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Control de la inflación

por La Tribuna

Inflación / Archivo La Tribuna

La elevada inflación en Chile fue uno de los mayores dolores de cabeza para las autoridades económicos a lo largo del siglo XX. Indistintamente del signo político de las autoridades de turno, siempre fue motivo de preocupación por su efecto en la pérdida de poder adquisitivo.

Por eso, cuando en la década de los 90 se logró controlar, gracias a un manejo acertado de las políticas monetarias y fiscales, sin duda que se produjo un alivio que impactó en los hogares de todo el país.

Sin embargo, la crisis post-pandemia disparó la inflación a niveles alarmantes, superando el 14% anual a finales de 2022. Gracias a las políticas de control del Banco Central, en línea con las del Ministerio de Hacienda, se redujo a un 4,5% en la actualidad. Este avance es vital no solo para estabilizar la economía, sino también para aliviar la presión sobre los hogares que han visto erosionado su poder adquisitivo en los últimos años.

Mirando más allá de nuestras fronteras, el caso chileno se suma a una tendencia observada en otros países sudamericanos, donde la inflación ha sido un desafío persistente. Perú y Colombia, aunque con realidades diferentes, han trabajado intensamente para mantenerla bajo control. En Argentina, los esfuerzos están concentrados en mantener a raya este indicador, con la esperanza que en los meses siguientes se mejore la situación general.

Sin embargo, es crucial que este control inflacionario no sea visto como un fin en sí mismo, sino como un punto de partida hacia un nuevo ciclo de crecimiento. Una vez que se logre la meta inflacionaria del 3% establecida por el Banco Central, el país debe estar preparado para dar paso a una política económica más expansiva. Esta nueva etapa es esencial para no solo mantener la estabilidad, sino también para revitalizar la economía, impulsar la inversión y generar empleo.

El reto de implementar políticas expansivas en un contexto post-control inflacionario no es menor. Requiere un equilibrio delicado entre fomentar el crecimiento y evitar que se desate nuevamente la inflación. Esto implica diseñar políticas fiscales y monetarias que incentiven la inversión privada y pública, fortalezcan el mercado laboral, y promuevan la innovación y la competitividad. A medida que se retoma el crecimiento, es fundamental asegurar que este sea inclusivo y sostenible, de modo que los beneficios económicos lleguen a todos los sectores de la sociedad.

Una economía más expansiva también debe considerar la necesidad de diversificar las fuentes de crecimiento. Chile ha dependido históricamente de la exportación de materias primas, especialmente cobre, pero para asegurar un desarrollo a largo plazo, es imprescindible diversificar la economía hacia sectores como la tecnología, los servicios, y la manufactura avanzada. Estos sectores pueden ofrecer empleos de mayor calidad y ayudar a reducir la dependencia de los ciclos de precios internacionales.

Además, la expansión económica debe estar alineada con los desafíos globales actuales, como la transición hacia una economía más verde y sostenible. Inversiones en energías renovables, transporte limpio, y tecnologías bajas en carbono no solo contribuirán al crecimiento económico, sino que también prepararán al país para enfrentar los retos del cambio climático, asegurando un futuro a las próximas generaciones. Chile tiene la oportunidad de mostrar a la región y al mundo que es posible construir una economía robusta y equilibrada, con estabilidad de precios y el crecimiento económico.

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