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Matrimonio de Mulchén acogió a nueve niños en situación de vulnerabilidad

por María José Villagran Barra

Gustavo Flores y Andrea Valdebenito han cuidado a nueve menores desde 2017 como familia de acogida en la provincia de Biobío, en un proceso marcado por la reparación y el acompañamiento.

Gustavo y Andrea, matrimonio de Mulchén y familia de acogida / La Tribuna

"No tratamos de cambiar el mundo, pero sí estamos cambiando el mundo de un pequeño". Esa frase resume la historia de Gustavo Flores y Andrea Valdebenito, un matrimonio de Mulchén que desde 2017 ha decidido abrir las puertas de su hogar a niños vulnerados en sus derechos, convirtiéndose en una de las familias de acogida más comprometidas de la provincia de Biobío.

Durante casi diez años han recibido a nueve niños y aunque cada despedida ha significado lágrimas, también les ha permitido ser testigos de algo que consideran un privilegio: ver cómo esos menores logran reconstruir sus vidas y encontrar una familia definitiva.

La historia comenzó de manera inesperada. Cerca de Navidad, Gustavo vio en redes sociales una publicación de personas que buscaban ayudar a hogares de menores. La conversación derivó en una reflexión familiar sobre el verdadero sentido de esa fecha.

"Nosotros teníamos dos hijos adolescentes y queríamos mostrarles que la Navidad era más que el regalo de moda", recuerda Gustavo.

Esa inquietud los llevó a investigar sobre los programas de Familias de Acogida Especializada y a decidirse a abrir las puertas de su hogar. Tras varios meses de entrevistas, capacitaciones y evaluaciones, fueron declarados aptos para recibir a un niño.

Lo que no imaginaban era que aquel primer acogimiento transformaría para siempre sus vidas.

EL NIÑO QUE LES CAMBIÓ LA VIDA

Entre ocho y nueve meses después de finalizar el proceso llegó Héctor, un pequeño de un año y medio que había pasado toda su corta vida institucionalizado.

El impacto fue inmediato. El matrimonio descubrió una realidad desconocida: la de niños que aprenden a sobrevivir sin esperar ayuda de nadie.

"Lo más chocante fue ver a un niño que si se caía no lloraba. Una vez se atoró comiendo un pan y trató de desatorarse solo. No estaba acostumbrado a pedir ayuda", relata Andrea.

Para la familia, aquello marcó un antes y un después; poco a poco, el pequeño comenzó a cambiar. Llegaron las primeras sonrisas, los juegos, los abrazos y la confianza.

"Nos dimos cuenta de que con algo tan simple como tiempo, cariño y dedicación, el niño empezaba a florecer".

Gustavo Flores

Lo que para cualquier familia puede parecer cotidiano —un abrazo, una manzana rallada, alguien que responda cuando un niño llora— para Héctor representaba el descubrimiento de una nueva forma de vivir.

Tras aquella experiencia, Gustavo y Andrea comprendieron que querían seguir ayudando.

Llegó un segundo niño. Después un tercero. Más tarde un cuarto. Y así, sin darse cuenta, alcanzaron nueve acogimientos.

"Uno se da cuenta de cómo el niño vuelve a confiar en los adultos. Descubre que hay alguien que lo cuida, que lo quiere, que está pendiente de él. Ahí comienza su proceso reparatorio", explica Gustavo.

EL MIEDO A LA DESPEDIDA

Una de las preguntas más frecuentes que reciben es cómo enfrentan la partida de los niños. La respuesta es sincera: duele.

"Todos los procesos los sufrimos. Los lloramos. Son hijos que tenemos que entregar", reconoce Andrea.

Sin embargo, aseguran que los procesos actuales son mucho más respetuosos y acompañados que años atrás. Hoy existe una preparación gradual, tanto para el niño como para la familia de acogida y los futuros padres adoptivos.

La experiencia más reciente fue especialmente significativa. Durante meses pudieron compartir con la familia adoptiva de una niña que estuvo bajo su cuidado.

"Los papás iban a la casa, compartíamos con ellos, les enseñábamos sus rutinas, la alimentación, los cuidados. La niña se fue acostumbrando de a poco a sus nuevos padres", recuerda Andrea.

Cuando finalmente llegó el momento de la despedida, el dolor estuvo presente, pero también la tranquilidad.

"Ver que está feliz con su papá y su mamá nos llena el corazón. Ahí sentimos que nuestra labor terminó y que empieza una nueva etapa para ella", dice.

UNA FOTO PARA PERTENECER

Entre los gestos más simples y significativos que realizan está colgar una fotografía de cada niño en una pared del hogar. La idea nació con el primer acogimiento.

"A cada niño que llega, le hacemos una foto porque nos dimos cuenta de que ellos necesitan sentir que pertenecen a ese hogar... Una cosa tan simple para ellos es significante".

Andrea Valdebenito.

Actualmente, el matrimonio cuida a una nueva pequeña y cuando les preguntan qué mensaje entregarían a quienes sienten interés por convertirse en familia de acogida, no dudan.

"Que se atrevan. No les vamos a generar un trauma a los niños. Al contrario, les devolvemos la alegría, el amor y la confianza en los adultos", afirma Andrea.

Gustavo coincide. "No hay que ser perfecto. Nosotros no somos perfectos. Solo hay que estar ahí para un niño que lo necesita".

Y aunque no saben cuántos acogimientos más tendrán, sí tienen claro que seguirán mientras puedan. "¿Hasta cuándo? Hasta que el cuerpo nos dé", dicen entre risas.

Porque después de nueve niños, incontables juegos, abrazos y despedidas, siguen convencidos de que abrir la puerta de su hogar ha sido una de las decisiones más importantes de sus vidas.

"No tratamos de cambiar el mundo, pero sí estamos cambiando el mundo de un pequeño", concluye Gustavo.

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