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Opinión

Lo barato cuesta caro


 Por José Luis Trevia

Jose Luis Trevia

La región del Biobío no ha estado exenta del virus que azota al mundo entero. Sin embargo, el panorama parece no ser tan desolador, como algunos quieren dibujarlo -generando un imaginario de volverse un Santiago 2.0-. Vamos a los números. La región concentra 1.428 casos positivos, de los cuales 944 se encuentran recuperados y solo 10 fallecidos. El coordinador de Redes Asistenciales de la Región del Biobío, Carlos Vera, señaló que un factor clave es la trazabilidad que aún es posible gestar, a diferencia de Santiago. Si vemos la disponibilidad de camas, entre el sistema público y privado existe una disponibilidad de 56 camas UCI y 43 camas UTI. En cuanto a ventiladores mecánicos, hay 65 disponibles en el sistema público y 32 en el sistema privado.

Por otro lado, ha sido el manejo en base a la responsabilidad individual, autocuidado, prevención y colaboración de la población lo que ha permitido que no se desplieguen nuevas alzas incontrolables de contagios. Lo que en caso alguno debe dejarse de lado, sino que reforzarse. Aquello ha permitido inclusive el tratamiento de pacientes de otras regiones, Metropolitana (20), Araucanía (7) y Ñuble (1), estos dos últimos fueron inclusive dados de alta. Entonces: ¿por qué resuenan voces, como la del alcalde de Concepción, Álvaro Ortiz, de solicitar una cuarentena total para la región y así evitar el Santiago 2.0?

Aquí parece predominar un fenómeno, utilizado en economía, pero plenamente aplicable a otras esferas de la vida social. Henry Hazlitt, filósofo y economista del siglo XX, en su libro “La economía en una lección” describió aquello como “la persistente tendencia de los hombres a considerar exclusivamente las consecuencias inmediatas de una política o sus efectos sobre un grupo particular, sin inquirir cuáles producirá a largo plazo, no solo sobre el sector aludido, sino sobre toda la comunidad.”. La falacia de pasar por alto las consecuencias secundarias y la mirada cortoplacista predominante. La cuarentena total produce efectos nocivos para trabajadores que viven al día o que necesariamente deben desplazarse para ejercer sus funciones. Para ellos no existe el teletrabajo y perdiendo su fuente laboral, es escaso o nulo los ingresos que perciben. Sumemos que tampoco gozan de gran espalda económica. Los alcaldes epidemiólogos caen en lo que Pedro Aznar cantaba en Mientes “Siempre sufriendo por lo que no hay, jamás poniéndote en mí lugar”.

Se ha dicho que quienes defienden esa postura de cuarentena total escuchan a los expertos. ¿A cuáles precisamente? ¿A los que pronosticaron 100 mil contagiados a fines de marzo? ¿a aquellos expertos utilizados para confirmar una idea preconcebida privilegiando esa única evidencia y descartando al resto (sesgo de confirmación)? Tampoco podemos caer en desnaturalizar la política y transformarla en una tecnocracia. Eso no significa no oír a los expertos, pues éstos deben proporcionar insumos para que la autoridad política escudriñe cuáles serán los pasos a seguir, buscando obtener el mayor acierto y los menores detrimentos en la población. La cuarentena total debe ser vista como una última ratio. No nos olvidemos, que lo barato cuesta caro.

José Luis Trevia – Investigador Fundación para el Progreso Concepción.

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