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La Tribuna
Columnista

Los pobres no pueden esperar

Fernando Chomalí

Arzobispo de Santiago de Chile

por Fernando Chomalí

El primer responsable de procurarse mejores condiciones de vida es uno mismo. Para ello, Dios nos dotó de inteligencia, voluntad, libertad y capacidad de amar, para trabajar y ganarnos el sustento diario, desarrollarnos como persona, procurar los bienes que la familia necesita y ser un aporte a la sociedad.

Muchas personas no tienen dicha posibilidad, por incapacidad, enfermedad y tantas circunstancias que se dan en la vida. En ese caso, le corresponde al Estado velar porque los más desfavorecidos tengan las mejores condiciones de vida posible con el subsidio que les procura. Y en relación con eso, la responsabilidad que tienen quienes trabajan en la cosa pública es inmensa. Con todo, son muchas las personas que, a pesar del esfuerzo del Estado por ayudarlos, no logran salir de la pobreza. Ello acontece en muchas partes del mundo y en Chile, también.

Cuando Juan Pablo II estuvo en Chile, dijo con mucha fuerza que "los pobres no pueden esperar". Hoy, después de casi 37 años de su venida, esa frase sigue vigente. Tal vez son pocos los niños desnutridos o que andan a "pie pelado", pero son muchos los que, por la educación que les da el sistema público y el particular subvencionado, sumado a su situación familiar y social, difícilmente podrán salir de la pobreza y lograr niveles de vida más conforme a su dignidad. Los resultados de la PAES lo corroboran año a año. Aunque ha habido mejoras, las brechas siguen siendo enormes.

Al ver y tomar conciencia de que esto es lo que sucede, me he convencido de que el amor es, usando la frase de Benedicto XVI, un motor de desarrollo extraordinario e insustituible y que puede, efectivamente, cambiar la vida de esos jóvenes. Ese amor es el que está llamado a dispensar cada hombre y mujer que se da cuenta que ha recibido mucho en la vida y que, luego, le corresponde devolver la mano. Ese amor no es un mero sentimiento que lleva a que muchas personas exclamen frases como, qué horrible la pobreza, qué injusta es la vida, pero que, en la práctica, no hacen nada para ayudar.

El amor al que me refiero es aquel que se manifiesta en acciones concretas para ayudar a quien lo necesita y permitir que tenga las herramientas necesarias para pasar de su situación de pobreza a una mejor. Es, ni más ni menos, el principio de solidaridad. La verdad, y siendo sincero, sin negar que hay personas, familias y empresas muy generosas que siempre están dispuestas a ayudar a quienes nos dedicamos a promover obras sociales, desde la fe profesada, con la finalidad de paliar la pobreza de tantos chilenos, hay muchos otros que hacen la vista gorda.

Si bien es cierto que hay razones económicas, políticas, sociológicas para que en Chile aún haya pobres, hemos de reconocer que también hay egoísmo de parte de muchos compatriotas. Son muchos los que no perciben su responsabilidad respecto de los demás, porque sólo se miran a sí mismos. El Papa Francisco postula que existe una globalización de la indiferencia. Revertir esa indiferencia que se traduce en individualismo y otros males es la gran tarea que tenemos como Iglesia, al proclamar que Dios es Padre y nosotros, hijos y, por lo tanto, hermanos. Tal vez la máxima de hacerle a los demás lo que quisiéramos que hicieran con nosotros, puede ser un punto de meditación.

La vida tiene muchas vueltas, dice el sabio refrán popular.

Fernando Chomalí

Arzobispo de Santiago de Chile

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