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Niños y jóvenes construyen bike park con materiales reciclados en Villa Galilea

por Jeremy Valenzuela Quiroz

Con herramientas prestadas y materiales reutilizados, un grupo de jóvenes recuperó el terreno y lo transformó en un espacio de deporte y encuentro comunitario. En el sitio, sin embargo, se proyecta la construcción de infraestructura de salud en etapa de estudio que condiciona su futuro.

Niños y jóvenes construyen bike park con materiales reciclados en Villa Galilea / La Tribuna

En una esquina que por más de 15 años presentó un terreno completamente abandonado, hoy el panorama es completamente distinto. Donde antes abundaba la basura, escombros y pastizales, ahora se escuchan risas, ruedas golpeando la tierra y bicicletas que van y vienen en medio de saltos improvisados.

El sitio eriazo ubicado en la intersección de avenida Poniente con calle Lynch, en Villa Galilea de Los Ángeles, comenzó a reescribir su historia gracias a la iniciativa de un grupo de niños y adolescentes que encontró en el ciclismo una forma de vida y de comunidad.

EL ORIGEN

La transformación ha sido progresiva y surgió desde la inquietud de un grupo de amigos que, desde julio de 2025, decidió dejar de mirar el terreno como un problema y empezar a verlo como una oportunidad.

Bajo el liderato de Agustín Véjar y Elías Belmar, el grupo se tomó palas, picotas y herramientas prestadas por sus familias y comenzaron a intervenir el espacio de forma autónoma.

"Antes esto ya estaba un poco avanzado, pero eran saltos muy pequeños. Nosotros empezamos a mejorarlo, a sacar la basura y a hacer algo más grande", cuenta Martín Bravo, de 13 años.

El primer paso fue limpiar. Botellas, vidrios, cerámicas y todo tipo de desechos fueron retirados por los propios niños, que organizaron cuadrillas de trabajo. Luego vino lo más complejo: darle forma al terreno.

"Partimos haciendo montículos de tierra, así se formaron los primeros saltos. Después fuimos viendo qué más podíamos hacer", relata José Vivian de 13 años. Así, lo que comenzó como un juego, poco a poco fue tomando forma de circuito.

MOTIVACIÓN SOCIAL Y DEPORTIVA

La motivación principal era simple: tener un lugar propio y cerca de sus casas. "Por aquí cerca no hay casi nada para andar en bici. Y no podemos ir a otros bike park porque quedan lejos y somos chicos para ir solos", explica Ángel, de 14 años. La referencia más cercana, dicen, está en sectores como Curamávida, demasiado distante para visitarlo diariamente.

Con el paso de las semanas, el proyecto comenzó a crecer no solo en tamaño, sino también en convocatoria. Más niños y adolescentes se fueron sumando, todos bajo una misma lógica: construir, disfrutar, aprender y compartir.

"Todos los que están acá son amigos, y se han ido sumando más. Salimos del colegio y nos venimos directo para acá", comenta Agustín Vejar, de 14 años. La rutina se repite casi a diario: clases, casa y luego el bike park.

La construcción del circuito ha sido completamente autogestionada. Los pallets, por ejemplo, han sido clave para levantar rampas y estructuras más firmes. "Los encontramos en la calle o preguntamos en casas si no los ocupan. Si nos dicen que no, los traemos y vemos qué podemos hacer", explican.

Cada elemento nuevo implica planificación. "Cuando encontramos materiales, nos juntamos y vemos qué pista podemos hacer o qué salto cambiar porque ya quedó chico", agregan, evidenciando que, aunque informal, el proceso tiene lógica y aprendizaje constante.

El espacio incluso tiene zonas diferenciadas. Un sector de descanso donde los chicos comparten y se refrescan entre salto y salto, reforzando la idea de que el lugar no es solo para practicar deporte, sino también para compartir.

IMPULSAR Y AMPLIAR LA INICIATIVA

Esa dimensión social es una de las más valoradas por los vecinos. José Vivian, residente del sector, observa con atención el proceso y destaca su impacto. "Esto los saca de los teléfonos, de la tecnología. Al ver la motivación de los chicos por hacer deporte, el sector completo se ha movilizado para que esto salga adelante, los vecinos están fascinados", asegura.

Kevin Vivian de 25 años, con experiencia en el mundo del ciclismo y el descenso de montaña a nivel nacional, advierte que el proyecto tiene potencial de crecimiento. "Con sacos y tierra se pueden mejorar las rampas y hacerlas más seguras. Hay que enseñarles, porque hay saltos donde pueden salir mal y caerse", explica, subrayando la necesidad de avanzar en aspectos técnicos y de seguridad.

La seguridad es, de hecho, uno de los temas que más preocupa. El uso de casco, rodilleras y la necesidad de mejorar la iluminación del sector son parte de las conversaciones que ya se están dando entre padres y vecinos. "Hace falta iluminación acá, y también ir mejorando el terreno para que sea más seguro", coinciden.

CONFORMACIÓN DEL CLUB DEPORTIVO "BIKE PARK GALILEA"

Desde el mundo adulto, el apoyo ha ido en aumento. Solange Tomas, madre de uno de los niños, asegura que en los últimos días, padres y apoderados conformaron una directiva y con apoyo de las autoridades locales se constituyeron legalmente como "Club Deportivo ‘Bike Park Galilea’", con la idea de acceder a apoyo municipal y consolidar el espacio.

Los propios jóvenes también proyectan el futuro del lugar, aunque con matices. "Nos gustaría que fuera un bike park más grande, de tierra, pero establecido y profesional", comentan, dejando en claro que su experiencia ha estado marcada por la práctica directa y el aprendizaje en terreno.

OBSTÁCULOS INSTITUCIONALES

Aun así, el camino no está completamente despejado. El concejal José Gastón Salcedo confirmó a La Tribuna que el terreno tiene un destino proyectado para infraestructura de salud, actualmente en etapa de estudio.

"Es difícil cambiar el destino del terreno, pero se puede permitir que los chicos lo sigan utilizando hasta que ese proyecto se concrete. En paralelo, estoy ayudando para que se constituyan como club deportivo para recibir apoyo del municipio", explicó.

Mientras esas definiciones se toman, el bike park sigue funcionando. Cada tarde, el sitio vuelve a llenarse de bicicletas, saltos y conversaciones. No hay grandes inversiones ni infraestructura formal, pero sí algo que, para sus protagonistas, resulta clave.

"Lo hacemos para no estar encerrados en la casa", dicen. Y en ese gesto simple —salir, encontrarse, construir algo propio— está, quizás, el verdadero valor de un proyecto que convirtió un terreno olvidado en un punto de encuentro para toda una generación.

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