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Opinión

Madres extraordinarias


 Por Magdalena Lira Valdés (*)

Voces Catolicas

Este domingo 8 de mayo es el “Día de la Madre”. Una fecha muy significativa y merecida para tantas mujeres que, día a día, hacen un trabajo extraordinario, entregándose por entero a sus familias.

Hay madres biológicas y también “mamás de corazón” que, al igual que las primeras, nos muestran una vida llena de sentido.

Como la hermana Rose, una “mamá” de más 200 niñas. La conocí en el norte de la India, en una zona rural y muy pobre. Llegué ahí como parte de una delegación de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN), para conocer su trabajo. Ella dirige la escuela e internado “Rayo de Esperanza”, que acoge a 205 niñas. Todas son “dalit”, o intocables, la casta más baja de la sociedad. La hermana Rose recorre los pueblos para convencer a los padres que manden a sus hijas a la escuela. Es la forma que tiene para ayudar a cambiar el destino de esas niñas. “Lamentablemente el matrimonio infantil es muy común, aunque la ley lo prohíbe. Cuando las niñas inician su vida fértil, las casan. Por eso, es importante que vengan acá. Así podemos evitar que las casen siendo niñas”, nos dijo.

Mientras conversábamos, llegó una mujer con dos hijas. Habían caminado muchos kilómetros. Ella llevaba en su cabeza una maleta con las pocas pertenencias de sus niñas, a quienes confió al cuidado de la hermana Rose. A pesar del dolor de la separación, las dejó ahí, segura de que tendrían un futuro mejor que el que ella podía darles. Dejar a sus hijas era un acto de amor y renuncia.

Lejos de ahí, en Nigeria, la joven Rebeca lucha por rehacer su vida. No baja los brazos. Tuve la oportunidad de conocerla durante un viaje de ACN a la ciudad de Maiduguri, un lugar asolado por la violencia de los terroristas islámicos de Boko Haram. Hacía sólo 6 meses que Rebeca había recuperado su libertad, luego de haber sido secuestrada por los terroristas desde su aldea de Baga, cuando estaba embarazada y tenía dos hijos pequeños: Jonathan y Zachariah.

Su rostro estaba surcado de profundas arrugas, que la hacían ver mayor de lo que era, pero sus ojos transmitían fortaleza y decisión. Durante los 3 años de cautiverio sufrió vejaciones terribles. Perdió al niño que esperaba, asesinaron a su hijo mayor, la obligaron a casarse con un musulmán y quedó embarazada.

Rebeca logró escapar cuando los islamistas realizaban redadas. Caminó durante más de tres semanas con sus dos hijos. Finalmente llegó a Maiduguri, donde se reencontró con su marido. Nos encontramos en un campamento de refugiados que tiene la Iglesia católica en esa ciudad, donde vive con su familia. A pesar del dolor, ella estaba de pie, dando ánimo y amor a su marido e hijos. Rebeca afrontaba el futuro con esperanza. ¿De dónde venía su fuerza? De su amor incondicional a su familia y de su fe inquebrantable.

Rose, Rebeca y la otra madre de la que nunca supe el nombre, son sólo tres ejemplos de mujeres dispuestas a todo por los suyos. Por eso, este 8 de mayo, celebremos con cariño y agradecimiento a todas esas madres extraordinarias que tenemos cerca nuestro.

Magdalena Lira Valdés (*)

Ayuda a la Iglesia que Sufre – Vocera Voces Católicas

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