Opinión

Deep Tech, una cosecha pendiente

Si no somos capaces de comprar nuestra propia ciencia y financiar su crecimiento, seguiremos siendo un país que exporta ideas mientras otros imprimen el valor agregado con ellas.

Patricia Vargas, Patricia Vargas Jefa Sede Faro UDD Concepción, Cedida
Patricia Vargas, Patricia Vargas Jefa Sede Faro UDD Concepción / FUENTE: Cedida

Durante la Startup.Connect Biobío 2026 en Concepción, organizada por la Universidad del Desarrollo y Corfo, quedó en evidencia una realidad tan clara como alarmante. Las exposiciones y foros del evento no solo confirmaron el talento local, sino que levantaron una alerta sobre el destino final de nuestra innovación: Chile se ha convertido en el imán de capital más eficiente de Latinoamérica, pero seguimos siendo una incubadora gratuita para el primer mundo.

El fenómeno es lo que se conoce como la "paradoja chilena". En 2025, el sector Deep Tech captó la cifra récord de US$607 millones, un crecimiento explosivo que nos sitúa por encima de potencias como Brasil y Argentina en inversión per cápita. Sin embargo, mientras celebramos este logro, presenciamos con impotencia una silenciosa fuga de activos hacia países desarrollados.

A diferencia de la tecnología convencional, el Deep Tech busca resolver problemas que hoy parecen imposibles. No es solo software, es biotecnología que rediseña sistemas alimentarios o materiales avanzados que desafían la física. Hoy, Chile cuenta con 251 startups activas en este frente.

Un caso emblemático es el de Strong by Form. Nacida en Santiago con apoyo de Corfo, la empresa forjó un vínculo estratégico clave con la región del Biobío, validando su tecnología en la sede de CMPC en Los Ángeles. Con madera bioinspirada, que usa algoritmos y software de optimización para imitar el crecimiento de un árbol, han logrado crear estructuras que compiten con el acero. No obstante, a pesar de su ancla local, la empresa ha debido sucumbir al fenómeno del flipping y trasladar su matriz y expansión comercial al extranjero. Hoy, mientras inauguran infraestructuras de biomateriales en Alemania y plantas en España, Chile observa desde lejos.

Los inversores globales exigen este cambio por seguridad jurídica y para acceder a fuentes de financiamiento de mayor escala, no accesibles hoy en día en el mercado local. Al realizar el flip, los impuestos por la venta de esa tecnología y los empleos de alta complejidad se quedan fuera de nuestras fronteras. Strong by Form es el claro ejemplo de una innovación que nace en un laboratorio chileno, se valida con la materia prima del Biobío, pero debe trasladarse a Europa para encontrar el capital y la infraestructura industrial que nuestro país aún no le ofrece.

¿Qué hacer, entonces, para retener nuestra materia gris? La respuesta no es un misterio, pero requiere voluntad y valentía política. Necesitamos pasar de la investigación a la transacción mediante incentivos fiscales, fondos de capital de riesgo con capacidad de acompañar el escalamiento industrial y transferencia tecnológica ágil que conecte la ciencia universitaria, abundante en nuestra región, con las necesidades reales de la industria.

Si no somos capaces de comprar nuestra propia ciencia y financiar su crecimiento, seguiremos siendo un país que exporta ideas mientras otros imprimen el valor agregado con ellas. Es hora de que Chile no solo siembre la innovación, sino que también se atreva a cosecharla.




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