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Atención permanente a la reconstrucción

por La Tribuna

Incendios en Bío Bío / Archivo 2025

Las catástrofes en Chile suelen seguir un patrón ya conocido. Primero la emergencia, luego la conmoción, después la cobertura intensa -especialmente televisiva- y, hoy, amplificada por un nuevo actor: los influencers y creadores de contenido que se han trasladado masivamente a las zonas más afectadas. Durante algunos días, el drama ocupa pantallas, noticieros, transmisiones en vivo, historias de Instagram y de Tik Tok. Pero cuando las cámaras se retiran y los algoritmos giran hacia una nueva tendencia, la tragedia no termina. Para miles de familias, recién comienza.

El masivo traslado de los denominados influencers a las comunas más golpeadas por los incendios durante estos días ha tenido un efecto indudablemente positivo: visibilización, canalización de ayuda, movilización solidaria y apoyo inmediato en momentos críticos. Sin embargo, ese mismo fenómeno encierra un riesgo que no puede soslayarse. La lógica de la inmediatez digital tiende a concentrarse en el impacto emocional del momento y no en los procesos largos, complejos y silenciosos que exige la reconstrucción.

La experiencia de Valparaíso debiera ser una advertencia clara. Allí, tras el retiro del foco mediático y del interés público, la reconstrucción avanzó con lentitud, descoordinación y frustración acumulada. Años después, aún persisten soluciones provisorias, promesas incumplidas y comunidades que sienten que fueron acompañadas solo mientras fueron visibles. Ese error no puede repetirse.

Hoy, más que nunca, resulta fundamental entender que la reconstrucción no puede depender del rating o de la presencia circunstancial de rostros conocidos. Requiere planificación de largo plazo, gobernanza clara, recursos bien ejecutados y seguimiento permanente. Requiere, sobre todo, voluntad política sostenida cuando ya no hay cámaras ni celulares grabando.

Reconstruir no es solo levantar viviendas. Es recuperar barrios, economías locales, infraestructura, servicios básicos y tejido social. Es acompañar procesos humanos profundos que no caben en un video de un minuto ni en una transmisión en vivo. Cuando ese trabajo se posterga o se diluye, el daño se cronifica y la desconfianza se instala.

Por eso, el desafío que enfrenta hoy el Biobío es doble. Aprovechar la ola de solidaridad -mediática y digital- mientras existe, pero no confundir visibilidad con solución. La verdadera prueba comenzará cuando el foco se traslade a otro lugar, cuando las autoridades centrales regresen a Santiago, los influencers retomen sus rutinas y cuando la emergencia deje de ser tendencia.

Es ahí cuando se mide verdaderamente la madurez del Estado, de las autoridades locales y de la sociedad en su conjunto. Que la reconstrucción no termine cuando se apagan las cámaras ni cuando se cierran las transmisiones. Que no volvamos, una vez más, a aprender la lección demasiado tarde.

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