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Opinión

Confinamiento y economía


 Por Silvia Martínez Gorricho, académica de FACEA, UCSC.

Silvia Martínez Gorricho

En plena contingencia originada por la pandemia, muchos ciudadanos se escandalizan por la falta de solidaridad de algunos sujetos al no acatar las medidas de confinamiento. Sin embargo, tal conducta es racional desde la perspectiva económica. 

Las conductas de los individuos generan externalidades, efectos externos que benefician o perjudican a terceros. Las personas confinadas en sus casas generan una externalidad positiva en el resto de la población al reducir la tasa de expansión del virus mientras que los “movilizados” ejercen una externalidad negativa en la sociedad.

Cuando el costo privado asociado a una determinada conducta es menor que su costo social y este costo social no es internalizado, se generan externalidades negativas. La no internalización del costo social ocasiona que la acción tomada, privadamente, sea subóptima socialmente. Ese nivel inadecuado de movilidad se puede corregir exigiéndole al sujeto que daña una compensación o sanción de manera que se le obligue a considerar el costo social generado por su acción. El confinamiento total de la población no será un equilibrio mientras no exista una alta aplicación efectiva de sanciones.

La manera en la que las naciones afrontan la pandemia difiere no sólo por las diferencias en infraestructura y recursos sanitarios de los que disponen sino también por factores socioculturales.

Por un lado, la sociabilidad y el sentido colectivo propio de cada cultura juegan un rol significativo. Históricamente, los países anglosajones y nórdicos se han diferenciado por ser más individualistas, con círculos sociales más reducidos y relegados a un segundo plano. En cambio, en los países mediterráneos y latinos, la identidad colectiva está basada en la interacción en grupo. Dado que el impacto del confinamiento sobre la vida cotidiana es mayor en los países con vínculos comunitarios más estrechos, el costo privado asociado al confinamiento es también mayor. Por otro lado, la ética religiosa está correlacionada con el sacrifico societal. En la cultura anglosajona, y según la ética protestante, si una persona se enriquece en una sociedad, está moralmente obligada a responder ante ella. Esa obligación moral no existe en la ética católica. Esto implica que el grado de solidaridad ejercicio por los ciudadanos será mayor en los países protestantes.

Dado que ambos efectos se refuerzan mutuamente, las medidas de aislamiento social serán más difíciles de acatar y el contagio más difícil de contener en los países latinos y mediterráneos.

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