domingo 15 de diciembre, 2019

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Opinión

Una educación para la paz


 Por La Tribuna

Alejandro Mege Valdebenito.

La educación como creación humana tiene la función de mantener el orden social (educación domesticadora) y ejercer al mismo tiempo una acción que estimule la creación de mejores mundos posibles (educación transformadora) que recoja las inquietudes y demandas de un mundo y una sociedad que cambian constantemente. En esta misión es tarea de la educación contribuir al desarrollo y la paz social derribando desde el saber las trincheras ideológicas que separan a las personas entre amigos y enemigos, uniéndolas por sobre sus naturales y legítimas diferencias en torno a objetivos de bien común.

Heredera de la tradición greco-latina nuestra educación ha estado siempre orientada a la formación de un individuo libre, capaz de construir con sentido y valor su propia vida y dar su aporte constructivo, justo y solidario a su vida en sociedad. Sociedad que, mediante la educación ha demostrado a través del tiempo la tremenda capacidad humana para aprender y a las sociedades para ser mejores.

Toda sociedad requiere de la educación para su progreso y desarrollo permanente en la medida que no olvide la esencia vital del ser persona y, sin abandonar la formación intelectual y valórica, deje de centrar su accionar sólo en objetivos materiales y economicistas al extremo de, en esa lucha por tener, transformar al hombre en el lobo de su propio hermano.

Para que la educación contribuya a la paz social y al desarrollo con equidad y justicia debe construirse, como lo dijera Paulo Freire al recibir el Premio de la Educación para la Paz de la Unesco (1986): “La paz se crea, se construye en y por la superación de las realidades sociales perversas. La paz se crea, se construye en la construcción incesante de la justicia social. Por eso, no creo en ningún esfuerzo llamado educación para la paz que, en lugar de desvelar el mundo de las injusticias, lo haga opaco e intente “miopisar” a sus víctimas”.

En 1999, activistas mundiales en favor de la paz concluyeron que sus esfuerzos no tendrían impacto ni sentido a menos que se asegurara a las futuras generaciones una educación que no exaltara la guerra, favoreciera la paz y el respeto por los derechos humanos, lanzando la Campaña Mundial de Educación para la Paz, convencidos que sin educación no habría paz en el mundo, con la doble finalidad de alcanzar una conciencia pública y conseguir el apoyo político para introducir en todas las formas de educación programas de una educación para la paz.

Entre las diversas propuestas de una educación para la paz que se han formulado, rescatamos:

1) Promover la justicia y la eliminación de las desigualdades sociales, 2) Formar consenso en torno a una paz social con desarrollo, 3) Instrumentalizar la resolución no violenta de conflictos, 4) Formular críticas respecto de la cultura de la violencia, 5) Propiciar vivencias plurales más allá de los estereotipos, 6) Crear espacio de debate y de consenso donde el uso del lenguaje contribuya a la paz, estructurando un proceso democrático amplio y abierto, reflexivo y crítico.

El concepto de una Educación para la Paz debería estar presente y definido de manera precisa en la Constitución y en las leyes que nos rigen y orientan el sistema educacional chileno, de modo que en las aulas escolares una educación para la paz sea un programa transversal que cruce y se anide en todas las asignaturas y actividades del sistema escolar como un paso para conseguir que los ciudadanos cuando reclamen la solución de sus carencias lo hagan sin provocar daño y, al mismo tiempo, con su ejemplo desactivar la violencia.

Los legisladores que representan al pueblo, tienen la palabra.

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