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La Tribuna
Columnista

La ciudad educadora

Alejandro Mege Valdebenito.

por Alejandro Mege Valdebenito.

“No hay escuela igual que un hogar decente y no hay maestro igual a un padre virtuoso”

Mahatma Gandhi.

La expresión “ciudad educadora” no es nueva ya que se asignaba ese sentido a la “polis” de la Grecia Antigua y describía el rol educativo formativo que correspondía cumplir a las diferentes instituciones existentes en la ciudad,  entes cívicos, museos, teatros, espacios de ocio y deportes, la  familia, entre otras entidades y personas – autoridades incluidas- para que, de manera sistemática actuaran coordinada y armónicamente para entregar una educación de calidad y “compensatoria” de los sectores más desfavorecidos. Esta concepción de ciudad educadora o de sociedad educadora, resulta poco menos que una utopía en los tiempos que se viven en la  imposible y contradictoria complejidad  que viven las ciudades y quienes las habitan, donde el individualismo como camino que lleva al éxito, económico o político (términos que hoy resultan ser sinónimos) son la meta que se busca, no importando los medios que se usen para alcanzarla. Frente a un panorama de extrema fragmentación ideológico política, donde la legítima libertad individual se transforma en indisciplina partidaria que impide lograr consensos y donde la mayoría sin domicilio político resulta ser la más damnificada, resulta difícil conseguir la construcción de una ciudad o sociedad educadora, por la diversidad de intereses, más individuales que sociales, resultando una tarea que, más allá del discurso comprometido y hasta emocionado de algunos, no interesa mayormente a la elite que, de un extremo a otro, defienden sus particulares intereses y toman las decisiones que orientan y gestionan la vida en sociedad,  decisiones que favorecen y unos y decepcionan a otros cuando el sentido mensaje formativo de construcción de una comunidad justa y solidaria, o no estuvo  presente en el proceso educativo o no caló lo suficiente ni menos se anidó en la conciencia ni en la acción de los miembros que la componen.

Se culpa al sistema educativo formal de los males que sufre la sociedad, cuando la verdad es que la educación (con educadoras y educadores incluidos) ha podido hacer, no es, ni más ni menos, lo que la familia ha hecho y la sociedad le ha dado y permitido hacer y esa educación es el vehículo que reproduce a esa sociedad con todas sus características y condicionantes.

Una ciudad o una sociedad educadora es aquella capaz de reflexionar sobre la educación que tiene y asume colectivamente su responsabilidad en la educación de sus miembros actuales y futuros, con una educación que supere lo esencialmente cognitivo, pragmático y utilitario acumulando conocimientos que a poco andar van a quedar obsoletos, cuando lo que realmente importante es el desarrollo de la  capacidad y habilidad para aprender permanentemente y donde lo que no se olvida y que prevalece en la formación humana son los hábitos, actitudes y valores positivos de tolerancia, fraternidad, honestidad, respeto por las personas y las instituciones, así como el compromiso con la paz social y  el bienestar de la sociedad en que se vive, donde  lo positivo supere largamente lo  negativo que siempre es posible mejorar si se lo propone. Valores que se conocen y se aprenden con el ejemplo de los mayores desde la más tierna edad.

Bien podríamos acercarnos, aunque sea un poco, a una forma de ciudad educadora si contribuimos, cada uno, en el lugar y en la función que cumpla, en hacer cierta la frase: “La misión de educar corresponde a la sociedad en su conjunto y no puede desligarse de esa responsabilidad por cuanto se educa a sí misma.”

Alejandro Mege Valdebenito.

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