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Opinión

Yo estoy con ustedes todos los días Lc 1,1-4; 4,14-21

   + Felipe Bacarreza Rodríguez, obispo de Santa María de los Ángeles.


 Por La Tribuna

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Este año 2019 en la Eucaristía dominical se proclaman las lecturas del Ciclo C, que se caracteriza por seguir el Evangelio de Lucas. Ya hemos leído este Evangelio en los Domingos de Adviento y en las solemnidades de la Sagrada Familia y del Bautismo del Señor. El Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario tiene dos partes: la introducción de Lucas a su Evangelio y su relato de la visita de Jesús a Nazaret, el pueblo donde Él se crío.

«Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros… he decidido también yo… escribírtelo todo por su orden, ilustre Teófilo».  Ninguno de los evangelistas, excepto Lucas, reivindica su condición de autor, hablando de sí mismo en primera persona. Por eso, era imposible que este Evangelio se atribuyera a otro distinto que su verdadero autor. Por otro lado, Lucas es un personaje muy secundario entre todos los que se mencionan en el Nuevo Testamento y nadie habría atribuido a él uno de los cuatro escritos más importantes del cristianismo, si no fuera él su verdadero autor.

¿Quién es Lucas? Lucas es mencionado solamente tres veces en el Nuevo Testamento, siempre en el saludo final de las cartas de San Pablo y como parte de su grupo misionero: «Los saluda Lucas, el médico amado, y Demas… El saludo va de mi mano, Pablo. Acuérdense de mis cadenas. La gracia esté con ustedes» (Col 4,14-18). La segunda mención de Lucas está en la breve carta personal dirigida por Pablo a su amigo Filemón: «Te saludan Epafras, mi compañero de cautiverio en Cristo Jesús, Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores. Que la gracia del Señor Jesucristo esté con el espíritu de ustedes» (Fil 23-25). Aquí aparece el otro evangelista que tampoco es del grupo de los Doce: Marcos. La tercera mención de Lucas está en la 2Timoteo, que muchos consideran una carta escrita por algún discípulo de Pablo, atribuida al Apóstol, cuando él ya está en el término de su vida: «Estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente» (2Tim 4,6). En el saludo de esa carta leemos: «Demas me ha abandonado por amor a este mundo y se ha marchado a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia. El único que está conmigo es Lucas. Toma a Marcos y tráelo contigo, pues me es muy útil para el ministerio. A Tíquico lo he mandado a Éfeso» (2Tim 4,10-12). Repetimos: entre todos estos personajes, la atribución a Lucas de uno de los escritos más importantes en la historia de la humanidad, que los cristianos recibimos como Palabra de Dios, sería puro capricho, si no fuera él el verdadero autor.

¿Quién es Teófilo? Además de ser nombrado por Lucas en la introducción del Evangelio, como su destinatario, Teófilo es mencionado una segunda vez en la introducción de los Hechos de los Apóstoles, que se presenta como el segundo tomo de la obra de Lucas: «El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido, fue elevado» (Hech 1,1-2). Este es, entonces, el «segundo libro» de Lucas y se refiere a la difusión del movimiento iniciado por Cristo, que Lucas llama «el Camino», desde la Ascensión de Jesús al cielo hasta la llegada de Pablo, en cadenas, a Roma.

La segunda parte del Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario nos presenta el regreso de Jesús a Galilea, después de su Bautismo y de vencer las tentaciones del diablo: «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos». Esta afirmación sumaria supone un tiempo prolongado de predicación en los pueblos de la Galilea, suficiente para que su fama se difundiera. Introduce el episodio de la visita de Jesús a su propio pueblo: «Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado». Era costumbre de Jesús participar del servicio sinagogal, que consistía en la lectura de la Palabra de Dios y su comentario por parte de algún escriba. Podemos imaginar la infinita paciencia de Jesús. Él, que es la Palabra viva de Dios, debía escuchar el comentario de los oscuros maestros de ese pequeño pueblo. ¡Cuántos errores habrá debido soportar! Pero ahora, el mismo que hasta entonces nunca se había hecho notar concentra toda la atención sobre sí: «Se levantó para hacer la lectura… En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él». Él va a dar la interpretación auténtica, como la da un autor sobre su propia obra.

Tocaba ese día una lectura preestablecida, según el propio ciclo de lecturas del servicio sinagogal: «Le entregaron el libro del profeta Isaías y desenrollando el libro, halló el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”». La pregunta que se hacían los escribas al leer esa profecía de Isaías es la misma que hizo el eunuco etíope al diácono Felipe: «¿De quién dice eso el profeta, de sí mismo o de otro?» (Hech 8,34). Los escribas explicaban: «Lo dice del Ungido (el Cristo), que ha prometido Dios a su pueblo y que debe venir». Jesús, en cambio, responde: «Lo dice de mí; Yo le doy cumplimiento». En efecto, su comentario, que debió ser detallado, se resume en estas palabras: «Esta Escritura, que ustedes acaban de oír, se ha cumplido hoy».

Ese «hoy», declarado por Jesús en su propia Persona, se prolonga hasta nuestros días y se prolongará hasta el fin de los tiempos, tal como Él lo prometió: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos… Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 18,20; 28,20). Ese encuentro con Jesús vivo hoy lo tenemos los cristianos todos los domingos en la participación de la Eucaristía. Nunca deberíamos faltar a esa cita con Él.

                                                                       

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