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La dura realidad de intentar hacer clases online en los sectores rurales

A la realidad de que la gran mayoría de niños no tengan computadores ni conexión a internet deben hacer frente los docentes que laboran en las zonas campesinas, donde todo el proceso educativo es mucho más difícil y complejo. Una profesora con más de 20 años de experiencia describe estos meses de clases a distancia y plantea su inquietud por la profunda incertidumbre sobre lo que se viene por delante.


 Por La Tribuna

10, esc uela rural cualquiera

“Mil disculpa profe, pero no pude enviarle nada ayer. La señal es malísima en el campo y no se envían las fotos y audio”.Olga Fuentealba, profesora de una escuela rural, recibe ese mensaje de una de sus apoderadas en el grupo de whatsapp del curso que ella dirige.

Como ese mensaje, a diario recibe varios en el mismo tenor porque las comunicaciones en los sectores campesinos siempre han sido un problema, más aún ahora en que la emergencia sanitaria por el coronavirus obligó a usar esas herramientas para tratar de hacer clases a distancia. 

A Olga no le quedó otra que organizarse a través de esa aplicación para seguir conectada con sus alumnos y apoderados, después que los primeros brotes de la pandemia en el país obligaran al Ministerio de Educación a suspender las jornadas lectivas en marzo cuando se llevaban recién siete días de clases. 

Aunque en algún momento el propio titular de esa cartera, Raúl Figueroa, anunció el retorno a las clases presenciales en abril y después en mayo, recién el lunes último planteó que no existía una fecha definida, la que condicionó a tener primero todas las condiciones de seguridad.


BRECHA DIGITAL 

Pero la suspensión forzada de clases para reducir el riesgo de contagio de la enfermedad puso de manifiesto una realidad siempre presente: la profunda brecha digital que se observa en los establecimientos urbanos respecto de los rurales o en los sectores de alta vulnerabilidad socioeconómica. 

De acuerdo a los datos recopilados por el Colegio de Profesores, el 60% de los estudiantes tienen acceso a internet a través de planes datos. Otro 18% accede por la modalidad de redes sociales libres. Sin embargo, un 12% simplemente no tiene internet y, por lo mismo, ninguna posibilidad de acceder a los contenidos que puedan enviar los profesores para darle continuidad al proceso educativo.

Es que en el campo, la conexión a internet suele funcionar a trompicones. Dependiendo de la compañía telefónica, hay varias horas al día en que la señal es muy débil o, simplemente, desaparece, como lo describe Olga, la profesora de la escuela rural cercana a Santa Bárbara.

Ella tiene una dilatada experiencia. Estuvo en Curanilahue, después en Alto Biobío y después en las cercanías de la comuna que se proclama como capital de la miel.En el caso de ella, únicamente las familias más afortunadas tienen conexión a la red para sus hijos.

En su curso de 16 alumnos, solo tres tienen computador con Wifi. Otros solo cuentan con teléfonos con los planes de redes sociales gratis, como whatsapp o Facebook. Varios otros no tienen manera alguna de acceder a la red porque no pueden, no tienen dinero. En esas condiciones, la docente se encarga de elaborar las tareas y guías que envía. También prepara pequeños videos caseros con algunos contenidos en particular. Después, los que pueden recibir ese material, le remiten los ejercicios y las lecturas sugeridas. Más que eso no puede hacer. 

Es que, de acuerdo a la profesora Olga, los profesores “no podemos controlar los ambientes de aprendizaje en la casa, por lo que no es de provecho el tiempo de estudio en el hogar. Esta situación también nos demuestra que no fuimos capaces de generar capacidades para mantener interés por aprender”. 

En consecuencia, “de mis 16 alumnos de un curso básico, sólo 3 estudiantes reciben retroalimentación pedagógica diaria, por un periodo de 90 minutos, lo que equivale a un bloque de clase normal. Los otros 13 desarrollan las actividades que fueron entregadas en abril”.

Ella tiene experiencia en educación. Más de 20 años para ser más precisos, de los cuales dos décadas han sido en zonas rurales de difícil acceso. En los campos aprendió a montar a caballo, a cazar, a armar huachis, a cortar leña, a disparar, a reconocer la ruta del conejo, a pescar, a andar en zancos, a predecir el tiempo. Y aunque tuvo un paso por un colegio privado de la capital, finalmente prevaleció su afán de llegar a los sectores apartados. Pero nunca imaginó algo como lo que ahora están enfrentando a raíz de la pandemia: “esto es algo completamente nuevo para nosotros”.

¿FIN DEL AÑO ACADÉMICO?

Pero la preocupación no solo está relacionada con los contenidos pedagógicos que puedan recibir los estudiantes en este singularísimo contexto de la pandemia.

En su caso, en la escuela rural – que recibe a niños desde kínder hasta sexto básico – todos los días surgen nuevas preguntas. “Por ejemplo, una apoderada pregunta: ¿Este año lo harán el 2021? ¿Cómo van a pasar de curso, si no aprendieron nada? ¿El año que viene harán el dos en uno? ¿Si esto se termina, entrarán en febrero? ¿No tendrán vacaciones porque han flojeado casi tres meses? y un montón de preguntas de algunas madres”, dice entre risas.

Y aunque ha cambiado de manera sustantiva la realidad en las escuelas rurales – con equipos de trabajo formado por docentes, asistentes de la educación, trabajadores sociales, psicólogos, además de apoyos como furgones de acercamiento y pizarras digitales -, lo cierto es que “ese soporte no está en este proceso de la pandemia”.

Por lo mismo, las dudas se acrecientan para dilucidar lo que se viene por delante. “¿Qué hacemos con los niños en este primer semestre? ¿Cuál será el programa que implementará el Ministerio de Educación para volver a clases presenciales? ¿Se hará un plan especial para las escuelas rurales tomando en cuenta su realidad? Son muchas preguntas pero nadie contesta. Tampoco se ha leído o se ha informado sobre lo que finalmente se hará”, señala con un dejo de preocupación.

Porque cada profesor ha actuado de acuerdo a sus conocimientos y capacidades para tratar de llegar a sus estudiantes, muchas veces improvisando sobre la marcha, a partir de la retroalimentación que los propios alumnos y apoderados.

Pero el futuro se observa aún muy difuso, demasiado quizás, sin un carril al cual seguir, sin una hoja de ruta que oriente los pasos: “No hay preocupación de parte de nadie que diga qué se hará con los niños”, acota con desazón.

Olga es el seudónimo de una docente que prefirió resguardar su identidad para relatar su experiencia formativa en tiempos del coronavirus. Y aunque dice que “siempre me he preparado para hacer clases para niños en situaciones difíciles, esto supera cualquier esfuerzo individual”.

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