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Columnista

Educación, sociedad y sillas musicales

Alejandro Mege Valdebenito

por Alejandro Mege Valdebenito

"No permitamos que el deseo de servir a uno mismo prospere de nuevo bajo la bella máscara del deseo de servir al bien común."  Václav Havel.  Último  presidente de Checoslovaquia y primer presidente de la República Checa.

Hace algún tiempo escribimos que "a la educación se la considera como la función sexuada de la sociedad que tiene la misión de reproducir y moldear en cada individuo el modelo social en el que se vive y que lo habilita para conocer y participar en la comunidad en la que le tocó nacer..." y, agregamos, habilitando a cada  mujer y a cada hombre, cualquiera sea su condición, de los conocimientos, habilidades y destrezas intelectuales, así como de valores éticos y conductas morales como los medios más eficientes y eficaces para construirse a sí mismo para llegar a ser un agente de cambio con el ánimo y la disposición de contribuir al bien común como una ineludible responsabilidad de vivir y convivir en una sociedad en la que, aún con las naturales diferencias y oportunidades distintas es, en el fondo, la sociedad de todos, en el que nadie sobra, lugar donde cada cual  debe  tener su espacio, donde cumplir primero con  sus deberes para poder ejercer en plenitud los derechos que con honestidad se ha ganado. Y, es la educación la que permite descubrir, cultivar y proyectar a cada persona hacia su mejor destino, donde el nivel de realización o éxito depende de  las características personales, la dedicación, esfuerzo y perseverancia para alcanzar las metas que con ambición sana y positiva se ha propuesto, evitando que sea la ambición negativa la que predomine y que no solo termine por destruirlo, sino que, también destruya a otros cuando, por conseguir lo que desea, la ambición negativa puede ser tan fuerte para hacer que el individuo esté dispuesto a violar las normas mínimas de convivencia éticas o legales. Así, un ser con verdadera educación en valores puede aspirar a realizarse, cumplir diferentes responsabilidades, asumir distintos cargos, desempeñar de manera competente y comprometida funciones en la vida pública o en organizaciones privadas de diferente índole y motivaciones ideológicas, siempre y cuando se le otorgue la oportunidad de hacerlo y demostrar que lo puede hacer también como cualquier otro. Esa natural y legítima aspiración, a pesar de los méritos personales, se ve limitada, a veces impedida, cuando quienes desempeñan o han desempeñado el mismo rol o la función en varias oportunidades no dejan el espacio que han mantenido por la ambición del poder, pequeño o grande, y que por las redes de contactos, los servicios prodigados o el amiguismo interesado,  logran mantenerse en el poder, más aun cuando no solo el desempeño presente  justifica ni merece mantener la función o el cargo, impidiendo a otros aspirar a desempeñarlo. La educación, entonces, no ha logrado su objetivo de preparar a todos para desempeñar funciones diferentes con igual o mayor eficiencia y la decepción hace que no pocos busquen otros espacios u oportunidades para realizarse. De ahí el título y el epígrafe de este artículo: dejemos a otros esos espacios y oportunidades de desempeño que hemos ejercicio una y otra vez y la relación con  el juego de las sillas que hace la sana alegría no solo de niños, también de adultos, solo pretende resaltar que siempre resultan ser los mismos los que una y otra vez logran el asiento de los ganadores, aunque cada vez con menor adhesión que la que se creía, dejando a no pocos con la desilusión de no hacer su aporte en la construcción de una sociedad o una institución más democrática equitativa y justa. La verdadera tarea de las instituciones docentes por naturaleza y función es la de no solo preparar a las generaciones de relevo sino que también darle los espacios y las oportunidades para que lo demuestren. Así ocurre en las instituciones armadas, de orden y seguridad  y está empezando a ocurrir en la actividad política y así debería ocurrir en otras instituciones de formación humana que se rigen por  principios éticos y democráticos.

Alejandro Mege Valdebenito

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