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Opinión

Efectos de la pandemia en el quehacer docente


 Por Prof. Juan Manuel Bustamante Michel - Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Prof. Juan Manuel Bustamante Michel
Presidente de la AFDEM Los Ángeles

Tratándose del sistema escolar público (este que, con sus reconocidas y, por lo tanto, más que evidentes imperfecciones atiende, en el contexto del apartheid educativo o educación de castas con el que contamos, a los sectores vulnerables de la sociedad chilena) y sus distintos agentes intervinientes (estudiantes, docentes, asistentes de la educación y padres y apoderados), es de suyo claro que, atendidas las inevitables  consecuencias de la pandemia que nos afecta hoy por hoy, solo podemos hablar de pérdidas.

Ello, porque con el obligado y también inesperado paso desde la modalidad presencial de enseñanza a la denominada enseñanza remota, no hubo quien no resultase descolocado, trastocado, fuera de contexto, incluso inerme, o simplemente ¡plop! (reivindicando a nuestro muy particular y criollo “Condorito”), ya por falta de conocimiento, ya por falta de experiencia, ya por falta de sapiencia (esa que viene con el tiempo) para enfrentar una nueva realidad (una suerte de cambio paradigmático) como la que nos trajo el ahora emergente y conocido coronavirus.

Y cómo no entenderlo así, por favor, si nada más en el plano de la docencia de aula tal situación vino a decantar en un por lo menos obligado cambio de mirada y un abrupto e inevitable desaprender para un reaprender en torno al  diseño, elaboración e implementación del acto educativo,  docente o pedagógico -el microcurrículo, o currículo áulico, o currículo en acción, al cab -, dado el opuesto de forma, fondo y sentido que para el logro de unos objetivos de aprendizaje por parte de los educandos y del quehacer cotidiano de los enseñantes (en lo antepreactivo, preactivo, interactivo y posactivo) supone la educación a distancia o remota respecto de la modalidad presencial de enseñanza (la tradicional y única experimentada en nuestro sistema escolar público) y la necesidad de un aprender a aprender requerida por estos (su supuesto lógico), atendida, es claro, su calidad de sujetos demandantes de formación y desarrollo.

En este orden de cosas, bueno es señalar que las estructuras horarias de los docentes -esto es, la distribución porcentual de la jornada semanal contratada en horas curriculares lectivas (lo interactivo o trabajo con los estudiantes) y no lectivas (lo antepreactivo o proceso de diagnosis y prognosis, preactivo o proceso de diseño y elaboración del microcurrículo y posactivo o proceso de reflexión final y toma de decisiones para el mejoramiento u optimización de futuras intervenciones pedagógicas)- se han visto drástica y definitivamente superadas por las circunstancias, en el bien entendido de que el 65/35 y el 60/40 han pasado a ser historia de otro tiempo, toda vez que la enseñanza remota o sustitutiva en desarrollo se ha traducido, de un lado, en extensas y extenuantes horas de trabajo en sus hogares (y el consiguiente impacto de lo mismo en la atención de la propia familia) y, de otro, en una suerte de delivery educativo a propio costo, expresado en el reparto a domicilio de materiales de estudio, trabajo y aprendizaje preparados ex profeso para aquellos educandos que carecen de toda posibilidad material para una tele educación, viendo superadas, y con creces, sus “habituales jornadas de trabajo docente”; y todo esto, en la idea de cumplir in extenso con cada una de las metas pedagógicas propuestas.

El asunto de fondo estriba en que, si tanto los padres, apoderados y guardadores, como cada uno de los estudiantes, se han visto virtualmente acorralados, agobiados y estresados por el desafío y puesta a prueba que representa la enseñanza remota o educación a distancia para estos actores del quehacer educativo, lo cierto es que de igual forma -y acaso con mayor intensidad- ha afectado a los enseñantes respecto de sus aprendientes, sin atisbo alguno de apoyo para estos.

Especial Coronavirus

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