lunes 19 de agosto, 2019

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El Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan


 Por La Tribuna

Lc 11,1-13

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles

Una de las ideas centrales del Evangelio de Lucas es la oración cristiana. Lucas no sólo nos transmite la enseñanza de Jesús sobre la oración en forma más abundante que los otros evangelistas, sino también nos presenta más a menudo a Jesús mismo orando, es decir, enseñando con su propia vida la necesidad de la oración. Es lo que vemos en el Evangelio de este Domingo XVII del tiempo ordinario.

Jesús, en su calidad de Maestro que enseña la Verdad revelada, acaba de hacer una afirmación absoluta. Ante la dispersión de Marta, que se ocupa de muchas cosas, y la concentración de María, que, sentada a sus pies, escuchaba su Palabra, Jesús ha declarado: «Marta, Marta, tú te preocupas y te agitas por muchas cosas; pero hay necesidad de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,41-42). Repitámoslo: «¡Hay necesidad de una sola cosa!». Y ésta es la «parte buena». Cuando Jesús la declara «buena», quiere decir que es buena en todo aspecto; no puede referirse más que a Dios: «Nadie es bueno, sino sólo Dios» (Lc 18,19). María estaba atenta a Dios. Todas las demás cosas que preocupan al ser humano, en comparación con esa única cosa, son prescindibles. Mirando a nuestro alrededor, podemos decir que nuestro mundo no ha asimilado esta verdad. Es una de esas enseñanzas sobre las cuales Jesús ha dicho: «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, Él los llevará a la verdad plena» (Jn 16,13).

Jesús enseñaba esta verdad también con su propia vida, como leemos en el Evangelio de hoy: «Estaba Jesús orando en cierto lugar…». Es una actitud constante en Él. Así lo muestra a menudo Lucas: «Jesús se retiraba a los lugares solitarios donde oraba» (Lc 5,16); «Jesús se fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios» (Lc 6,12); «Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar» (Lc 9,28); «Jesús se apartó de sus discípulos la distancia de un tiro de piedra, y  puesto de rodillas oraba, diciendo: “Padre…”» (Lc 22,41). Cuando Él oraba se dirigía a Dios llamándolo «Padre». Nadie podía orar como Él, el Hijo de Dios, que es uno con el Padre.

Esto es lo que hace que la oración de Jesús sea única. Nadie puede orar como Él, sino aquel a quien se le concede, porque «nadie conoce el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,22). Ahora entendemos, por qué, cuando Jesús terminó de orar, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». Para motivar a Jesús, le presentan el ejemplo de Juan. Así sabemos que también Juan oraba y enseñaba a orar. Juan estaba lleno del Espíritu Santo desde el seno materno y se comunicaba con Dios por medio de los Salmos, inspirados por el mismo Espíritu. Su oración era como toda su vida: un anuncio del que iba a venir, es decir, de Jesús. No era, sin embargo, aún la oración que enseña Jesús.

Jesús nos enseña a orar como lo hacía Él mismo: «Cuando ustedes oren, digan: “Padre…”». Nos promueve a la condición de hijos de Dios y nos enseña a dirigirnos a Él como un hijo a su padre. Esto es absolutamente nuevo. Pero es imposible practicarlo, si no actúa en nuestro corazón el Espíritu Santo, concediéndonos la plena verdad sobre Dios y sobre nosotros: «La prueba de que ustedes son hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal 4,6). Esta es la oración cristiana. No puede hacerse, sino en el Espíritu del Hijo; es ese Espíritu quien clama en nuestro corazón: «Padre». Tenemos toda esta vida y toda la eternidad para aprender esta enseñanza de Jesús sobre la oración cristiana. Y, cuando alguien la aprende en este mundo, verifica que es verdad esta promesa de Jesús: «Todo lo que pidan en mi Nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14,13). «Pedir en su Nombre» significa pedir movido por su Espíritu de Hijo. Lo dice Jesús con insistencia: «Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá».

Para convencer a sus discípulos de esa promesa, Jesús usa una comparación tomada de la vida diaria: «¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una serpiente; o, si pide un huevo, ¿le da un escorpión?». Ciertamente, todos los oyentes habrán exclamado: «Ningún padre hay entre nosotros que haga eso». A fortiori, menos lo hace Dios con sus hijos: «Si, pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!». Mateo cita la misma sentencia, pero repitiendo el don de cosas buenas que Dios dará: «¡Cuánto más el Padre de ustedes que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!» (Mt 7,11). Lucas va directamente a la cosa infinitamente buena: «Dará el Espíritu Santo». Este es el don necesario para que podamos orar en el Espíritu del Hijo y así podamos llamar a Dios: «Padre». Esta es la oración cristiana. Esta es la oración de los hijos de Dios que obtiene todo lo que pedimos.

Esta es la oración que hacen los santos y obtienen incluso milagros; es la oración que hacía San Bernardo y lograba la paz entre los pueblos; es la oración que hacía San Francisco de Asís y atraía a multitud de hermanos a Cristo; es la oración que hacía Santa Teresa de Jesús y llenó España de monasterios; es la oración del Santo Padre Pío y proveyó a su pueblo del hospital más moderno de Italia. Los ejemplos se podrían multiplicar. Esta es la oración que salvará a toda la creación de la esclavitud del pecado, como lo expresa San Pablo: «La ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios… espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,19.21). El mundo anhela ser habitado por los hijos de Dios, los que, movidos por el Espíritu del Hijo, oran diciendo: «Padre».


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