calefacción accesible con salud pública y sustentabilidad ambiental.

Sin embargo, no podemos desconocer que detrás de cada estufa encendida hay hogares enfrentando el frío, adultos mayores que buscan abrigo y familias completas que deben elegir entre contaminar o pasar bajas temperaturas. La contaminación atmosférica en Los Ángeles no es solamente un problema ambiental; es también un reflejo de desigualdad energética.

La ciudad necesita avanzar con mayor decisión hacia soluciones concretas y sostenibles. La ampliación de programas de recambio de calefactores, incentivos reales para energías más limpias, mejor aislación térmica en viviendas y una planificación urbana pensada para el bienestar de las personas no pueden seguir avanzando a un ritmo insuficiente frente a una crisis que afecta directamente la salud de la población.

Las autoridades deben fortalecer las políticas públicas sin duda, pero también la comunidad necesita asumir que pequeñas decisiones individuales tienen impacto colectivo.  La discusión ya no puede centrarse únicamente en cómo enfrentar cada emergencia ambiental, sino en cómo evitar que sigan ocurriendo con la misma frecuencia año tras año; porque una ciudad que aprende a convivir con la contaminación termina acostumbrándose, lentamente, a vivir peor. Y eso es precisamente lo que no debiéramos permitir.

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