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Historias de Biobío: La historia de primera Biblioteca Pública en Los Ángeles

Su creador fue el abogado Roberto Espinoza que, agradecido de la ciudad que lo vio nacer, en su testamento se conoció que dejaba a la Municipalidad de Los Ángeles como única heredera de todos sus bienes. El fin era claro y preciso: crear y sustentar una biblioteca”. Aunque pidió que su aporte fuera anónimo, lo cierto que ese recinto lo homenajea con su nombre.


 Por Juvenal Rivera

Biblioteca Municipal Roberto Espinoza

El abogado Roberto Espinoza lo pidió expresamente en su testamento, el mismo que fue leído poco después de su deceso. Junto con legar todos sus bienes a la municipalidad de Los Ángeles con un fin muy específico: crear una biblioteca pública para la ciudad, solicitó de manera taxativa que ni ese lugar ni ninguna de sus dependencias interiores podían llevar su nombre.

Sin embargo, como ha sucedido en varias otras ocasiones en nuestra historia local, esa última voluntad no fue respetada y adivine cómo se llama la biblioteca municipal – que ahora funciona por el costado oriente de la calle O’Higgins 170, frente al cuartel de la Policía de investigaciones: sí, acertó, tiene el nombre de aquel destacado hombre público.

Más allá de la anécdota, lo que sí es muy cierto es que el desinteresado aporte de Espinoza fue fundamental para que nuestra capital provincial contara, por primera vez, con un espacio de ese tipo, abierto a todo público, lo que antes simplemente no existía porque estaba concentrado solo en los recintos educativos.

Pero ¿quién fue Roberto Espinoza? No hay mucha información biográfica. Se sabe que nació en el departamento de Laja en 1869 y que fue abogado que se hizo conocido en su tiempo por representar ideas económicas liberales.

De hecho, fue profesor de economía política de la Universidad de Chile y desde sus columnas que se publicaban en los diarios de Santiago y Valparaíso, propició el liberalismo económico y la reforma bancaria y monetaria en el país. Asimismo, sus estudios sobre la evolución financiera y bancaria de Chile se constituyeron en obras fundamentales para el estudio de la historia económica en el país. Su libro “La reforma bancaria i monetaria de Chile”, publicada en 1913, fue una obra polémica ya que su fin fue aportar en el debate sobre reformas monetarias y bancarias de principios del siglo XX.

El autor criticaba la organización bancaria extremadamente liberal del país en 1860 y las leyes de inconvertibilidad de 1878 y 1898 que llevaron a sucesivas emisiones de papel moneda, provocando la desvalorización del peso y una creciente inflación.

Este sistema, a su juicio, favorecía los intereses de una “aristocracia de los hacendados” que controlaba el Congreso, que veía cómo sus deudas disminuían con la desvalorización del peso producto de las permanentes emisiones fiscales de papel moneda para financiar el gasto fiscal, lo que iba en desmedro de los sectores medios y populares por el alza del costo de la vida.

Además, prestó colaboraciones en diversas publicaciones, como los diarios El Sur, El Ilustrado, El Mercurio y La Razón. Lo propio hizo en varias revistas de corte académico.

Uno de sus mayores logros profesionales fue haber sido parte del grupo de abogados que participó en la redacción de la Constitución Política de 1925. En reconocimiento a esa labor, una céntrica calle de la capital, paralela a Nataniel Cox (cerca del parque O’Higgins), lleva su nombre.

Siempre fue un agradecido de la ciudad que lo vio nacer. Por eso, a su fallecimiento, el 18 de abril de 1931, en la lectura de su testamento, se conoció que dejaba a la Municipalidad de Los Ángeles como única heredera de todos sus bienes. El fin era claro y preciso: crear y sustentar una biblioteca con el nombre de “Biblioteca Popular”.

En el mismo testamento, argumentaba que el recinto no debía llevar su nombre ya que era una forma de retribuir “a la colectividad social en que se ha vivido o se vive o que se forma parte (…) En cuanto es posible un carácter tan anónimo como tantos servicios que de esa se reciben, sin que debamos por ellos dar las gracias a nadie individualmente”.

En la sesión ordinaria de la honorable junta de vecinos de Los Ángeles del 23 de abril de 1931, el alcalde Ramón Laing informó sobre la muerte de Roberto Espinoza y su decisión de legar a la ciudad como única heredera de todos sus bienes.

Dentro de ese mismo año, se contrató a Maclure Rocha como encargada de la biblioteca, la cual estaría a cargo de una comisión – creada en enero de 1932 – que integraron Domingo Contreras Gómez, Antonio Valenzuela y Víctor Naranjo, este último como su presidente.

En sus primeros años, atendió en una sala en donde funcionaba el Juzgado de Policía Local, donde ahora se encuentra un moderno edificio de seis pisos conectado al edificio municipal.

Luego, se trasladó al primer edificio Bernardo O’Higgins que está en esquina suroriente de calles Colón con Caupolicán. Debido a los daños que sufrió ese recinto por el terremoto de 2010, ahora funciona en amplias instalaciones de la primera cuadra de calle O’Higgins con el nombre de quien fue su creador: “Roberto Espinoza”.

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