martes 16 de julio, 2019

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Démosle otra vuelta


 Por La Tribuna

Profesor Juan Bustamante M.

La idea de que los centros de enseñanza se conviertan en  escuelas que aprenden y, por lo tanto, en escuelas efectivas, no es una opción, sino que una exigencia ética y moral.

Los nuevos horizontes de la sociedad actual obligan a  las instituciones educacionales a replantear su visión organizativa, sus aspectos funcionales y su quehacer pedagógico de modo que puedan responder a las demandas educativas de los estudiantes, quienes en su condición de sujetos tecnológicos, hijos y herederos de este paradigma de sociedad, miran, piensan, hablan e intervienen en los mismos términos; todo esto además del imperativo de contar con líderes que se caractericen por resolver problemas, apoyar a su personal y lograr que su institución educativa sea siempre reconocida por la calidad que le es afín en sus diversos cometidos y responsabilidades (Martínez, 1995); y ello, a propósito de que la calidad de las escuelas depende en gran medida de las competencias, dedicación y estilo de liderazgo de los equipos directivos (Martínez, 1995, op. cit.).

Las obligaciones en comento surgen del hecho que hoy por hoy se viven tiempos excitantes y alarmantes por el mayor dinamismo económico mundial y nacional, la complejidad tecnológica, la diversidad cultural, la incertidumbre moral y las crisis de identidad (Undurraga, 1998), tornándose insoslayable el desarrollo integral de todos los educandos de un establecimiento educacional más allá de lo previsible, si se tiene en cuenta su rendimiento inicial y su situación social, cultural y económica (Murillo, 2003, op. cit); debiendo darse prioridad a unas acciones educativas que se orienten a la tenencia de aprendizajes relevantes y significativos, a la conformación de propuestas educativas desafiantes para la población estudiantil de que se trate, a la consideración de una variedad metodológica y didáctica conforme la diversidad discente (estilos y enfoques de aprendizaje, tipos de inteligencia, estadios de desarrollo, hábitos y técnicas de estudio, procedencia social de los educandos, entre otros aspectos diferenciales endógenos y exógenos que hablan de un aprendiente real y no promedio que no existe), a unos intercambios sociales recíprocamente contingentes en todos los espacios pedagógicos de la unidad educativa, a la instalación de prácticas de monitoreo y retroalimentación de los escolares, al mejor uso del tiempo como recurso que es prioridad para éstos y a unas altas expectativas respecto del propio trabajo docente y de los aprendizaje de los estudiantes, allí donde se encuentren.

Desde luego – atendidas tanto la falta de horizontes, como de conocimiento, compromiso, solvencia y conexión con la realidad de las actuales autoridades ministeriales para la generación, instalación e implementación de políticas públicas coherentes y consistentes para este ámbito –, bueno es preguntarse: 1) si existe alguna posibilidad real de alcanzar como país la tenencia de una escuela efectiva como la que se necesita para responder a los requerimientos de la sociedad del conocimiento y la información de la que hemos sido  testigos y actores privilegiados; y 2) si existe también una posibilidad cierta de contar con una escuela que, además de lo anterior, sea capaz de satisfacer las necesidades básicas de educación requeridas por nuestros estudiantes más vulnerables, como son los que pueblan los establecimientos del ámbito público; y al respecto, pero sin ninguna duda, mi respuesta es clara y definitivamente No.

Prof. Juan Manuel Bustamante Michel

Presidente de la AFDEM Los Ángeles


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