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Opinión

Sólo la verdad y nada más que la verdad


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel, Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Profesor Juan Bustamante M.

Un rol fundamental de todo docente en el ejercicio de sus funciones profesionales y académicas es el de formar integralmente a las generaciones de recambio que la sociedad necesita para su normal y permanente funcionamiento; y ello, por los inevitables ciclos de la vida. Por lo mismo, se ha llegado a sostener que la formación de una siguiente generación constituye una de las tareas más importantes del ser humano; importando en este caso desde una renovación y transmisión del conocimiento y la cultura, hasta la visualización de las competencias requeridas para cada sujeto en desarrollo.

En tal sentido, nada tiene de extraño – y eso se ha más que demostrado en el tiempo – que un docente se ocupe de actuar con sensibilidad social en la cumplimentación de cada uno de sus cometidos educativos; y con mayor razón aún si la idea de fondo es que cada educando crezca como un ser humano completo, conforme a sus necesidades, intereses y talentos personales; hecho que en paralelo demanda, por otro lado, una debida asistencia a los padres, apoderados o guardadores de éstos a fin de que se comprometan ante el centro de enseñanza y en el hogar con los aprendizajes de los escolares a los que representan y colaboren denodadamente para el logro de sus respectivos proyectos de corto, mediano y largo plazo.

Ahora bien – y esto desde una perspectiva ciertamente  analógica -, entendiéndose que el acto docente o educativo o pedagógico en la relación enseñante / aprendiente es lo que el acto médico en la relación médico / paciente o el acto jurídico en la relación abogado / cliente, tampoco es extraño que los docentes guarden o deban guardar reserva de los antecedentes  que confidencialmente les son o sean participados por sus educandos, los representantes de los mismos u otros pares docentes respecto de aquellos o sus familias (esto último, en el sentido amplio del término), atendido el secreto profesional a que se está obligado ética y moralmente como en toda profesión, porque de esa forma se respeta no sólo la privacidad de los escolares, los suyos y cercanos, sino que su condición de sujeto de derechos, su dignidad y su integridad psicológica y moral, tal y como corresponde – y de manera ineludible – a todo individuo por su sola condición de persona humana.

Por otra parte – y considerando que se trata de personas en desarrollo y, por lo tanto, vulnerables -, menos puede resultar extraño para el ejercicio profesional docente el que los enseñantes se comprometan con dar una debida protección a los aprendientes por medio de la utilización de las diversas redes de apoyo existentes (como verdaderamente ocurre en la práctica, sobre todo desde el ámbito de la política nacional de convivencia escolar), habida consideración de que pueden o podrían ser objeto de bullying por parte de sus compañeros o de distintas formas de explotación y abuso provenientes de terceros próximos o no desde unas relaciones de confianza.

Y si nada tiene de extraño para el ejercicio profesional docente todo lo mencionado hasta aquí en la relación docente / discente a propósito de la puesta en acción del acto educativo, lo cierto es que menos, pero muy menos puede tener de extraño  que un pedagogo sea coherente y consistente con su propio sí mismo al proponerse las permanentes tareas como: 1) optimizar sus competencias académicas generales y específicas, 2) generar inteligencias colectivas que decanten en un verdadero trabajo colaborativo, 3) favorecer la investigación educativa para la generación de conocimientos propios, 4) fortalecer sus vínculos con sus respectivas comunidades escolares y 5) bregar con ahínco por el respeto que merece la profesión de profesor.

Por último, si lo compartido acá no fuera una contundente realidad, ¿podría ser posible que los enseñantes – a pesar de los costos sociales, materiales, económicos y psicolaborales a que les ha llevado la enseñanza remota – siguieran esmerándose en dar a sus discípulos la mejor atención pedagógica? Es claro que no. Y el sólo pensarlo sería una afrenta a los docentes.

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