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La Tribuna
Columnista

Nuestras circunstancias

Alejandro Mege Valdebenito.

por Alejandro Mege Valdebenito.

                              “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo.”

                                                                                                                    José Ortega y Gasset.

Al nacer lo hacemos en una circunstancia, en una realidad que existe desde antes que nosotros y para vivir en ella es la educación, primero informal por parte de la familia, la que nos transmite y enseña el lenguaje y los códigos necesarios para entender y relacionarse  con el entorno y, luego son las instituciones formales, el sistema escolar, en representación de la familia constituida en sociedad, el que continúa la tarea de formación humana, formación que incluye lo que se considera más relevante de la cultura y la civilización conocidas más, no solo conocimientos, habilidades y destrezas intelectuales y físicas, también hábitos, actitudes y valores que se constituyen en conductas para que la convivencia con otros sea pacífica, solidaria, constructiva y fraternal donde el yo individual se convierta en un nosotros colectivo donde cada uno, en el rol que le corresponda desempeñar haga su contribución propositiva y constructiva.

El ser humano y la humanidad han vivido numerosas circunstancias, muchas de ellas tremendamente trágicas, así como otras gloriosas y sublimes que muestran en toda su dimensión como habitan en el ser humano las potencialidades, así como las oportunidades, que le permiten construir una mejor o una peor circunstancia donde vivir.  Esa es la opción que todos tenemos para superar las circunstancias aunque sean adversas si se actúa solidariamente en unión con otros.

Las circunstancias en que estamos viviendo como sociedad se caracteriza por un exacerbado individualismo y una despiadada competencia que permea a la sociedad de un extremo a otro, donde las personas que se contagian son cada día más y donde se olvida que si las circunstancias resultan ser catastróficas para los demás, también lo son para cada uno de nosotros.

De una u otra manera, por acción u omisión, tanto la educación familiar, el ejemplo social, como la educación institucional y de organizaciones paradigmas de la ética y la moral como norma de conducta, están al debe por no haber tenido la influencia ni la fuerza moldeadora de la conducta de las nuevas generaciones capaz de vencer los desvalores, la desidia, la indiferencia, la intolerancia, el individualismo, la falta de honradez, la descalificación, la desvergüenza, el abuso de poder, situación que escala desde la base de la sociedad hasta la altura del mundo social, cultural, económico y político, sin que la situación preocupe a muchos, más cuando nadie quiere involucrarse y salir del estado de confort que le da cierta estabilidad y tranquilidad, permaneciendo ciego y sordo a la circunstancia en la que vive, pero en la que no convive. La norma es: mientras me salve yo, los demás no importan.

Frente a este estado de cosas, resulta normal para muchos-aunque no lo debiera ser- la actitud de un estudiante de educación superior cuando se buscaba la solución de un problema que planteaba se le informa que la solución encontrada sería válida para otros de sus compañeros, manifestó que estaba pidiendo una solución solo para él, los otros no eran su problema, expresando categóricamente que frente a situaciones como las que vivía la solución era para: “Yo primero, Yo segundo, Yo tercero, Yo cuanto, Yo quinto....”. No siguió, porque el aire ya no le acompañaba.

Tanto el mundo social, como el natural constituyen un sistema y cuando alguno de sus componentes no funcione en armonía con el resto, el desequilibrio le afecta en su totalidad, y siendo la educación de la sociedad la que puede hacerla más humana, justa y solidaria, donde no sea solo yo el que importe, se hace necesario sensibilizar a nuestras autoridades para hacer una educación que cumpla con ese objetivo y no responda únicamente a concepciones particulares el signo que sean. Para lograrlo debemos salir de nuestra anomia.

Alejandro Mege Valdebenito.

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