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La Tribuna

Salas sensoriales: inclusión más allá del espacio físico

por Claudia Fuentes Riveros

Directora

Autismo, capacidades diferentes / Pixabay

La implementación de salas sensoriales en escuelas chilenas, impulsada por la Ley de Autismo 21.545, ha sido presentada como un avance significativo hacia la inclusión y el reconocimiento de la diversidad dentro de las comunidades educativas. Hoy, numerosos establecimientos celebran estos espacios como símbolo de una nueva preocupación institucional por el bienestar emocional y sensorial de estudiantes autistas. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿alcanzan estos esfuerzos para responder a la complejidad del acompañamiento que requieren miles de niños y niñas en el país?

María Jesús Villalón, académica de la carrera de Terapia Ocupacional de UDLA Sede Viña del Mar, advierte que el entusiasmo por las salas sensoriales debe ir acompañado de una mirada más amplia. "Son un apoyo, sí, pero no son una solución por sí solas", señala. Estas salas permiten modular el sistema sensorial y favorecer habilidades cognitivas fundamentales para aprender, pero no están diseñadas para contener una crisis emocional ni para reemplazar el vínculo humano que sostiene a un niño en momentos de desborde. Y es ahí donde emerge el punto crítico: sin adultos disponibles, formados y emocionalmente estables, cualquier herramienta se vuelve insuficiente.

En el corazón del acompañamiento a la infancia neurodivergente está la co-regulación: la capacidad del adulto para guiar emocionalmente a un niño durante situaciones de estrés o sobrecarga sensorial. Es una habilidad que no depende de presupuestos ni de infraestructura, sino de vínculos seguros, empatía y presencia auténtica.

No obstante, los índices de salud mental en Chile, tanto en estudiantes como en docentes y familias, se encuentran entre los más preocupantes de Latinoamérica. Hablar de disponibilidad emocional resulta complejo cuando quienes acompañan la educación —profesores, asistentes, cuidadores— enfrentan altos niveles de estrés, agotamiento laboral y sobrecarga administrativa. ¿Cómo pedir contención si quienes deben ofrecerla también están desbordados?

Las salas sensoriales representan un paso, pero la inclusión real exige transformaciones más profundas. Implica repensar los ritmos escolares, los espacios comunes, la carga docente y los tiempos de descanso. Significa habilitar ambientes donde la seguridad emocional no sea un lujo, sino parte natural de la convivencia educativa. Donde haya tiempo para observar, escuchar, esperar, detenerse; para comprender antes que sancionar, para acompañar antes que exigir. La inclusión, entendida en su sentido más amplio, no se trata de sumar herramientas tecnológicas o instalar nuevos espacios (que siempre son un aporte), sino de asegurar que cada estudiante —autista o no— pueda desarrollarse en un entorno que valide sus necesidades y respete su modo de estar en el mundo.

Porque inclusión no es solo abrir una sala nueva, sino que abrir espacios reales de diálogo, abrir tiempos, abrir la posibilidad de que los niños sean comprendidos desde su singularidad.

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